viernes, 23 de septiembre de 2016

Armamento visigodo. Armas esnastadas


Caterva de visigodos en plan desafiante. De poco les sirvió tanto postureo
cuando los moros les dieron para el pelo en la nefasta jornada del Guadalete
No deja de ser curioso el hecho de que todo lo referente al ejército visigodo sea por lo general un tema prácticamente desconocido para los aficionados a estas enjundiosas cuestiones bélicas. Mientras que del ejército romano se sabe hasta el modelo de cuchara homologado por el "Ministerium Bellicorum" en tiempos de Sila, lo referente a los germanos que se asentaron en la Hispania a raíz del desplome del Imperio es cuasi ignoto, y se habla menos de ello que de la honradez y el amor por la Patria de los políticos, honorables virtudes cuyo significado es un arcano para esos parásitos que nos chulean bonitamente. Quizás porque los visigodos eran poco dados a escribir tanto como lo eran los romanos, quizás porque los cronistas de la época pasaban de la cosa militar o, simplemente, porque los pocos o muchos datos que hubiese han desaparecido, la cosa es que ni siquiera disponemos de las abundantes representaciones artísticas que otras culturas anteriores nos legaron, Vg. egipcios, asirios o los mismos romanos. De ahí que, en muchos casos, tengamos a nuestro alcance solamente descripciones un tanto ambiguas o de términos un tanto confusos que dan pie a interpretaciones de lo más variopinto ya que carecemos incluso de restos arqueológicos que nos permitan corroborar el aspecto de tal o cual arma. 

Aspecto de un guerrero germano que
igual puede ser un visigodo que un
franco o un ostrogodo
Por otro lado, el ejército visigodo- del que ya hablaremos detenidamente en una entrada monográfica- no tenía nada que ver con el romano. Aunque su poder militar logró acabar con las decadentes legiones que durante siglos dominaron el mundo, los pueblos germánicos en general y el visigodo en particular carecían de un ejército profesional. Por avanzar de forma muy básica su organización, diremos que todos los vasallos de la corona, tanto libres como siervos, estaban sujetos a filas y asignados a una determinada unidad a la que debían sumarse en caso de ser llamados a la guerra. De ahí que parte de su panoplia estuviera compuesta por armas de circunstancias de la misma forma que en la Baja Edad Media, en la que los peones de las milicias concejiles acudían a filas provistos de guadañas, hoces, mayales y demás aperos agrícolas reconvertidos en burdas pero eficaces armas. Así pues, nos encontramos con que eso de tener que costearse sus propias armas ya lo habían implantado los visigodos, norma esta que daba lugar a grandes diferencias en la calidad y cantidad de armas que portaba cada guerrero de la misma forma que había una diferencia abismal entre la panoplia de un miliciano y un caballero durante la época bajo-medieval.

Página del Beato de Liébana (c. siglo VIII) que
nos permite ver el aspecto de algunas de las armas
empleadas por los visigodos
En cuanto al diseño y/o morfología de las armas empleadas por los visigodos, podemos decir que para atisbar su apariencia debemos recurrir tanto a la escasas fuentes de la época como a las representaciones gráficas posteriores ya que, al fin y al cabo, el armamento al uso durante el imperio carolingio debía ser prácticamente el mismo. Recordemos que si no hubiese sido por la enojosa visita que nos hizo en 711 Tariq ibn Ziyad, quizás la España actual seguiría ocupando la totalidad de la Península y el presidente del gobierno se llamaría tal vez Sisenando. Queremos decir con esto que, aunque el reino visigodo desapareció de la noche a la mañana, los demás pueblos germanos vecinos siguieron haciendo uso de un armamento básicamente igual, si acaso con pequeñas variaciones en función de las modificaciones propias a la hora de adaptar armas autóctonas procedentes de los pobladores hispano-romanos. Por otro lado, muchos toman esta época como una especie de lapso temporal sumido en la más absoluta de las tinieblas, y no se detienen a pensar una cosa: los habitantes de los primitivos reinos que comenzaron la Reconquista eran hispano-romanos y visigodos. Digo esto porque parece que los castellanos, leoneses y aragoneses del siglo XI no surgieron por generación espontánea, y los llamados de forma tan generalista como "cristianos" no eran ni más ni menos que los nietos de los visigodos y pobladores autóctonos que había en la Península antes de la llegada de la morisma. Por lo tanto, es lógico pensar que sus armas eran las mismas que utilizaban sus antecesores.

Por último podríamos decir que el armamento visigodo era el resultado de una mezcla secular de diseños propios de los pueblos germanos, del empleado por las legiones romanas, de la evolución de estas últimas que, curiosamente, procedían a su vez de armas germánicas y, finalmente, de modelos hispano-romanos que habían evolucionado por su cuenta. Un lío, ¿no? Pues sí, porque la cosa no pinta fácil y estos probos y belicosos ciudadanos no se preocuparon de pensar que quince siglos más tarde habría unos cuantos frikis devanándose el magín para averiguar como serían sus armas. No obstante, haremos un pequeño esfuerzo para asacar algo en claro y, en el peor de los casos, siempre podemos hacer una ouija de esas, invocar al espectro rey don Rodrigo y que nos lo cuente con todo detalle. Bueno, al grano, que para luego es tarde. 

Armamento enastado

Diversas tipologías de angones
Los visigodos empleaban lanzas de diversos tipos, algunas de las cuales tenían en realidad un origen civil, concretamente venatorio. Además, tenemos las tipologías heredadas del ejército romano las cuales, modificadas para un uso táctico diferente, siguieron dando guerra bastante tiempo. Así pues, en primer lugar podríamos citar el PILO, obviamente derivada el PILVM romano y que, al parecer, debió ser la lanza por antonomasia de la infantería ya que, según nos informa Procopio de Cesárea en su obra "DE BELLVM GOTHORVM", el rey ostrogodo Totila ordenó que fueran empleadas exclusivamente para combatir. Ello nos induciría a pensar que sería un arma especialmente efectiva cuyo uso en la vida civil supondría un peligro en caso de reyertas o movidas similares, por lo que este PILO es identificado por lo general con el angón, del que ya hablamos en su día y que, en efecto, era una eficaz arma arrojadiza con las mismas propiedades que el PILVM romano: pequeña moharra al final de un largo hierro que impediría a los enemigos cortar el asta en caso de emplearla como lanza de empuje, puntas dotadas de un gran poder de penetración capaz de perforar los escudos del adversario así como sus barrigas y, finalmente, barbas para impedir o dificultar su extracción. Como ya podemos imaginar, una trifulca entre dos grupos de visigodos cabreados en la que llovían angones por todas partes debería acabar de muy mala manera, así que es lógico que se prohibieran como no fuese para apiolar enemigos.

El conde de Clonard, al que jamás perdonaré el gazapo de la tostadora asesina (para los que no lo hayan leído, pinchar aquí y aquí respetando ese orden), sugiere que el PILO era la misma cosa que el venablo, de lo que difiero radicalmente. De entrada, como su nombre indica, el venablo era un arma destinada a la caza. Isidoro de Sevilla nos propone en sus "ETIMOLOGÍAS" dos posibles orígenes para este término: por un lado, dice VENABVLA DICTA QVASI VENATVI ABILIA, o sea, que se trataba de un arma adecuada para la caza. No obstante, sugiere también otro origen también venatorio cuando escribe que "...reciben al que se acerca, como los EXCIPIABVLA; y es que, efectivamente, reciben (EXCIPERE) a los jabalíes, aguardan a los leones y acosan a los osos con tal de que se tenga la mano firme". O sea, se refiere claramente a una lanza de empuje provista de un travesaño que permita al cazador contener el furioso avance de la presa que, herida de muerte, intentará proseguir su avance para morir matando. Esto lo traducimos con la escena que vemos en la parte inferior de la iluminación que mostramos a la derecha y que representa los meses de noviembre y diciembre en un manuscrito datado hacia el siglo IX. En la parte superior tenemos una escena del "Apocalipsis de Saint Amand", datado en la misma fecha y en la que aparece un grupo de militares armados con lanzas similares las cuales, por cierto, suelen verse con bastante frecuencia en manuscritos de la época carolingia, sobre todo en manos de jinetes.

Estos venablos, que no tienen nada que ver con las lanzas arrojadizas de pequeño tamaño que solemos imaginar, estaban provistos de una asta de unos 2,5 o 3 metros de largo, y sus moharras, como vemos en las figuras de la izquierda, tenían un travesaño que limitaba la introducción de las mismas en los cuerpos de los enemigos ya fuesen hombres u osos. La que aparece en la parte superior tiene una sección prismática muy adecuada para penetrar en las armaduras del adversario y colocarle dentro del cuerpo unos 35 centímetros de hierro, suficiente para producirle la baja definitiva. La inferior, en forma de hoja de laurel, es perfecta para acuchillar enemigos mal armados y producirles unas heridas cortantes y punzantes muy enojosas. 

Grupo de jinetes armados con venablos
En ambos casos el armado en el asta es mediante cubos de enmangue los cuales podrían fijarse mediante remaches pasantes o con argollas, de forma similar a los angones. Este sistema, que ya se ha explicado varias veces, era una forma económica de fabricar los cubos de enmangue ya que dejaban una larga abertura longitudinal en los mismos a fin de ajustar el cubo al asta mediante presión, y fijarlos del mismo modo con una anilla lo que permitía una sustitución más rápida y cómoda del asta en caso de que se partiese. ¿Y que por qué aparecen tanto en manos de jinetes? La explicación que se me antoja es de lo más obvia: el travesaño impedía ensartar al enemigo, pasarlo de lado y lado y, por ello, no poder extraer la lanza de su cuerpo, perdiéndola para siempre. Por eso, adoptar un tipo de lanza capaz de infligir heridas mortales de necesidad pero sin riesgo de tener que dejarla en el cuerpo del vencido era mejor que usar una lanza convencional y decirle adiós tras el primer choque.

Infante visigodo armado con dos tipos de
lanza: una jabalina y un angón
Otra tipología, en este caso mencionada expresamente por Isidoro de Sevilla, es el CONTVS. Según la descripción que nos da del mismo debía tratarse de un arma muy básica ya que se trataba de un simple cono de hierro, de donde obviamente toma el nombre, extremadamente aguzado, pero sin más. O sea, se trataba de unas lanzas de longitud indeterminada cuya moharra era una contera, término este que, aunque posterior, tiene su origen precisamente en este tipo de arma si bien en su caso era para proteger la parte inferior del asta. Otro dato acerca de la existencia de estas lanzas nos lo proporciona Paulo Orosio (c. 383- c. 420), un prolífico historiador natural de Bracara Augusta, la actual Braga de Portugal, el cual afirmaba que las tropas godas que derrotaron de forma rotunda al emperador Valente en la batalla de Adrianópolis en agosto de 378 iban armadas con estos CONTVS, por lo que podemos colegir que se trataba de una lanza larga a modo de pica con las que contener y, a continuación, deshacer las filas enemigas. Otro testimonio nos lo da Gregorio de Tours (538-594) cuando afirma que el rey Clodoveo fue herido por este tipo de arma.

En la ilustración de la derecha hemos recreado un CONTVS fijado al asta mediante una anilla y, como vemos, es un arma de una simplicidad espartana. En las figuras que se ven al lado tenemos dos piezas consideradas como conteras o regatones aparecidas en el nordeste peninsular y mencionadas en un artículo aparecido en la revista Gladius firmado por Gustavo García y David Vivó. Como vemos, ambas piezas son de sección prismática y su longitud, especialmente en el ejemplar más grande (el otro está roto, por lo que desconocemos su tamaño original), de algo más de 16 cm., las hace unas candidatas bastante aceptables para que fuesen puntas de CONTVS en vez de regatones. El hecho de que aparecieran solos, sin su correspondiente moharra, y que la pieza de mayor tamaño esté provista de dos remaches para su fijación al asta me hacen pensar que no es una teoría precisamente absurda. Al menos, a mi se me antoja excesivo recurrir a dos remaches para fijar una contera que, en teoría, no debe llevar a cabo ningún esfuerzo salvo permanecer en su sitio, mientras que actuando como punta de una lanza sí sería preciso una sólida fijación para no perderla entre las miserables vísceras del enemigo.

Otro tipo de arma enastada mencionada por Isidoro de Sevilla es el TRVDES la cual dice tomar su nombre de empujar (TRVDERE) o rechazar (DETRVDERE) al enemigo. Dichas armas son descritas como una pértiga rematada por un hierro con forma de media luna, por lo que me inclino a pensar que, en este caso, estamos ante la típica arma de circunstancias derivada de una hoz (figura A) o una guadaña (figura B). La inexistencia de representaciones gráficas del TRVDES, así como el hecho de que no sea mencionado por cronistas de la época nos hace pensar que, en efecto, no se trataba de armas convencionales sino meros apaños llevados a cabo por hombres con pocos medios económicos. No obstante, es más que evidente que debían ser enormemente eficaces, sobre todo a la hora de descabalgar jinetes y escabecharlos antes de que se dieran cuenta de que sus asquerosas vidas estaban a punto de caducar.

Caballería visigoda a principios el siglo VIII.
Como vemos, aún carecen de estribos
Como colofón a esta primera parte, solo nos resta hacer referencia a las tipologías convencionales que, por ser sobradamente conocidas por todos, no nos detendremos en detallar ya que se trata de las típicas jabalinas con moharras pistiliformes o lanceoladas, así como dardos de apariencia similar a las azconas que popularizaron los belicosos almogávares. Estas lanzas, portadas por lo general a pares por cada guerrero, conservaban la misma apariencia de las HASTÆ romanas y eran empleadas tanto por infantes como por jinetes. En este último caso, recordemos que no fue hasta varios siglos más tarde cuando la caballería cambió el uso táctico de sus lanzas, cargando con ellas bazo el brazo. Anteriormente y, por supuesto, en la época que nos ocupa, los jinetes atacaban a los enemigos arrojándolas sobre ellos o lanzando cuchilladas. 

Bueno, ya proseguiremos. De momento, ahí queda eso.

Hale, he dicho

Asedio de Jerusalén a manos de Nabucodonosor según el Beato de Urgell, datado hacia el siglo X. Aunque en aquella
época el reino visigodo se había ido al garete, está claro que el armamento al uso debía ser prácticamente el mismo. No
obstante, también es evidente que este tipo de ilustraciones tampoco nos permiten entrar en detalle acerca del aspecto de las armas que aparecen en las mismas. Con todo, merece la pena reparar en el venablo que blande el infante de la fila superior, de la misma tipología que los que se usaban en la Europa dominada por los pueblos germanos desde hacía siglos

lunes, 19 de septiembre de 2016

Curiosidades curiosas sobre los camilleros


Grabado que muestra al general Zumalacárregui tras ser herido durante el asedio a Bilbao en el contexto de la Primera
Guerra Carlista. La escasez de camilleros en aquella época obligó a evacuarlo en una peculiar parihuela formada por
un sofá y dos mosquetes. No sirvió de gran cosa la prisa que se dieron por trasladarlo a Cegama ya que palmó de una
septicemia dos semanas más tarde.

La perspectiva de saber que si uno caía herido en combate ya podía darse por muerto no debía ser especialmente agradable. Durante siglos, los probos ciudadanos que acudían a la llamada de las armas tenían muy claro que, o salían por su propio pie del campo del honor, o entregaban la cuchara allí mismo salvo que algún colega se apiadase de su lamentable estado y lo sacase a rastras  del matadero para poder reventar apaciblemente bajo un árbol o, con mucha suerte, recibir unos rudimentarios cuidados médicos en forma de cauterio, cataplasmas de hierbajos y poco más. Como ya vimos en una entrada que dedicamos a los albores de la sanidad militar, no fue hasta principios del siglo XIX cuando los mandamases empezaron a tomar conciencia de que eso de dejar a los heridos abandonados a su suerte no solo estaba muy feo, sino que influía negativamente en la psique del personal y, por ende, en la moral de unas tropas obligadas a combatir sin descanso durante meses y meses batalla tras batalla a raíz del empecinamiento del enano corso por apoderarse de todas las coronas europeas para repartirlas bonitamente entre su abundosa y advenediza familia.

Ambulancia de Percy. Los médicos y cirujanos viajaban
sentados a horcajadas en lo que era el tren artillero reciclado
como dispensario portátil.
No obstante y a pesar de que el solo hecho de poder ser evacuado ya suponía un alivio para los candidatos a palmar como héroes, tuvo que pasar bastante tiempo hasta que se creasen unidades destinadas a sacar del campo de batalla a los heridos para su inmediato traslado a los puntos de socorro más cercanos y, de ese modo, poder mantenerlos con vida para que siguieran dando guerra. Dichas unidades fueron creadas por Pierre-François Percy (1754-1825), un médico gabacho que alcanzó los más elevados honores tanto en su país como en otras naciones europeas por su buen hacer para aliviar el sufrimiento de los heridos. Una de sus geniales ideas consistió en adaptar los trenes de artillería capturados al ejército bávaro como ambulancias para transportar a primera línea grupos de médicos que, de ese modo, podían atender a los heridos más graves para su posterior traslado a retaguardia. Y, aún más importante tal vez, creó el primer cuerpo de camilleros propiamente dicho, los cuales formaban sus parihuelas con astas de lanzas. Además, en sus enormes morriones llevaban un paquete de primeros auxilios para estabilizar al herido dentro de sus posibilidades que, en aquellos tiempos, eran más bien escasas, las cosas como son.

Camilleros durante las guerras napoleónicas
A pesar del precedente creado por el doctor Percy, muchos ejércitos siguieron considerando la evacuación de heridos como algo prescindible o, en el mejor de los casos, secundario, quizás entre otras cosas porque no se habían visto sumergidos en guerras en las que se sufrieran miles de bajas en las pocas horas que duraba una batalla. Un ejemplo de esto lo tenemos en los ejércitos en liza durante la Guerra de Secesión, en los que al inicio de la contienda aún no existía un cuerpo de ambulancias como Dios manda y se encargaban de la evacuación de heridos los músicos, los cocineros, los conductores de carros y demás personal no combatiente. Como ya podemos imaginar, aquello era un desastre entre otras cosas porque los pífanos y tambores eran, conforme a los usos de la época, críos que apenas acababan de llegar a la adolescencia. Estos chavales no estaban ni física ni mentalmente preparados para semejante tarea, por lo que el traslado de los heridos se demoraba de tal forma que muchos que podrían haberse salvado estiraron la pata desangrados por no haber recibido atención médica a tiempo. 

Zuavos del ejército de la Unión practicando la evacuación
de heridos
El primero en organizar aquel caos fue el doctor Jonathan Letterman, cirujano jefe del Ejército del Potomac, el cual creó un cuerpo de ambulancias sumamente avanzado para su época, con vehículos provistos tanto de equipo médico como de provisiones de emergencia para los heridos. Además, organizó unidades de camilleros que eran entrenados en las diversas formas de trasladar a los heridos para que el movimiento no empeorara su estado además de nociones de primeros auxilios, colocación de torniquetes y el mantenimiento de las ambulancias así como la reposición y cuidado del material. El nivel de preparación y eficacia del cuerpo de camilleros del doctor Letterman llegó al extremo de, por ejemplo, ser capaces de evacuar más de 14.000 heridos durante la mañana del 3 de julio de 1863 en el contexto de la brutal carnicería de Gettysburg, que se saldó con un total de unas 52.000 bajas entre ambos bandos en apenas tres días.

Así pues, como hemos visto hasta ahora los camilleros no eran simples acarreadores de carne doliente, sino que eran concienzudamente entrenados para ello y, además, tenían nociones de medicina para estabilizar a los heridos y que aguantasen hasta su traslado a los hospitales de sangre. Naturalmente, en un ejército como el español, que entre guerras civiles y conflictos coloniales no tiramos todo el siglo XIX y el primer cuarto del XX dando guerra, pues también se formó un cuerpo de camilleros adecuado a las circunstancias. 

Muchos camilleros acababan como este inglés, aliñado en
plena faena por sus enemigos tedescos durante la Gran Guerra
Para hacernos una idea de lo complejo de su labor, debemos tener en cuenta algunos factores que, posiblemente, muchos hayan pasado por alto. En primer lugar, los camilleros debían ser seleccionados por su robustez y, sobre todo, su valor. Aunque no fuesen combatientes, salir de la seguridad de las trincheras en busca de un camarada herido en tierra de nadie sabiéndose objetivo de los tiradores enemigos requería unas dosis de testiculina bastante elevadas. Disparar contra los camilleros estaba considerado como una canallada, pero en las guerras se suelen obviar las cuestiones de tipo ético con tal de bajar la moral al enemigo, lo que se lograba haciéndoles ver que el que era herido lo tenía chungo porque no dudarían en abrir fuego contra todo aquel que intentase ayudarle, y saber que uno tenía todas las papeletas para recibir un balazo si salía en busca de un compañero herido tampoco era precisamente un acicate porque palmar como un héroe queda muy bien, pero prácticamente nadie se apunta a ello. 

Dos camilleros en Ifni. Obsérvese como lleva cada uno
un paso diferente.
Por otro lado, recibían de un capitán médico los conocimientos necesarios para manipular al herido sin que ello implicase rematarlo allí mismo. Así, eran adecuadamente instruidos en el manejo del caído en función de la herida, o bien si se observaba una fractura o una intensa hemorragia que implicase la inmediata colocación de un torniquete además de saber posicionar brazos o piernas para contener la sangría. Para todo ello recurrían al paquete individual de curas que llevaba cada soldado si bien cada camillero llevaba encima lo necesario para caso de necesidad. Y para que podamos ver que el tema de los traslados no era cosa baladí, una de las cosas en que se insistía más era en que, aparte de establecer las parejas por estatura para no desnivelar al herido, aprendiesen a iniciar la marcha y mantenerla con el paso cambiado y dando pasos cortos. De ese modo se producían menos oscilaciones que podrían lastimar al pasajero de la camilla, y más si el hombre tenía algún hueso roto o una fractura abierta que le produciría un dolor abrumador si lo movían lo más mínimo.

Tropas cristinas en el hospital de sangre creado en la ermita
de Santa Coloma durante la Primer Guerra Carlista. En
primer término podemos ver la camilla que seguiría en
servicio durante décadas
Curiosamente, la camilla empleada en el ejército español desde mediados del siglo XIX era bastante más avanzada que la de otros países ya que disponía de un cabecero que permitía al herido llevar la cabeza más elevada, lo que obviamente es más cómodo. Estas camillas estaban formadas por dos largueros o varas de madera de haya de 2,45 metros de longitud en la que se montaba el cabecero y los pies de la camilla, ambos fabricados de gruesa lona de color marrón provista de una jareta por donde pasar las varas. La anchura total era de 67 cm., y cuando no se empleaba se repartía entre los dos camilleros de la siguiente forma: uno llevaba una vara y el cabecero y el otro la otra vara y los pies de la camilla, siendo las piezas de tela enrolladas y transportadas a la espalda en un atalaje creado para tal fin. Como complementos tenían una manta y dos correas de cuero para facilitar a los camilleros el transporte, permitiendo colgar los extremos de las varas pasando dichas correas por los hombros. Las camillas se montaban al iniciarse el fuego, quedando aprestados para intervenir en el momento en que las circunstancias permitiesen acudir en socorro de los heridos y, si era preciso, se esperaba a la noche ya que se consideraba absurdo aumentar las bajas para intentar una evacuación de dudoso éxito. Además, debían tener previsto los elementos necesarios para intervenir en un campo de batalla contaminado con gas asfixiante o, peor aún, con vesicantes, para lo que debían estar equipados con máscaras anti-gas y trajes anti-iperita. Recordemos que estas porquerías eran sumamente dañinas, como ya se explicó en las entradas al respecto.

Además, se tenía en cuenta la hipotética desaparición o rotura de la camilla, para lo cual el personal recibía un adiestramiento que les permitía fabricar unas parihuelas de circunstancias con materiales que solía estar siempre a la mano. Uno de ellos lo vemos a la derecha, y consistía en algo tan simple como abrochar al revés la guerrera o el capote del herido de forma que el forro quedase hacia afuera. Luego se introducían dos fusiles por las mangas y ya tenían una eficaz parihuela para poder trasladar al herido al puesto de socorro. También se podían juntar dos o tres macutos y pasar dos fusiles, palos o lanzas que actuaban como varas por sus correas, añadiendo si era necesario cinturones o trinchas del atalaje. En fin, que llegado el caso los camilleros sabían sacar partido a cualquier cosa para no dejar a un camarada tirado en mitad del campo.

Pero no solo se empleaban camillas para la evacuación inmediata de los heridos en el mismo campo de batalla, sino que se utilizaban otros modelos para el traslado de los mismos desde los hospitales de sangre a retaguardia a lomos de mulos. En lugares de geografía muy abrupta y con unos caminos practicables solo para cabras, cuñados y poco más, no era posible aproximar las ambulancias a los puestos de socorro, por lo que los heridos debían ser evacuados a lomos de caballerías a lo largo de varios kilómetros. Para ello se diseñaron las curiosas camillas que vemos en las fotos de la izquierda: la de arriba permitía transportar dos hombres en posición de sentado, mientras que en la inferior vemos otra que podía llevar dos heridos tumbados. Obsérvese el armazón metálico que permitía cubrir a los heridos para preservarlos del mortífero sol rifeño. Y conste que incluso en semejantes circunstancias el traslado de heridos conllevaba un enorme riesgo ya que los rifeños, apostados en posiciones elevadas, no dudaban en abrir fuego contra los camilleros, los heridos y, naturalmente, los mulos, héroes anónimos implicados en guerras humanas que ni les iban ni les venían.

Camilleros evacuando heridos durante la Guerra Civil. Por
la posición de los dos que corren da la impresión de que los
están friendo a tiros. Hay que echarle cojones, ¿que no?
En fin, espero que estas curiosidades curiosas sirvan para dar a conocer un poco más a estos hombres que, quizás por su condición de no combatientes, no sean valorados como se merecen cuando la realidad es que gracias a su esfuerzo y su valentía han salvado ya millones de vidas desde su creación hace algo más de 200 años.

Hale, he dicho






viernes, 16 de septiembre de 2016

Tormentaria: arietes 2ª parte


Grupo de cuñados dándole al ariete para expugnar el castillo del duque de Cornwall. Han acordado con Uther Pendragon
que ellos podrán saquear la bodega mientras él se beneficia a la hermosa Igraine. Como vemos, estas máquinas eran protagonistas de cualquier movida como Dios manda.

Bueno, en la entrada anterior pudimos ver tanto el origen como la evolución de los arietes los cuales, por cierto, permanecieron invariables desde tiempos de los romanos hasta que la aparición de la pólvora envió al baúl de los recuerdos la tormentaria medieval. O sea, que a la vista de ello podemos afirmar que durante la friolera de treinta siglos estas máquinas tuvieron básicamente la misma morfología sin que sufriese más cambios que en las tortugas destinadas a preservar a los servidores de las mismas del hostigamiento por parte de los defensores de las fortalezas asediadas. No obstante, colijo que más de uno y más de dos aún mantendrán en sus magines la idea de que los arietes eran unos ingenios sumamente vulnerables, y quizás incluso no se expliquen como permanecieron tantos siglos en activo siendo como eran unos mamotretos lentos, engorrosos y muy vulnerables. 

Bien protegidos por la tortuga, los servidores de un ariete
podían batir sin descanso su objetivo casi con total
impunidad. Caso de no disponer de medios para repelerlos,
a los defensores solo les restaba prepararse para defender
la brecha
que, con toda seguridad, abrirían en poco tiempo.
Por ello, les invito a que realicen un pequeño ejercicio de mental, de esos que tanto nos deleitan cuando imaginamos a nuestros cuñados en una procelosa cámara de tortura con la única compañía de nuestras iracundas personas. Imaginemos pues que un mal día se personan ante nuestro chalé que tanto nos está costando pagar un grupito de probos ciudadanos albano-kosovares que, muy airados porque no han logrado adaptarse a nuestras depravadas costumbres occidentales, se dedican a expropiar al personal de determinados objetos de valor para poder mantener a sus extensas progenies sin necesidad de doblarla. Imaginemos que, provistos de un poste de la luz también expropiado a Endesa han decidido derribar la tapia que rodea nuestro preciado chalé con el fin de abrir una brecha en la misma y proceder a la expropiación. ¿Cómo los rechazamos? Si nos asomamos por la tapia para arrojar sobre ellos cualquier líquido calentito, uno de los asaltantes nos fríe con un Kalashnikov traído de souvenir desde la antigua Yugoslavia. Si intentamos arrojar sobre el poste de la luz teas ardientes, resulta que la han cubierto con una capa de amianto también expropiada al cuerpo de bomberos cercano. La tapia se va tambaleando sin que podamos hacer nada por impedirlo, y tampoco podemos hostigarlos con la escopeta de caza del abuelo porque, para colmo, han metido el poste y los que lo manejan en un contenedor abandonado, por lo que las perdigonadas no les afectan para nada. Chungo, ¿no? Pues traslademos esa misma situación al medioevo o más atrás y ya podemos tener claro que ver las defensas propias batidas sin descanso por un ariete no era precisamente una chorrada. De ahí que los ingenieros y tratadistas de la cosa bélica se devanaran los sesos para dar con cualquier medio que permitiera anular o, cuanto menos, aminorar, los efectos de los arietes.

En la entrada anterior ya presentamos un bajorrelieve asirio en el que se podía ver como los sitiados lanzaban unas cadenas que, al atrapar la viga del ariete enemigo, anulaba su movimiento. En dicha escena aparece también dos de los servidores de la máquina intentando zafarla mediante sendos ganchos, así que ya vemos que desde los tiempos más remotos se habían puesto en juego medios más o menos eficaces para combatir los arietes. Sin embargo, inmovilizar ingenios cada vez más pesados y que, por ende, desarrollaban una energía cinética bestial, requería soluciones más drásticas que trabar la viga; y al decir drásticas no hacemos referencia a medios más enérgicos, sino más ingeniosos y eficaces con el fin de aminorar los tremendos golpes que, sin prisa pero sin pausa, iban convirtiendo en escombros las murallas más sólidas. Una variante del método usado por los asirios y que aún era empleado en la Edad Media consistía en descolgar de la muralla una pieza metálica en forma de pelta la cual, suspendida mediante cadenas o gruesas sogas, trababa la cabeza del ariete en el instante de golpear. Este artefacto, denominado en Francia como "loba" o "cuervo" y cuyo aspecto vemos en la figura de la derecha, tenía como finalidad tirar hacia arriba del ariete si bien cabe suponer que no debía ser muy efectivo tanto en cuanto el mismo peso de la viga y la cabeza metálica bastarían para desprenderlo de la trampa. No obstante, es posible que, al menos, retardaría la acción del ariete ya que lo estorbaría constantemente sin posibilidad de evitarlo por parte de los que manejaban la máquina.

Con todo, uno de los métodos más antiguos de los que tenemos constancia consistía en colgar desde la muralla fardos rellenos de cualquier material que amortiguase las embestidas de los arietes (v. lámina de la izquierda). Eneas el Táctico, un griego autor de varias obras sobre poliorcética allá por el siglo IV a.C., sugería los sacos rellenos de paja para tal fin. Igualmente, se podía usar lana, mimbre o cualquier otro material que absorbiese los impactos. Sin embargo, esta estratagema podía ser fácilmente contrarrestada ya que bastaba incendiar los fardos o, caso de estar llenos de algún material incombustible como la arena, los asaltantes rasgaban la envuelta con garfios, vaciando de contenido los mismos. Estos métodos permanecieron invariables durante toda la Edad Media ya que, al cabo, los tratadistas de la época se limitaban en muchos casos a traducir y transmitir el contenido de las obras procedentes del Mundo Antiguo. Dichos tratadistas diseñaron cantidad de variantes de la tortuga pero, en realidad, los arietes eran los mismos que dos mil años antes, y ante las mismas máquinas solo cabía oponer las mismas respuestas ya que no se había inventado nada que permitiera la evolución de ambas.

Un método más eficaz lo usaba el ateniense Atenocles, el cual hacía descargar sobre la cabeza del ariete vigas sujetas de forma horizontal de forma, al dejarlas caer de golpe, partiesen o dañasen la máquina tal como vemos en el grabado de la derecha. Cualquier cosa de forma similar era válida, como las grandes columnas de mármol tan habituales en las poblaciones del mundo antiguo. Incluso se llegaba a reforzar la muralla con grandes cantidades de tierra apisonada fabricando previamente un parapeto de madera formando una especie de cajón entre la muralla y dicho parapeto. Esa técnica la usaron los zelotes judíos que defendían la fortaleza de Masada al mando de Eleazar ben Yair contra el procurador Lucio Flavio Silva, y resultó bastante efectiva hasta que los romanos lograron incendiar el parapeto.

Con todo, lo que primaba por encima de todo era intentar destruir la tortuga mediante la acción del fuego con brea, azufre, pellas ardientes o, en definitiva, cualquier cosa capaz de hacerla arder. Obviamente, y como hemos visto, las tortugas iban bastante bien protegidas así que no era precisamente fácil verlas arder. Pero, por lo general, estas contramedidas tan determinantes no se solían tomar, prefiriendo los defensores los medios arriba detallados o bien intentar enlazar la cabeza del ariete para volcarlo o atraparla con un lobo, chisme cuyo aspecto podemos ver en la figura de la izquierda. Según parece y a la vista del otro ingenio mencionado más arriba como la hembra de estos animalitos, en la época denominaban con epítetos caninos a todos aquellos ingenios destinados a atrapar arietes. En cualquier caso, estos lobos eran básicamente similares a las mordazas o perros con que se suspendían los sillares usados en construcción. Colgados mediante cadenas de un balancín, gracias a la fuerza de la palanca podían inmovilizar un ariete o incluso hacer volcar la tortuga de la que estaba suspendido. Cuanto más pesado fuera el ariete, con más fuerza se hincaban en su viga los dientes del lobo, y cuando más tirasen hacia abajo para intentar soltarlo, más difícil sería librarse de él. Aunque obviamente no era fácil capturar un objeto en movimiento con una tenaza dentada suspendida por una cadena, de lo que sí podemos estar seguros es que, de lograrlo, el ariete estaba prácticamente sentenciado ya que los atacantes no tenían medios para liberarlo. A los defensores les bastaba tirar con denuedo para volcar la tortuga o, cuanto menos, dañar seriamente la viga del ariete.

En la figura de la derecha podemos ver uno de estos lobos en funcionamiento. Se trata de un grabado del prolífico caballero de Folard, un ingeniero y tratadista militar francés que vivió entre los siglos XVII y XVIII y que estaba considerado como el Vegecio de su época gracias, entre otras cosas, a sus estudios sobre las obras de Polibio. En el grabado podemos ver con toda claridad la forma de operar de estos ingenios, que atrapaban la viga del ariete y, tirando hacia arriba mediante una palanca, anularlo por completo. Soltarlo sería casi imposible para los atacantes ya que ni podían abrir el lobo ni tampoco cortar las cadenas que lo sujetaban, así que los defensores aprovecharían para empaparlo con brea y reducirlo a cenizas, lo que aminoraría de forma notable la posibilidad de abrir una brecha en las murallas.

En fin, ya vemos que, por la cuenta que les traía a los defensores, o ideaban algo para neutralizar los arietes o sus miserables existencias valdrían menos que la palabra de un político. Los medios que se han explicado estuvieron vigentes hasta que los arietes cayeron en la obsolescencia, pero no debemos olvidar que la pugna entre estas máquinas y los ingenios para combatirlas perduró durante siglos sin que estos últimos lograran un nivel de eficacia tal que consiguieran eliminar los arietes de la escena bélica de la época. Como colofón, comentar que en su momento ya dedicaremos otra entrada para dar cuenta de las diversas combinaciones de arietes con otro tipo de ingenios a fin de aumentar su devastador poder.

Y como es hora de cenar, pues me piro, vampiro.

Hale he dicho

Miniatura medieval en la que podemos ver en primer término un ariete en acción. Para contrarrestar sus efectos, los
defensores han descolgado de la muralla una loba para atrapar la cabeza y un fardo de lana para amortiguar los golpes.
Merece la pena reparar en el garfio que presenta la cabeza del ariete el cual supongo actuaría como una FALX MVRARIA
o como el ariete de uña del que hablamos en su día.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Tormentaria: arietes 1ª parte




Revisando las entradas antiguas he visto que otra de las que necesitan una urgente actualización es la que en su día se dedicó a los arietes hace cinco años. Ya en su momento se pusieron al día las referentes a los trépanos, los arietes ligeros destinados a echar abajo puertas o empalizadas e incluso se estudió el curioso ariete de uña del Códice Latino 197. Así pues, procedo a poner al día la que estudiaba de forma un tanto sucinta la principal máquina de batir que estuvo operativa desde hace más de 3.500 años hasta la Edad Media si bien, no obstante, actualmente se siguen empleando versiones en miniatura de estos chismes para acceder a los domicilios de los delincuentes que, apremiados por la policía, se niegan a franquearles el paso de buena gana. Naturalmente, la adquisición de estos pequeños arietes está vetada a los cuñados, compadres y demás parásitos que se obstinan en vulnerar el sacrosanto hogar para proceder al concienzudo saqueo de bodegas y despensas. Bien, procedamos pues...


La maquinaria destinada a derribar o perforar murallas es quizás la más antigua que se conoce, muy anterior a los ingenios de aproximación o de lanzamiento. Los hititas ya mencionaban en un texto datado hacia el 1.500 a.C. que el ariete era una invención de los hurritas, un ignoto pueblo que habitaba al norte de Mesopotamia si bien la primera representación gráfica del mismo no aparece hasta el siglo IX a.C., concretamente en un bajorrelieve en el palacio de Asubarnipal que representa el asedio a una ciudad. En dicho bajorrelieve aparece una torre de asalto de la que emerge un ariete cuyos efectos ya se notan en la muralla. Según podemos observar en la ilustración de la derecha, los defensores han logrado atrapar la cabeza del ariete con unas cadenas a fin de inutilizarlo mientras que dos atacantes se esfuerzan en liberarla tirando hacia abajo con unos ganchos. No deja pues de ser revelador que, ya en aquella época, alguien había ideado también la forma de contrarrestar estos ingenios de forma bastante efectiva.

Por otro lado, la combinación de arietes con estructuras móviles destinadas tanto a facilitar su transporte durante los asedios como a proteger a los servidores de la máquina ya datan de aquella época. Un ejemplo lo tenemos en la foto de la izquierda, que muestra un bajorrelieve asirio del reinado de Tiglath Pileser III en el que aparece una de esas estructuras móviles que transporta dos arietes por una empinada pendiente. A la vista de que los arietes son una imagen bastante recurrente en las escenas de asedios asirias cabe suponer que era una máquina totalmente evolucionada ya en aquella época, y que su empleo era totalmente habitual durante los cercos a ciudades y fortificaciones. De hecho, hasta empleaban arietes montados sobre una especie de vehículo de seis ruedas que, además, eran guarnecidos por arqueros que hostigaban a los defensores mientras que la máquina actuaba. Dicho ariete quedó perfectamente reflejado en uno de los bajorrelieves de las puertas de bronce del palacio de Balawat, datadas hacia el siglo IX a.C. Esta máquina, que podemos ver en la foto inferior, se presenta enfrentada a una puerta ya que su masa no era la adecuada para batir una muralla, por lo que su diseño también se anticipó a los arietes ligeros que tanto proliferaban en los tratados medievales de cerebros bélicos como Kyeser, Il Taccola, Valturio, etc.



Está de más decir que un invento cuya relación costo-eficacia era tan ventajosa no iba a quedar relegado al olvido con el paso de los años. Tras la desaparición de los imperios asiáticos de Oriente Próximo, el mundo helénico no dudó en hacer uso de los arietes en sus intentos para acceder a las fortificaciones y ciudades que no se avenían de buen grado a facilitarles el paso. Sin embargo, la ausencia de representaciones gráficas nos pone más difícil conocer la morfología y el uso que hacían los griegos de estas máquinas si bien, al menos, ha llegado a nosotros una cabeza de ariete fabricada de bronce que fue hallado en Olimpia y que nos puede servir de orientación. La tenemos en la foto superior, y como se puede ver consta de dos hileras dentadas que flanquean un espolón central. La cabeza de carnero es obviamente decorativa, y hace referencia al uso de ese chisme. Sin embargo, sus dimensiones indican que no estaba destinado a batir poderosas murallas sino, a lo sumo, muros o puertas. Con apenas 22 cm. de alto por 8 de grosor harían falta tropocientos cuñados para abrir una brecha, así que salta a la vista que su misión era derribar obstáculos de menos entidad. Con todo, un estudio del desgaste de los dientes demuestra que entró en acción en su momento.

De hecho, la masa para obtener la energía cinética necesaria para abatir una muralla no era moco de pavo. Se han realizado algunos estudios cuyas conclusiones no pueden dejar de ser llamativas ya que, a modo de ejemplo, para abrir una brecha en una muralla de sillería al uso entre griegos o romanos era precisa una presión de entre 1 y 1,75 toneladas por cm², la cual se podía obtener con un ariete con un peso mínimo de 700 kg. que, dependiendo del tipo de madera y su densidad más el peso de la cabeza metálica requeriría un tronco de unos 10 metros de largo y 35 cm. de diámetro. En lo referente a las cabezas, a la derecha podemos ver dos recreaciones que representan las m
orfologías 
de dos arietes
convencionales con su típica cabeza de carnero que les da nombre. Aunque no se suelen hacer menciones explicitas al respecto, es más que evidente que un ejército cuyo destino era asediar una fortificación portaba al menos la cabeza entre sus bastimentos. Para la viga les bastaría talar el tronco de un árbol que crezca recto y con un diámetro uniforme, como las coníferas o los álamos. Como ya nos podemos imaginar, fundir semejante artefacto no era cosa baladí, solo al alcance de personal muy cualificado y con los medios adecuados para ello. 

Como es evidente, para manipular un artefacto de semejante masa era imprescindible instalarlo en una estructura como las que vimos anteriormente. Sin embargo, los tratadistas romanos debieron de mamar de fuentes ajenas al legado asirio, porque el mismo Vitruvio atribuye en el tomo X de su obra “De Architectura” a Cetras Calcedonio el concepto de ariete protegido por una VINEA o tortuga. Cabe suponer que, en efecto, Vitruvio desconocía los avances de los asirios en materia poliorcética, otorgando así la idea a Cetras. En todo caso, este autor da una descripción bastante detallada del invento: 

…construyó primeramente un fuste o basamento de madera con ruedas debajo, y sobre él erigió unos maderos y atravesó otros, en medio de cuya armazón colgó el ariete cubriéndolo todo con pieles de buey para que estuviesen más seguros los que desde la máquina debían batir los muros. Diole el nombre de tortuga arietaria por lo tardo en sus operaciones.” 

Es pues evidente que en el Mundo Antiguo se diseñaron elementos de protección para que ni los arietes ni sus servidores fueran eliminados nada más aproximarse a la muralla y, por otro lado, la descripción que nos proporciona Vitruvio de la tortuga arietaria ideada según él por Cetras era básicamente la misma máquina denominada por los musulmanes como dabbabah, o sea, una estructura de madera de forma triangular provista de ruedas o rodillos para su desplazamiento y provista de una cubierta de madera y pieles crudas bajo la cual la dotación del ariete podía empujar el conjunto hasta la muralla o la puerta a batir. Por cierto que, según David Nicolle, tortugas similares a estas eran usadas por los bizantinos, todas las naciones de Oriente Medio e incluso en la India y, está de más decirlo, aunque el patrón era el mismo los estilos y detalles eran infinitos, tantos como ingenieros militares las construyeron. En definitiva, la tortuga arietaria de Cetras era un ingenio como el que vemos en la siguiente ilustración.



Como podemos ver, se trata de una estructura como la descrita por Vitruvio y de la que pende un tronco de árbol mediante unas sogas que permitían balancearlo como si de un péndulo se tratase. La techumbre de la tortuga, gracias a su acusada inclinación, hacía rebotar las piedras que les lanzaban desde lo alto de la muralla y las pieles crudas impedían que echara a arder si les arrojaban brea ardiendo o proyectiles incendiarios.

FALX MVRARIA, herramienta que ya se mencionó en la
entrada dedicada a los trépanos y cuya finalidad era ir
retirando los escombros que se producían para que no
amortiguasen los golpes en los paramentos de las murallas
Lógicamente, el nivel de perfeccionamiento en la construcción tanto de la tortuga como del ariete dependía de la habilidad del ingeniero que acompañaba al ejército sitiador o de los medios para ello. No siempre se podía disponer de una pesada cabeza de hierro o bronce por lo que había que conformarse con endurecer a fuego el extremo de un tronco, o forrarlo como se pudiera con láminas metálicas de circunstancias. Y, por otro lado, la tortuga arietaria de Cetras tenía un defecto que no la hacía precisamente la más útil para resguardar un ariete. Dicho defecto no era otra cosa más que lo siguiente: cuando el ariete era adosado a la muralla, obviamente había que dejar un espacio entre la misma y la máquina para permitirle oscilar al máximo. Cuanto mayor fuera el arco de péndulo descrito, mayor energía cinética podría desarrollar. Pero esa separación podía ser fatal ya que el extremo del ariete quedaba indefenso cuando avanzaba, así que se diseñaron tortugas cuya techumbre avanzaba sobre la perpendicular de la misma de forma que el ariete permanecía en todo momento fuera del alcance de los defensores.

La ilustración de la derecha nos los aclarará perfectamente. Como vemos, la techumbre queda totalmente adosada a la muralla dejando a la cabeza del ariete espacio para balancearse. Por otro lado, en la parte inferior de la tortuga aparece un tope que, combinado con las cuñas que calzan las ruedas, imposibilitaban que la máquina se desplazara como consecuencia del balanceo y de los golpes. Por último, vemos que se le ha añadido bajo las pieles crudas una gruesa capa de mimbres frescos la cual tenía por objeto hacer rebotar los objetos lanzados desde la muralla. Como todos sabemos, el mimbre es sumamente flexible, y más aún cuando está aún verde. Así pues, con esa capa protectora adicional era más difícil quebrar la cubierta de madera de la tortuga. Con todo, hay noticia de protecciones aún más sólidas, como chapas de metal o fardos de paja si bien lo más habitual era la combinación que acabamos de ver.

Bueno, vale por hoy que profanar en exceso el asueto dominical es pecado, creo. En la siguiente entrada proseguiremos con este tema, así como los medios de que se valían los defensores para anular el devastador efecto de estas máquinas.

Hale, he dicho

viernes, 2 de septiembre de 2016

Armas curiosas: la Gatling eléctrica


Gatling 1883 con cargador de tambor.
¡Cosa má gonita, poddió!
Al hilo de la entrada anterior, creo que será del interés de mis lectores seguir hablando de las primeras ametralladoras, esos peculiares trastos llenos de cañones que tenían un aspecto bastante amenazador, ideales para colocar en el zaguán de casa a modo de seria advertencia a esos cuñados que tienen la desagradable costumbre de presentarse sin avisar los fines de semana con toda la familia, el escandaloso y dañino chucho adoptado e incluso el apestoso hamster del nene. Así pues, apostaría 5 kilos de las fastuosas croquetas de bacalao que prepara mi Pilarita a que cualquier aficionado a estos temas ametralladorísticos flipa en colores cuando ve en algún video o película bélica una de esas Minigun abrasando a tiros a los enemigos desplegando una potencia de fuego simplemente infernal. O más excitante aún el monstruoso GAU-8/A que arman los aviones anti-carro A-10, o los Vulcan de los helicópteros Cobra.

Sin embargo, ese concepto de cañones rotativos accionados por un motor eléctrico no es nada nuevo. De hecho, data del siglo XIX, concretamente de finales de 1890, cuando en el número de noviembre de ese año de la revista Scientific American  apareció una versión de la ametralladora Gatling mod. 1883 provista de un motor que le permitía, como es obvio, girar sus diez cañones con más rapidez que accionando el manubrio convencional. Para los que no lo sepan, estas máquinas no funcionaban mediante un sistema de automatización basado en el retroceso o el aprovechamiento de los gases producidos por la deflagración de la pólvora, sino simplemente en el giro de una manivela que hacía girar el conjunto de cañones al mismo tiempo que iba introduciendo los cartuchos en la recámara, los disparaba, extraía las vainas servidas y, finalmente, las expulsaba. Por cierto que, como dato curioso, muchos creen que en las Gatling disparaba el cañón situado en la parte superior del conjunto, tal como se ve en el grabado. Sin embargo, la realidad era que el cañón que disparaba en primer lugar y, por ende, en los siguientes ciclos de giro, era el quinto por la izquierda si miramos la máquina de frente, tal como aparece señalado en el detalle de la imagen. O sea, que hasta que el cañón situado arriba cuando se empezaba a girar la manivela no había cubierto cinco estaciones del ciclo no se producía el primer disparo.

¿Qué se obtenía colocando un motor a una de esas ametralladoras? No hace falta devanarse mucho los sesos para intuirlo. De entrada, aumentaba de forma notable la cadencia de tiro al efectuar el giro con más rapidez gracias al motor fabricado por la Crocker-Wheeler Motor Company (grabado de la derecha), el cual desarrollaba una potencia de un tercio de caballo. El motor, que solo requería una energía de 80 voltios para funcionar, permitía alcanzar las 150 revoluciones por minuto, lo que en una máquina de 10 cañones se traduciría en la escalofriante cadencia de 1.500 disparos, que para aquella época era una cifra simplemente bestial. Pero, como ya podemos imaginar, las ventajas que aportaba el motor eléctrico iban más allá debido a que el efecto producido por el cansancio en el tirador desaparecía. Si dicho tirador ya estaba con la lengua fuera tras cuatro o cinco minutos seguidos dándole al manubrio, como es evidente la cadencia disminuía de forma notable, cosa que jamás ocurriría mientras el motor tuviese energía eléctrica. No obstante, en caso de que este se averiase se podía desmontar fácilmente y recuperar el funcionamiento manual de la máquina. Por razones obvias, al basarse el invento en la intervención de la electricidad, el diseño estaba dirigido a su instalación en los barcos de guerra, los únicos que en aquella época disponían de capacidad para generarla. En un campo de batalla convencional no era aún posible, y de ahí la evolución de otros sistemas de automatismo autónomos que no requerían la intervención de energías ajenas a la máquina.

La ametralladora con el motor instalado
Por otro lado, liberar al tirador de tener que accionar la manivela se traducía en una mayor fluidez a la hora de elegir los blancos y disparar sobre ellos. Puede que muchos lo desconozcan, pero las Gatling requerían dos hombres para su manejo. Y no hablamos  del típico tándem tirador-servidor, sino más bien de operador de la manivela y apuntador. Me explico. El engorro de estas máquinas consistía en que su funcionamiento precisaba, como hemos dicho, de un tirador que giraba el manubrio, operación esta que requería cierto esfuerzo y que, al mismo tiempo, impedía concentrarse en manejar la ametralladora girándola sobre su afuste para barrer el campo de batalla. De ello se encargaba otro hombre cuya misión consistía en estar exclusivamente pendiente de la elección de blancos y de orientar el arma. O sea, que el operario de la manivela era el "motor" en este caso. Como es evidente, la eliminación de uno de los servidores y poder poner en funcionamiento la ametralladora accionando simplemente un botón para, a continuación, dedicarse por entero a apuntarla, era todo un logro. Como ya podemos suponer, bastaba darle al botón de nuevo para detener el motor y, con ello, los disparos. Pero la adición de dicho motor también suponía una mejora notable en la puntería del arma ya que el accionamiento de la manivela imprimía una fuerte oscilación vertical a la ametralladora que, obviamente, mermaba mucho su precisión.

A la derecha aparece el grabado que apareció en la Scientific American y que nos permite ver el aspecto de la máquina con su motor. Como podemos apreciar, del mismo salen dos cables que irían conectados a una toma de corriente en la cubierta del barco. La ametralladora está montada sobre un afuste naval que permitía ajustar el ángulo vertical y el giro horizontal. De la culata del arma sale una rabera que permite al tirador girarla a derecha o izquierda y, marcado con la flecha, vemos el pequeño botón que ponía en marcha o detenía el motor. Al desmontarlo se volvía a engranar la manivela y podía seguir funcionando manualmente, operación esta que se podía llevar a cabo en pocos segundos.

Gatling 1883 con cargador de tambor Accles y el motor
adaptado por la Johson Automatics Ltd.
En fin, este peculiar invento no tuvo aceptación y se quedó en un mero proyecto. Como ya hemos dicho, en los campos de batalla, que es donde de verdad hacían falta las ametralladoras, no había enchufes así que la cosa no prosperó. No obstante, la idea no quedó relegada al olvido, y permaneció latente cosa de medio siglo hasta que fue recuperada para aplicarla a la aviación, que al terminar la Segunda Guerra Mundial ya notaba que la potencia de fuego de las Browning M-2 que armaban los cazas norteamericanos se estaban quedando atrás, y más ante combinaciones tan devastadoras como los cañones de 30 mm. de los Me-262 tedescos. Así pues, en 1945 se encargó a la firma Johnson Automatics Ltd. llevar a cabo las pruebas pertinentes, para lo cual se recuperó una vieja Gatling 1883 en calibre .45-70 Government tras mucho rebuscar porque no fue nada fácil dar con una en condiciones de tiro. Al final pudieron poner a punto una máquina facilitada por F. Bannerman & Sons a la que hubo que cambiarle los bloques de cierre por unos fabricados con acero moderno para resistir las pruebas. Una vez a punto se le añadió un motor eléctrico para obtener nada menos que 5.800 disparos por minuto, a una distancia abismal de los 1.200 de una M-2 y con una ventaja añadida: las ametralladoras de cañones giratorios no sufren interrupciones de disparo en caso de que falle un cartucho. Si tal cosa ocurre, como el arma funciona mediante una fuente de energía ajena a ella- el motor en este caso- el cartucho defectuoso simplemente será extraído de la recámara siguiendo el ciclo de disparo y expulsado como si de una vaina servida se tratase. Estos estudios preliminares dieron lugar en 1946 al proyecto Vulcan, que fue el que marcó el inicio de toda la generación de armas de cañones rotativos que se han mostrado tan eficientes a todos los niveles.

En fin, curioso, ¿que no?

Hale, he dicho