miércoles, 24 de mayo de 2017

Cuchillos de trinchera. Knuckle-duster


Soldado yankee mostrando en su costado un cuchillo de
trinchera modelo 1917
Prosiguiendo con el tema cuchillero trincheril y como avanzábamos en la entrada anterior, hoy le toca a los knuckle-duster, los cuchillos de manopla que, en realidad, son por lo general más relacionados con el segundo conflicto planetario si bien, como veremos a continuación, eran más antiguos que la tos. Sin embargo, la enorme proliferación de cuchillos de este tipo a lo largo de dicha guerra hace pensar a muchos que tienen su origen en esa época, lo que es un error porque los knuckle-duster llevaban ya muuuchos años inventados. De ahí que muchos de los que me leen echen en falta determinados modelos, pero la omisión de estos no se debe más que al hecho de que no estuvieron en servicio durante la Gran Guerra, así que para hablar de ellos habrá que esperar a que se me termine el repertorio y tenga que empezar a contar historias de la Segunda Guerra Mundial. En cualquier caso, antes de entrar en materia conviene concretar algunos detalles para no liarnos y tal. Veamos pues...

En primer lugar debemos saber que las manoplas, nudilleras o llaves de pugilato, como vuecedes prefieran, ya eran usadas por los PVGILIS estruscos y posteriormente romanos que practicaban el PANKRATION en las amenas y edificantes sesiones de LUDII GLADIATORI en las que estos sufridos luchadores  se arrancaban literalmente las muelas de cuajo junto con cachos de jeta a puñetazo limpio. En este caso no hablamos de las nudilleras que todos más o menos conocemos, sino de unas bandas de cuero con las que se envolvían las manos y que, bien guarnicionadas con clavos de bronce, resultaban más demoledoras que el recibo de la contribución urbana con la subida correspondiente al año en curso. El aspecto de estos inquietantes accesorios lo podemos ver en la foto superior, perteneciente a la conocida estatua "El púgil en reposo", una pieza de bronce datada hacia el siglo IV a.C.

Yéndonos al siglo XIX, debemos saber que no había, como ocurre actualmente, leyes que restringieran el uso de este tipo de chismes para su uso como arma de defensa personal y, de hecho, incluso formaban parte de pequeños revólveres y pistolas como la que vemos en la foto de la izquierda para, caso de agotar la munición, liarse a hostias con el adversario. Había infinidad de modelos similares, generalmente armas de muy reducido calibre ideadas para ser llevadas en el bolsillo del chaleco y que, caso de verse en apuros en un callejón oscuro, salir del brete de la forma más airosa posible. Además, como se puede observar, se fabricaban nudilleras similares a las que vemos hoy día cuya misión era dejar listo de papeles a cualquiera de forma bastante eficaz. La que mostramos, fechada en 1864, era un arma de dotación de la policía metropolitana de Nueva York según reza la leyenda que vemos bajo la fecha. Así pues, además de la porra de toda la vida, los abnegados policías no dudaban en partir literalmente la jeta a los delincuentes que ofrecían la más mínima resistencia, cosa esta impensable en la actualidad. Estas nudilleras, fabricadas de bronce o hierro fundidos, solían ir acompañadas de un pequeño peto piramidal en la cima de cada anillo, lo que las hacía aún más contundentes no solo para golpear de frente, sino también de arriba abajo. En fin, algo muy desagradable, las cosas como son.

Por último antes de entrar en materia, añadir que la idea de aunar una hoja con una nudillera data de tiempos bastante anteriores a la Gran Guerra. De hecho, el ejemplar que vemos a la derecha parece ser que ya se comercializaba a finales del siglo XIX. Se trata de un diseño de una firma dedicada a la distribución al por menor de cuchillería propiedad de Charles Clements, radicada en 1890 en Southampton Row, Londres, y fabricada por la Sutherland & Rhodes de Sheffield. Se trata de un arma provista de una nudillera de aluminio y una hoja tipo Bowie de 119 mm. de largo y 16 de ancho. Las cachas son de madera cuadrillada, y están unidas a la empuñadura mediante tres pequeños remaches de hierro. Este cuchillo se comercializó, como los Robbins de la entrada anterior, entre las tropas del frente si bien, como decimos, ya estaba en el mercado desde antes de que nadie pensara que el Apocalipsis se desencadenaría en 1914.

Está de más decir que los british siguieron optando por lo cómodo, o sea, dejar que las tropas se proveyesen de cuchillería idónea para la guerra de trincheras, bien a título personal, bien recurriendo a auto-producción a nivel de unidades tipo regimiento o división. En este caso, el mandamás de turno recurría al material obsoleto que criaba moho en los almacenes de intendencia para, con cuatro arreglos, obtener un cuchillo adecuado con el que dotar a las tropas. En la foto podemos ver un ejemplo. Se trata de una modificación basada en la bayoneta Lee-Metford modelo 1888- foto inferior- a la que se le ha acortado la hoja y se le ha rebajado el grosor de la misma. En la empuñadura se ha soldado un arco dentado de acero para permitir golpear con el mismo. En el detalle vemos la burda soldadura que sólo pretendía unir sólidamente el accesorio a la cruceta y el pomo sin más historias.

Pero esta era la excepción en vez de la regla ya que, como hemos comentado varias veces, la War Office pasaba de complicarse la vida buscando un modelo idóneo y, encima, pagándolo, así que fue el mercado civil el que siguió copando la totalidad de la demanda del ejército británico (Dios maldiga a Nelson). La Clements siguió pues ofreciendo sus diseños que, todo hay que decirlo, estaban bastante bien concebidos. En este caso se trata de un arma bastante básica formada por una nudillera convencional a la que se le unía una hoja tipo Bowie mediante tres remaches. Como vemos en el detalle, donde aparece el reverso de la empuñadura, la espiga de la hoja se ajustaba a la acanaladura de una de las caras de la nudillera, lo que permitía un proceso de fabricación muy rápido y sencillo pero no por ello menos resistente. Las nudilleras podían estar fabricadas de bronce o de aluminio, y la hoja tenía una longitud de 157 mm. La manufactura de estos cuchillos estuvo encomendada a la firma George Ibberson & Co. de, como no, Sheffield, cuya industria cuchillera se forró a base de fabricar cientos de miles de bayonetas y demás objetos punzantes y cortantes para el ejército.

Otro modelo de la prolífica Clements podemos verlo a la derecha. En este caso se trata de un arma provista de una aguzada hoja prismática triangular de 152 mm. de largo montada sobre una empuñadura de aluminio. Al parecer, este cuchillo estaba especialmente destinado a ciudadanos de manos grandes y dedos gordos que no encontraban acomodo en las nudilleras al uso y, al igual que en el modelo anterior, la espiga se acoplaba en una acanaladura abierta en la empuñadura, donde quedaba unida mediante tres remaches de hierro.

Otras empresas también optaron a cubrir la demanda de cuchillos de este tipo, entre ellas la firma John Watts, dedicada sobre todo a la manufactura de navajas. Este sujeto tan emprendedor se hizo cargo de la fábrica, que ya estaba funcionando desde 1765, en la década de 1850 para, unos años más tarde, en 1880, adquirirla a su propietario, Frederick Ward. Básicamente podríamos decir que es una copia del modelo de Clements que hemos visto anteriormente ya que su morfología es similar aunque su manufactura es más básica. Consta de una empuñadura formada por una nudillera de bronce provista de unas cachas cuadrilladas de asta y una hoja tipo Bowie. Esta empresa fabricó otra versión muy parecida con la hoja un poco más larga, así como un modelo cuya nudillera se reducía a un solo anillo para el dedo índice.

Soldado melanino (antes negro a secas)
del tío Sam paseándose por el frente
occidental con su cuchillo modelo
1917 al costado
Por cierto que si alguien se pregunta como es que hasta ahora no se han mencionado modelos alemanes o gabachos (Dios maldiga al enano corso) es porque, simplemente, no fabricaron cuchillos de este tipo. Solo los british y los yankees optaron por esta morfología, así que nadie crea que se me ha ido el santo al cielo. Bien, aclarado esto debemos decir que los modelos presentados fueron, como se ha dicho, fabricados y comercializados por firmas civiles, las cuales estuvieron suministrando a las tropas del gracioso de su majestad hasta el término del conflicto. Sin embargo, la entrada en guerra de los yankees supuso un pequeño revulsivo para la normalización de este tipo de armas ya que, a pesar de que a aquellas alturas de guerra los alemanes estaban un poco cansados, se dieron cuenta rápidamente de que sus tropas necesitaban con urgencia un cuchillo de trinchera como Dios manda. Y estos sujetos no se andaban con chorradas porque, entre otras cosas, su descomunal poder industrial les permitía poner en marcha toda la maquinaria necesaria para fabricar un cuchillo reglamentario sin que esto les supusiera ningún quebranto. De hecho, el ejército norteamericano adolecía de muchas carencias ya que, hasta aquel momento, no se habían visto metidos en una guerra de aquellas dimensiones y, además de cuchillos, necesitaban con urgencia armas automáticas de todo tipo, si bien esto toca contarlo otro día.

Cuchillo de trinchera modelo 1917
En lo referente al tema que nos ocupa hoy, de todo el modelaje al uso entre las tropas británicas les llamaron la atención precisamente los knuckle-duster por aquello de que, además de apuñalar, venía de perlas para neutralizar enemigos pegajosos durante los combates cuerpo a cuerpo a base de golpes en el cráneo, así que rápidamente se pusieron en movimiento para crear un cuchillo de trinchera reglamentario con el que suministrar a sus tropas. Estos no eran tan cicateros como sus antiguos compadres, de modo que se creó la comisión de turno en busca de un modelo adecuado. La decisión final recayó sobre un prototipo diseñado por la firma Henry Disston & Sons, de Filadelfia, si bien su empuñadura no era una nudillera propiamente dicho. La Disston optó por algo muy similar al modelo de auto-construcción que vimos al principio basado en la bayoneta modelo 1888, o sea, una empuñadura de madera provista de un arco de acero armado con seis petos en forma de pirámide cuadrangular. En cuanto a la hoja, en vez de la quizás más adecuada tipología de doble filo prefirieron un aguzado estilete de sección triangular de 228 mm. de longitud en cuyas caras había una finísima acanaladura destinada a proporcionar aún más rigidez de la misma. La adopción de este tipo de hoja se basaba en su capacidad para penetrar en los gruesos capotes del ejército alemán o incluso sobretodos de cuero. Este modelo fue denominado como 1917, y su producción fue encargada a la Oneida, de Nueva York (10.000 unidades) y a la Landers, Frary & Clark (113.000 unidades).

Su construcción era muy simple: los petos del arco se obtenían mediante estampación según podemos ver en la foto superior derecha, lo que lógicamente aceleraba y, sobre todo, abarataba el proceso. La hoja era unida a esta pieza y a la empuñadura mediante una sólida espiga de sección cilíndrica que era atornillada con una tuerca que hacía de pomo ofensivo, o sea, para estamparlo en el cráneo del personal. En cuanto a la vaina, era una pieza muy cuidada fabricada de cuero con la contera y el brocal de acero. Como vemos en la foto inferior, dicho brocal tenía la forma de la hoja con unos pequeños orificios en cada vértice, destinados a permitir la entrada de aire para que, en un momento dado, impedir que la hoja hiciera el vacío a la hora de introducirla y luego no hubiera quien la sacase. La fijación al cinturón era con la típica y versátil presilla de alambre que permitía colocarla en una determinada posición sin que se corriera adelante o atrás, sistema este que aún sigue totalmente vigente por cierto, lo que demuestra su acertado diseño.

En 1918 surgió una variante de este modelo cuya diferencia consistía simplemente en los petos del arco, que en vez de adoptar su forma prismática inicial se optó por troquelar la pieza con una fila de dientes a cada lado para, a continuación, doblarlos hacia fuera tal como vemos en la foto de la izquierda. En la parte superior tenemos el modelo inicial, y en la inferior el modificado con dos hileras de cinco dientes a cada lado. El proceso para obtener esta pieza conllevaba menos pasos que el anterior ya que una estampación en un espacio tan reducido y con un material de tan poco grosor requería hacerlo en varios prensados para no agrietar ni debilitar dicha pieza. Esta variante fue fabricada por la American Cutlery Co., y ambas versiones estuvieron operativas hasta la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, la hoja prismática no era del agrado de todo el mundo. Por un lado, su carencia de filo limitaba su uso ya que no valía ni para cortar el salchichón del bocata. Por otro lado, hubo casos de rotura por la unión de la hoja con la espiga, lo que hizo que el Ordnance Departament ordenara la creación de otro prototipo de cuchillo que pudiera tener un uso polivalente pero sin perder la capacidad de penetración del modelo anterior. Se testaron tanto el modelo 1917, al que obviamente había que efectuarle diversas mejoras, un modelo francés, otro británico con una empuñadura de nudillera y un modelo fabricado por la firma Hughes que era muy similar al modelo 1917 pero con una hoja de doble filo extraída de las bayonetas Springfield 1873 y con un enorme pomo ofensivo de forma cilíndrico-cónica. El resultado final fue la adopción de un modelo diseñado por la Engineering Division of Ordnance que fue denominado inicialmente como Mark I y, posteriormente, como modelo 1918.

Como vemos, era totalmente distinto al modelo anterior y sospechosamente similar al fabricado por Clements, lo cual no debe extrañarnos ya que en el diseño del Mark I intervino personal de la Fuerza Expedicionaria yankee, que seguramente se hizo con algún ejemplar. Como vemos en a la izquierda, constaba de una empuñadura de bronce provista de pequeños petos en cada anillo, una hoja de doble filo de 171 mm. de largo cuya espiga pasaba por dentro de la nudillera. Era fijada en el extremo mediante un tornillo prismático que actuaba como pomo ofensivo. En la figura superior podemos ver el proceso de montaje de las piezas. Una vez dado por bueno el prototipo se ordenó la construcción inmediata de nada menos que 1.232.780 unidades, para lo que hubo que contratar a varias empresas: la A.A. Simons & Son, la Disston, la Landers, Frary & Clark y la Oneida. Sin embargo, el chollo se terminó antes de que la producción alcanzara siquiera una quinta parte ya que la guerra acabó en noviembre de 1918, cuando apenas se habían terminado 119.424 unidades. 

No obstante, este modelo también siguió operativo y fue suministrado a las tropas que combatieron en todos los frentes durante el siguiente conflicto. Añadir que de este modelo se hicieron infinidad de variantes tras la guerra por las diversas firmas que lo copiaron para su venta tanto a nivel particular como al ejército. Por cierto que, en este modelo, la vaina era enteramente metálica, y se fijaba al cinturón mediante dos pestañas tal como vemos en las figuras de la derecha. Según podemos apreciar, se llevaba por dentro del cinturón en una posición muy elevada para facilitar su extracción, que por la posición de la empuñadura sería mediante un agarre de picahielos muy idóneo para desenvainar y, aprovechando la energía del tirón, descargarlo en el pecho o el cuello de un enemigo. Con todo, cada cual lo colocaba donde le resultase más cómodo, incluyendo el costado izquierdo para efectuar un desenfunde cruzado que permitía lanzar un tajo en el mismo movimiento de la extracción.

Curiosamente, la enorme cantidad de excedentes que quedaron al término de la contienda hizo que se intentaran saldar miles de unidades (solo unos cuantos cientos según el anuncio) que se quedaron sin vender. El que vemos a la izquierda es uno de tantos en los que se ofrecen ejemplares del modelo 1917 por la irrisoria cifra de 1 dólar gastos de manipulación y envío incluidos. Ya quisiera yo gastarme 5 ó 6 eurillos en el puñetero anuncio, ¿que no?... Con todo, la paz no supuso ni remotamente echar al baúl de los recuerdos esta emblemática tipología. Antes al contrario siguió estando muy presente en los magines de los mandamases de forma que, cuando comenzó la siguiente fiesta, se produjeron decenas de cuchillos tanto por los yankees como por los países de la órbita británica. De hecho, hoy día se pueden seguir adquiriendo knuckle-dusters por cualquier probo ciudadano guerrero que quiera largarse a esos sitios donde hace tanto calor y hay tantos moros deseosos de segar cuellos de cruzados. Al cabo, su inquietante diseño ya ejerce de por sí un desagradable impacto psicológico entre los candidatos a probar sus devastadores efectos.

Bueno, ya'tá. Ya seguiremos con más historia cuchilleras.

Hale, he dicho



domingo, 21 de mayo de 2017

Cuchillos de trinchera. Las dagas de puño Robbins


La imagen superior nos permitirá hacernos una idea de lo que era un cuerpo a cuerpo en la estrechez de una trinchera,
donde los hombres se amontonaban unos encima de otros asesinándose sañudamente con lo que tuvieran más a mano


Clavo francés. Para encontrar algo más simple solo nos
quedaría una estaca mata-vampiros
Como ya sabemos, la Gran Guerra o, mejor dicho, la guerra de trincheras, obligó a rescatar del olvido a multitud de armas procedentes de la Edad Media para solventar los violentos cambios de impresiones que tenían lugar durante los feroces cuerpo a cuerpo que los ejércitos en liza se veían obligados a llevar a cabo para convencer a los enemigos de que lo más sensato era abandonar sus posiciones. Ya en su día se dedicaron una serie de entradas que detallaban las diversas armas "resucitadas", entre ellas la cuchillería de circunstancias con que, ante la falta de modelos específicos, la soldadesca tuvo que aviarse para disponer de armas blancas adecuadas. Estas iban desde bayonetas debidamente modificadas a cuchillos de caza o a simples hierros con punta y doblados para obtener una rudimentaria empuñadura como el famoso clou (clavo) con que los poilus apiolaban a los tedescos de forma bastante eficiente a pesar del aspecto tan básico de estas armas.

Kit de trinchera de la Commonwealth: revólver Webley,
granada Mills, estilete modelo" Mi Cuñado me Ama",
maza y cuchillo derivado de una bayoneta Ross
Sin embargo, y a pesar de que la más que evidente necesidad de armas de este tipo, los estados mayores de los ejércitos en liza no se preocuparon en principio por desarrollar modelos reglamentarios para suministrar a las tropas. Colijo que como vieron que ellos mismos se buscaban la vida optaron por pasar del tema y dejar al personal que siguiera desarrollando su creatividad, o sea, que les dio una higa la cuestión. De ahí que hubiera firmas que, sabedoras de que las guerras son una magnífica oportunidad para ganar dinero en cantidad y en poco tiempo, decidieran llevar a cabo diseños que se adaptaban a la perfección a la cruenta guerra de trincheras para que las tropas pudieran al menos adquirirlos por su cuenta. En la entrada de hoy hablaremos de la que tuvo la primicia en este tipo de negocios, la Robbins of Dudley Co. Ltd., empresa radicada en Dudley, Worcestershire, una población que protagonizó en primera persona la Revolución Industrial ya que acogió en ella gran número de empresas de todo tipo, especialmente las dedicadas a la minería del carbón, el cuero y, sobre todo, la metalurgia.

Esta firma surgió en abril de 1875 de la mano de William Moutrie Robbins dedicándose inicialmente a la manufactura de tinas de baño de hierro colado y herramientas. Más tarde fueron diversificando la producción con accesorios para chimeneas como chisperos, morillos y cosas así y, finalmente, hacia 1910 se centraron en la producción de forja artística, rejas y tal. La llegada del conflicto fue vista, como es habitual, como una oportunidad de negocio, y al tener noticia de los tremebundos combates cuerpo a cuerpo que tenían lugar en el Frente Occidental, así como la carencia de armas blancas desarrolladas para ello, tuvieron la genial idea de llevar a cabo una serie de diseños que, ofrecidos a título particular a las tropas, convirtieron a la Robbins en los pioneros de la fabricación de cuchillos de trinchera. 

Inicialmente se decantaron por un diseño un tanto convencional que podemos ver a la derecha si bien los materiales y las técnicas de fabricación eran bastante novedosas para lo que se estilaba en aquella época. Se trataba de una daga provista de una hoja curva de 152 mm. de largo vaciada a tres mesas y con recazo. Pero lo más peculiar era su empuñadura anatómica fabricada con una aleación a base de aluminio para hacerla más liviana que, además, estaba provista de un protector de acero para la mano. Las tres piezas estaban unidas con una solidez incomparable ya que tanto la hoja como el protector eran introducidos en el molde de donde se obtenía la empuñadura, por lo que se puede decir que la daga salía de una sola pieza. En la figura inferior tenemos una variante con una hoja en forma de S vaciada a dos mesas de una longitud similar a la anterior. El largo total de estas armas era de 247 mm., y se servían con una vaina de cuero diseñada especialmente para ellas que podemos ver a la derecha de la ilustración. La presilla de bloqueo abrazaba el protector, lo que permitía portar el arma en el cinturón en una posición elevada.

Cabe suponer que estos dos diseños no debieron resultar especialmente satisfactorios ya que la forma de la empuñadura impedía o, al menos, complicaba efectuar un agarre a modo de picahielos, así que desarrollaron el modelo que vemos a la izquierda, denominado como "de tres dedos" en alusión a que el protector solo cubría, como bien dice el nombre, tres dedos, quedando uno, el índice o el meñique en función del tipo de agarre, fuera del arco de acero. Pero lo más significativo era su hoja, en este caso de doble filo y con dos finas acanaladuras en vértice. Esta hoja, que emplearon en otros de sus diseños, tenía una longitud de 152 mm. y, en realidad, estaba ideada para herir de punta ya que no estaban afiladas. Otra cosa es que, naturalmente, sus propietarios del frente las pasaran por la piedra de amolar para rebanar pescuezos germanos con prontitud y eficacia. En cuando a su sistema de fabricación era el mismo que en el caso anterior: la empuñadura, obtenida de una aleación de aluminio, era fundida junto a la hoja y al protector, logrando una sólida y robusta pieza. En cuanto a la vaina, también aprovecharon el modelo visto más arriba tal como podemos ver en la foto. 

Pero el diseño más original de Robbins fue la Punch Dagger, que podríamos traducir como daga de puño por su peculiar morfología. Como vemos, este ejemplar contenía las mismas piezas que el modelo anterior, pero cambiadas de sitio como si el operario se hubiese liado y no la hubiera colocado en el orden debido. El sistema de elaboración seguía siendo el mismo, a base de una empuñadura de aleación fundida con los demás componentes, así como la hoja y la vaina empleadas en el modelo anterior si bien la primera era un poco más corta, de solo 117 mm. Pero en lo que la Punch Dagger se diferenciaba de cualquier otro cuchillo de combate al uso era en la peculiar forma de agarre, que permitía al que la manejaba efectuar un movimiento tan natural e instintivo como pegar un puñetazo. Su extracción era también extremada cómoda ya que, al estar el arma pegada longitudinalmente al costado derecho, la mano solo tenía que descender y coger la empuñadura sin necesidad de buscar una postura determinada para ello. Era, por hacer una comparación, como empuñar una pistola. Y de la misma forma que se extraía se lanzaba un golpe al pecho, el abdomen o el cuello del enemigo, que saldría bastante mal parado si no andaba listo y detenía o desviaba la puñalada asesina.

La foto de la izquierda nos permite apreciar con detalle el cuidado diseño de la empuñadura y la inserción de la hoja en la misma. En este caso, el protector no valía para golpear al enemigo en la jeta, quedando relegado simplemente a cubrir los tres dedos que abarcaba así como asegurar el arma en caso de aflojar por un instante la presión sobre la empuñadura. Se produjeron infinidad de copias de esta daga, que sobrevivió incluso a su fabricante original ya que la Robbins cerró sus puertas en 1928. Sin embargo, la Punch Dagger estuvo operativa hasta 1945, conviviendo con armas tan señaladas como el Fairbairn-Sykes al que ya dedicamos una entrada en su día. Las copias de esta daga se fabricaron con empuñaduras de bronce e incluso de hierro colado con hojas que iban desde los 108  a los 127 mm. de largo. La longitud total incluyendo la empuñadura en el modelo original era de 155 mm., y como curiosidad comentar que se conservan ejemplares modificados por sus dueños con la adición de un protector para el dedo índice o con una bala de fusil incrustada en la base de la empuñadura para golpear a los enemigos con saña bíblica. Un golpe de arriba abajo en mitad de la frente, en la sien o entre los ojos con algo así era, además de muy irritante, capaz de aturdir a la víctima el tiempo necesario para escabecharlo bonitamente en menos que canta un gallo. Por cierto que aunque actualmente veamos estas armas con una hoja pulida y brillante, en su momento eran sometidas a un proceso de oscurecimiento para impedir reflejos que pudieran delatar al que la manejaba, especialmente cuando se movían de noche camino a dar un golpe de mano a una trinchera enemiga.

Comparación de una barrena con una réplica de un
modelo datado hacia 1800
Pero la creatividad de la Robbins no se quedó en lo mostrado hasta ahora. Además de los modelos que hemos visto desarrolló unos cuchillos de puño que antecedieron en el tiempo a los actuales cuchillos tácticos que tanto gustan a los amantes del peliculeo. Hablamos de los gimlet knife, los cuchillos de barrena por su similitud con estas herramientas tal como vemos en la foto de la derecha. En realidad, Robbins no inventó nada nuevo sino que más bien rescató del olvido a un tipo de cuchillo que, aunque muchos lo desconozcan, ya estaba en uso a finales del siglo XVIII. Estos cuchillitos, que da grima solo mirarlos, eran compañeros inseparables de los aficionados a frecuentar garitos, putiferios, timbas y demás locales de ambiente chungo en los que su selecta parroquia comenzaba una bronca a base de puñaladas por cualquier nimiedad, y al parecer tuvieron su lugar de nacimiento en la ciudad de Nueva Orleans, que en aquella época era un hervidero de gente venida de todas partes a hacer sus trapicheos. Eran especialmente eficaces por su hoja de doble filo afilada como una navaja barbera y, sobre todo, por su facilidad para ocultarlos en cualquier sitio, desde la manga de la casaca o bajo el cuello de la misma. Sus hojas, de escasos centímetros de longitud, bastaban y sobraban para seccionar una carótida o para hundirlas en el plexo solar del adversario y, ante todo, permitían, como hemos visto en la Punch Dagger, golpear con movimientos naturales, sin necesidad de ser un experto esgrimista ya que a tan cortas distancias creo que influía más la decisión y la rapidez que otra cosa.

A la izquierda tenemos el diseño en cuestión junto a su funda. Se trata de una daga de puño de 177 mm. de largo provista de una hoja de doble filo vaciada a tres mesas de 91 mm.  la cual era embutida en la empuñadura siguiendo el sistema tradicional de la firma. En este caso, dicha empuñadura es muy semejante a una llave de pugilato si bien no solo está destinada a golpear, sino a permitir un excelente agarre y una buena protección contra los dedos. Si alguien se pregunta a santo de qué tanta obsesión con proteger los dedos del personal, piensen que los enemigos no siempre estaban en babia, y que una de las formas de neutralizar a alguien armado con un cuchillo era precisamente dirigir un tajo a la mano para cortarle los tendones y obligarle a soltar el arma. Un dedo puede ser separado de la mano con una facilidad pasmosa, y si no vean lo que ocurre cuando una corta un jamón sin envolvérselos con un trapo.

Otro tipo de daga de puño lo tenemos a la derecha. En este caso, la empuñadura consta de un anillo para el dedo corazón y dos apoyos para los dedos índice y anular. Este tipo era conocido como "de cabeza de carnero" por su similitud con la cornamenta de estos animalitos. Este chisme, con un peso de solo 99 gramos y una longitud total de apenas 161 mm., en realidad podríamos decir que es un estilete provisto de una aguzadísima hoja destinada a penetrar entre las cervicales o el foramen magnum de un enemigo. Su empuñadura no permitiría asestar golpes definitivos ya que el agarre era muy poco consistente, así que deduzco que estaba destinada a actuar como arma de asesinato antes que como un robusto cuchillo de trinchera capaz de arrostrar de forma satisfactoria la vorágine de un cuerpo a cuerpo. Por ello, más bien parece ideada para finiquitar enemigos por sorpresa, con nocturnidad y alevosía infinitas ya que, además, la mínima anchura de su hoja no debía producir heridas fulminantes como no fuera interesando la médula espinal o el cerebro. No obstante, su inquietante aspecto igual valía para poner en fuga a los enemigos con solo enseñarlo, vete a saber...

Por último tenemos el típico cuchillo combinado con una llave de pugilato, concepto este que los yankees adoptarían al entrar en guerra y de cuyos diseños hablaremos extensamente en una próxima entrada. Los knuckle-duster knives o cuchillos de manopla, que era como los sobrinos del tío Sam denominaban a esta tipología, eran en realidad el arma más indicada para zambullirse en una fastuosa escabechina trincheril. Su robusta hoja de doble filo unida a la empuñadura mediante fundición permitía efectuar un agarre tanto como picahielos como normal, y además de asestar cuchilladas daba la opción de producir severas fracturas en las jetas enemigas. Un puñetazo con ese chisme en plena napia no solo duele una bestialidad, sino que ciega temporalmente a la víctima permitiendo así apuñalar a continuación a su sabor. Por lo demás, estas dagas se suministraban con la empuñadura pulida o pintada de negro como la que vemos en la foto. Su hoja medía 152 mm., y la longitud total del arma era de 28 cm. En cuanto a la vaina, era al parecer lo único inmutable porque casi siempre usaban la misma.

Una Punch Dagger provista de otro tipo de vaina, en este
caso muy similar a la funda de una pistola, muy idónea
para preservar el arma de la intemperie y la porquería
de las trincheras
En fin, ya vemos como la Robbins no se durmió en los laureles y se hizo con un mercado que demandaba armas de este tipo en cantidades masivas. Con todo, como es lógico, muchos soldados, bien por falta de medios económicos, bien por estar satisfechos con el rendimiento de sus cuchillos customizados, siguieron empleando sus armas. Pero lo que es innegable es que esta firma se llevó la primicia en la manufactura de cuchillos de trinchera del ejército británico durante la práctica totalidad del conflicto y, según hemos comentado, la vida operativa de algunos de sus diseños de alargó hasta después de la Segunda Guerra Mundial, lo que es un claro testimonio de la validez y la eficacia de los mismos. Ah, antes de concluir, una advertencia a los amantes de llevar encima cositas raras para enseñarlas a los colegas: cualquier objeto que tenga el más mínimo parecido con las dagas que hemos mostrado está más prohibido que la visita de un cuñado en una tarde de domingo, así que mucho ojo porque si la benemérita los pesca con uno de ellos le meterá un paquete monumental con petición de cárcel incluida por tenencia ilícita de armas, así que sirva de aviso.

Hora de merendar. Me piro.

Hale, he dicho.


martes, 16 de mayo de 2017

El gladio II. El gladio de pomo anular


Recreación de un legionario del siglo II d.C. acantonado en el Muro
Antonino, en Escocia, obra del genial McBride. En su costado pende
un gladio de pomo anular como los que estudiaremos en la entrada de hoy
Bien, prosigamos con los gladios. En la entrada de hoy hablaremos de una peculiar variante que, como está mandado, también fue un préstamo de una cultura foránea, en este caso de los belicosos sármatas. Estos fieros ciudadanos surgieron hacia el siglo VII a.C. en las estepas situadas al este del río Don y al sur de los montes Urales, desde donde fueron avanzando hacia el oeste conviviendo de forma más o menos pacífica con los escitas, a los que finalmente atacaron en la estepa póntica, zona situada al norte del mar Negro, y de donde los expulsaron tras dejar aquello convertido en un solar. A comienzos del siglo II d.C. tuvieron una serie de violentos cambios de impresiones con las tropas del emperador Trajano, donde los romanos tuvieron tiempo sobrado no solo de matarse bonitamente con sus enemigos, sino de adoptar una espada que rápidamente se extendió por todo el imperio excepto por las provincias del norte de África y la Península. Así, las Guerras Dacias que tuvieron lugar entre los años 101-102 y 105-106 sirvieron, además de para consolidar las fronteras orientales del imperio, para introducir esta peculiar variante de gladio que, recordemos, era como los hijos de la gloriosa Roma denominaban de forma genérica a las espadas de longitud media-corta. O sea, que no se trataba de una variante de las tipologías que todos conocemos del GLADIVS HISPANIENSIS, sino de una nueva modalidad que estuvo operativa unos cien años mientras que la SPATHA se iba imponiendo de forma progresiva. 

Los sármatas, además de ser un pueblo fiero y extremadamente belicoso, tenían una tecnología armamentística nada desdeñable, superior como es lógico a la romana tanto en cuanto, como ya sabemos, estos no inventaban nada, sino que copiaban lo que les interesaba. Dentro de su amplia panoplia disponían de una espada de tamaño medio cuya hoja, vaciada a dos mesas y de una longitud de entre 50 y 60 cm y raramente de hasta 80, tenía un perfil muy similar al del gladio tipo Pompeya, o sea, una hoja de filos paralelos y punta corta de forma triangular si bien en el caso de la espada sármata los ángulos de dicha punta no eran tan acusados. En la foto podemos apreciar mejor las similitudes y la diferencia citadas comparando la espada de pomo anular que aparece en la parte superior con el gladio tipo Pompeya que vemos debajo. 

Espadas sármatas de diferentes tamaños similares a las que se han ido
hallando en multitud de tumbas en la zona comprendida entre el mar Negro
y las planicies de Hungría
Al parecer, esta tipología surgió hacia el siglo III a.C. como la evolución de una espada de antenas. De hecho, el anillo se supone que no era sino la consecuencia de unir los extremos de dichas antenas si bien se desconocen los motivos para llevar a cabo esta modificación. Por mi parte opino que no sería un disparate suponer que se debió a algo tan simple como impedir los enganchones en la ropa a la hora de desenvainar la espada. Un pueblo que vivía en una zona inhóspita y con un clima extremo en invierno debía ir bien cubierto de ropa y pieles, por lo que un pomo circular era mucho más cómodo en caso de tener que meter mano a la espada. No olvidemos que, por norma, las modificaciones que se llevaban a cabo en las armas obedecían generalmente a cuestiones de tipo práctico, así que complicarse la existencia intentando deducir motivos más enjundiosos no solo carece de sentido, sino que se me antoja una pérdida de tiempo. Por otro lado, la cruceta consistía en una pequeña pieza en forma de prisma cuadrangular rectangular fabricado, al igual que el resto del arma, de hierro.  No contaban con adornos de ningún tipo si bien en algunas espadas procedentes de ajuares funerarios sármatas han aparecido espadas que llevaban una pequeña ristra de abalorios colgando de la anilla. Dichas ristras estaban formadas por cuentas de vidrio. Del mismo modo también se han hallado espadas con piedras semipreciosas como ágatas o calcedonias insertadas en el hueco de la anilla, obviamente como indicativo del estatus socio-económico de su propietario. Estas espadas tuvieron una gran difusión entre las tribus sármatas hasta que a lo largo del siglo II d.C. fue sustituida por una nueva tipología provista de una hoja de mayor longitud.

Estatua de una estela funeraria aparecida
en Aquicum, a las afueras de la actual
Budapest, en la que se aprecia el pomo
anular del gladio que portaba el difunto
Bien, este es grosso modo el origen y la evolución de esta espada que, por cierto, tenía además unas profundas connotaciones de tipo religioso entre la sociedad sármata. Al parecer, era habitual entre esta gente que hundiesen la hoja en el suelo para, a continuación, adorar a su dios de la guerra ante ella, llevando luego a cabo sacrificios con ovejas o caballos para ponerlo contentito y tal. Así pues, y como ya anticipamos, las Guerras Dacias permitieron a los romanos entrar en contacto con estas armas las cuales fueron rápidamente adoptadas. Pero, ¿por qué? ¿Qué vieron los pragmáticos romanos en esta tipología para copiarla sin más? En lo que a mi respecta solo se me ocurre una posibilidad razonable y bastante elemental: la pesada anilla de hierro proporcionaba a la espada un balance mucho más eficiente. Recordemos que el pomo de los gladios, independientemente de su tipología, era de madera o, a lo sumo, de madera forrada con una fina y ligera lámina de metal, así que no sería un dislate pensar que el manejo de la espada mejoró bastante con las guarniciones sármatas porque, de no ser así, podemos tener claro que los romanos no las habrían adoptado.

Recreación del ejemplar hallado en Pevensey (R.U.) datado hacia finales
del siglo II d.C. Su longitud total es de 69 cm., y su peso de 735 gramos.
Por otro lado, este tipo de espadas era especialmente sólido por ser enteramente de hierro, y con un mantenimiento adecuado para protegerlas de la oxidación debían padecer en menor medida las inclemencias del tiempo que, como es lógico, sí se dejaban sentir en un arma cuya cruceta, empuñadura y pomo estaban casi siempre fabricados con madera. Los materiales lignarios, aunque se protegieran con algún tipo de aceite, acabarían sucumbiendo a la humedad y los cambios de temperatura. Según podemos ver en la ilustración superior, estas espadas solo empleaban la madera para las cachas, y debía ser una pauta habitual el empleo de este tipo de material ya que todas las que han ido apareciendo estaban desprovistas de este accesorio, por lo que podemos deducir que no usaban hueso o marfil, materiales que sí habrían llegado a nuestros días sin problema. En cuanto a la sección de la hoja, seguían la misma pauta que en los gladios: romboidal, para hacerla especialmente rígida ya que era lo más adecuado en una espada destinada principalmente a herir de punta.

La difusión de estas armas se extendió por toda la frontera oriental del imperio, desde Alemania hasta Austria, así como por las Islas Británicas. En base a los ejemplares hallados hasta la fecha, el profesor Marcin Biborski, un experto en arqueo-metalurgia de la Universidad Jaguelónica de Cracovia, ha establecido una tipología formada por cinco variantes en función de la longitud y la anchura de la hoja, que va desde los 62-52 cm. del Tipo I, el más grande, a los 38-28 del V, el más pequeño. Con todo, el más abundante es el Tipo II, formado por armas con una longitud total de entre 68 y 55 cm. y una hoja de entre 50 y 40. La espiga, de sección rectangular, acogía la pequeña cruceta para, finalmente, adosarle la anilla bien mediante soldadura- como el ejemplar de la derecha- o bien por remachado. No obstante hay quien sugiere que la citada anilla podría incluso ser forjada directamente partiendo de la espiga, dándole la forma circular y formando así una sólida pieza enteriza que le daría una robustez superior. También hay quien opina a la vista de las mínimas dimensiones de la cruceta que podrían estar desprovista de cachas de cualquier tipo, y que estas fueran sustituidas por tiras de piel envolviendo directamente la espiga de hierro.

En cuanto a los pomos, por norma eran circulares o, en menor grado, con forma de corazón. Más escasos eran los de bronce como el que vemos en la figura de la derecha que, además y al igual que en el caso de los de hierro, podían tener una decoración a base de hilo de bronce incrustado formando dibujos geométricos o florares. Por otro lado, en los ejemplos que vemos en la ilustración podemos apreciar el sistema de unión mediante remachado, que consistía en pomos provistos de una pequeña lengüeta perforada que era unida a la espiga mediante un pequeño remache cuadrangular para impedir que el pomo girase sobre la misma. El conjunto iría recubierto por las cachas.

Otra variante más escasa es la que vemos a la derecha, aparecida en Vimose, Dinamarca. En este caso, las guarniciones están fabricadas de bronce si bien la morfología de las mismas permanece inalterable. Se puede apreciar en la vista de perfil el acusado ensanche que se daba a los pomos, adoptado una forma cuasi romboidal. Aparte de eso, en este caso la espiga penetraba por un orificio en la base de la anilla para, posteriormente, ser remachado de la forma convencional. Según vamos viendo, las diferentes variantes de esta espada se limitaban casi por completo a sus dimensiones y el sistema de unión del pomo ya que la forma de sus guarniciones era muy similar, especialmente en las crucetas.

Una excepción la tenemos en la ilustración de la izquierda, donde hemos recreado un ejemplar datado hacia inicios del siglo II d.C. con una longitud total de apenas 42 cm. Al parecer pudo haber servido en manos de un auxiliar sármata, concretamente un laziges, una tribu derrotada por los romanos hacia el 180 d.C. cuyos miembros optaron por enrolarse en las legiones. Es más que probable que estas tropas siguieran haciendo uso de sus propias armas, y de ahí la diferencia con lo visto hasta ahora, concretamente en la cruceta que, como vemos, es plana en vez de cuadrangular. En este caso, y a la vista de la generosa anchura de la espiga, hemos creído más acertado recrear el arma con una empuñadura formada por tiras de cuero ya que unas cachas de madera habrían resultado demasiado gruesas. Por otro lado, si observamos la morfología de la hoja no se parece a la de un Pompeya, lo que corroboraría el hecho de que, aún habiendo servido en el ejército romano, su origen podría ser enteramente sármata.

Bien, con lo dicho ya podemos hacernos una idea del desarrollo de este tipo de espadas que convivió con los gladios hasta la extinción de estos y el surgimiento de la SPATHA como arma definitiva. Resumiendo, tenemos un arma de características muy singulares que alcanzó una rápida difusión por sus ventajas sobre el tipo Pompeya al uso en aquella época. Pero no solo se impuso la espada, sino también el sistema de suspensión también de origen sármata, desterrando para siempre las tradicionales anillas que vimos en la entrada anterior. En este caso se trataba de una vaina de madera forrada de cuero que, como principal característica, disponía de un pasador por su cara anterior para introducir a través del mismo el tahalí. Según vemos en la ilustración de la derecha, el pasador consistía en una pieza de bronce que se fijaba a la vaina mediante dos abrazaderas del mismo material. La correa del tahalí la rodeaba de la forma que vemos en el dibujo, quedando el arma paralela al cuerpo. En aquella época aún se seguía portando en el costado derecho según la forma tradicional del ejército romano. Este sistema, aunque tomado de los sármatas, era en realidad originario de Extremo Oriente, de donde algunos autores sugieren que también pudieron tomar el pomo anular por su semejanza con el usado en las espadas chinas de la Dinastía Han hacia el siglo III a.C., desde donde viajó a través de las estepas hasta ir a parar al Danubio, donde fue copiado por los sármatas, desechando así la teoría de que fue una mera evolución de la espada de antenas al uso en este pueblo. En esto, como en tantas cosas, nos regimos por hipótesis más o menos fundadas, así que cada cual crea lo que prefiera porque no hay pruebas contundentes que corroboren una teoría u otra.

Siguiendo con los pasadores, en este caso los romanos copiaron la idea, pero la morfología de los mismos fue de diseño propio, así como las conteras de las vainas que, en este caso, tomaron una forma discoidal como la que hemos visto en la ilustración anterior o bien en forma de pelta como las que presentamos en las figuras de la izquierda. En la parte superior vemos tres ejemplos de pasadores de los cuales es quizás el más curioso el que aparece en primer lugar con forma de delfín. Este animalito era un motivo bastante recurrente, y hay testimonios sobrados del mismo por las piezas aparecidas en diversos ajuares funerarios. Estos pasadores estaban provistos en algunos casos de unos tetones destinados a clavarse en la vaina para impedir que se deslizaran hacia arriba o hacia abajo, ayudando así a la sujeción que brindaban las abrazaderas. El sistema debía ser bastante satisfactorio porque siguió empleándose durante mucho tiempo después de que los gladios pasaran a la historia. A estas guarniciones solo nos restaría añadir el típico brocal que, en este caso, no tenían ninguna peculiaridad digna de mención, siendo similares a los usados en las vainas de los gladios al uso.

En fin, poco más queda por explicar. Como hemos visto, esta curiosa variante tuvo mucha más aceptación de lo que podríamos imaginar, y creo que ha merecido la pena dedicarle una entrada para ella solita por ser un tipo un tanto desconocido si lo comparamos con los Mainz y los Pompeya. Por lo demás, no cantemos victoria aún ya que la moribundez no remite y la musa sigue en paradero desconocido.

Bueno, pues ya está.

Hale, he dicho

sábado, 13 de mayo de 2017

El gladio I. Vainas


Bajorrelieve que muestra un gladio tipo
Pompeya con la vaina unida al cinturón
Conste que ni la moribundez ha remitido ni la musa ha retornado, pero como llevo ya más de veinte días sin decir ni pío haré un esfuerzo ímprobo para que vuecedes no se sientan desamparados ante sus alevosos cuñados, que seguramente habrán aprovechado estos días de silencio para ilustrarse a base de bien con el perverso fin de demostrar su sapiencia en cuanto se descuiden. Bien, para hoy he elegido un tema bastante interesante aunque eso de empezar a hablar del gladio por las vainas suene absurdo. Sin embargo, prefiero hacerlo así ya que información sobre estas armas hay mucha, pero no tanta sobre su envase. Así pues, y ya que es un complemento de este tipo de espada que tuvo una serie de peculiaridades muy definidas, creo que merece que se le dedique un poco más de atención ya que este tema tiene su enjundia. Pero, en primer lugar, un breve introito para ponernos en situación.


Como puede que algunos de los que me siguen recuerden, y si no lo recuerdan o no saben de qué hablo hagan el favor de pinchar aquí para ponerse al día, hace ya casi tres años (¡AGGG...!, el tiempo es el enemigo inexorable del hombre) se publicó una entrada bastante completa dedicada a los orígenes del GLADIVS HISPANIENSIS, o sea, la espada española que ya mencionaba Plinio el Viejo y que tanto acojonó a los hijos de la gloriosa Roma. Esta espada, mucho más letal que el XIPHOS griego al uso en el ejército romano de la época ya que a una gran capacidad de penetración se le unía una devastadora eficacia en los golpes de tajo, estuvo operativa en las legiones hasta el siglo II, cuando se adoptó la SPATHA de origen celta empleada desde mucho antes por la caballería. En la imagen de la izquierda vemos un HASTATVS durante las Guerras Púnicas en cuyo costado pende un GLADIVS HISPANIENSIS sujeto al cinturón mediante dos correas de cuero que, a su vez, están fijadas a las cuatro anillas de suspensión de que va provista la vaina. En la foto del detalle podemos ver en qué consistía esta forma de sujeción, y bajo la misma tenemos una recreación de dicha vaina construida de forma similar a las empleadas por los belicosos habitantes de la Península. Recordemos que los romanos tenían la inteligente costumbre de no complicarse la existencia inventando, sino copiando lo que veían que funcionaba bien.

Para elaborar una vaina o, dicho con propiedad, una VAGINA, se recurría a dos valvas de madera ahuecadas con la forma de la hoja según vemos en la figura de la derecha. Luego se forraba de cuero para protegerla de la intemperie y, de paso, para hacer gala de las posibilidades económicas de cada cual ya que los romanos, al igual que sus enemigos, se preocupaban mucho de obtener armas de calidad y de adornarlas de la forma más suntuosa posible según veremos más adelante. Así pues, aunque no tenemos pruebas determinantes sobre este detalle, es más que probable que el cuero estuviese teñido de colores más o menos vistosos para dar realce al conjunto de la misma forma que, como también veremos en una entrada posterior, se gastaban un dinero en guarniciones de marfil o metales nobles para las espadas. Por cierto que no quiero dejar de aclarar que con la palabra GLADIVS los romanos no designaban a un tipo de espada en concreto, sino que era el término genérico que usaban para designar a cualquier arma de este tipo.

Gladio tipo Mainz en su vaina
que, como vemos, está forrada
totalmente de metal por su cara
anterior
Bien, estos serían grosso modo los comienzos del gladio en el ejército romano. Como hemos visto, se limitaron a copiar tal cual esta espada tanto en sus características morfológicas como en la vaina, encontrándose con la gratificante sorpresa de que eran extremadamente dañinas con los enemigos. Con todo, como es lógico, el gladio fue sufriendo una evolución en manos de los romanos, que lo fueron adaptando tanto a su forma de uso como sus gustos estéticos. De ahí que a las cantoneras, abrazaderas, anillas y brocales que ya se empleaban se añadiesen determinados elementos decorativos que nos permiten además datar los pocos ejemplares que han llegado a nuestros días, la gran mayoría extraídas en ríos o donde antaño hubo algún curso fluvial debido al parecer a algún tipo de costumbre de tipo religioso que obligaría a arrojarlas al agua como ofrenda. Recordemos que en el ejército romano perder las armas era sinónimo de deserción con las consecuencias que ello conllevaba y que, por otro lado, el acero de las armas iba siendo reciclado para fabricar otras cuando se rompían o pasaban de moda por lo que no es precisamente fácil dar con ejemplares de la época que nos ocupa. Así pues, en primer lugar tendríamos las vainas destinadas a contener los gladios tipo Mainz, de las que hay un amplio surtido de variantes debido a que, con la llegada del Principado, las tropas fueron dejando atrás la estandarización habitual de tiempos de la República y decorando sus armas conforme a sus gustos y/o posibilidades económicas. De hecho, era habitual adquirir las espadas bien a soldados veteranos que se licenciaban o bien en las FABRICÆ estatales repartidas por el imperio o incluso a artesanos civiles establecidos cerca de los campamentos. Así, y aunque raramente se usaba el hierro para estos menesteres, el bronce era el material predominante por su facilidad a la hora de manufacturarlo y por su bonita apariencia cuando era pulido. A finales del siglo I a.C. se puso de moda cubrir la cara anterior de las vainas con láminas de metal, generalmente una aleación a base de cobre y zinc que ofrecía un aspecto dorado que contrastaba con el color del cuero que envolvía la vaina de madera. De hecho, hacia los comienzos del Principado se comenzó a emplear una aleación denominada ORICHALCVM o AURICHALCUM (pronúnciese oricalcum o auricalcum ya que estos probos ciudadanos pronunciaban la che como una ka) compuesta por un 80% de cobre y un 20% de zinc que, casualmente, era la misma proporción usada en el sestercio acuñado por Augusto hacia el 23 a.C., por lo que una vaina guarnecida con este metal era como llevar encima una reserva monetaria que valía su peso en sestercios cuyo valor facial era de 1/5 de denario.

Según el gusto personal del propietario, las guarniciones se dejaban en su color dorado natural o bien les daban un baño de estaño. Este metal, al tener un punto de fusión muy bajo, de apenas 232º, permitía introducir en la colada las piezas de AURICHALCUM para, posteriormente, bruñirlas y dejarlas con un aspecto similar al de la plata, mucho más cara y difícil de manipular por tener un punto de fusión casi cuatro veces superior. En la ilustración de la derecha tenemos un par de recreaciones de vainas para gladios tipo Mainz que, según podemos apreciar, están enteramente contorneadas por una cantonera en forma de U que era fijada al conjunto mediante pequeños remaches. En el primer ejemplo, totalmente cubierto de metal, hemos colocado tres láminas decoradas, una bajo el brocal, otra en el centro y una última en la contera. Generalmente eran repujadas con motivos florares o mitológicos si bien se podía recurrir a diseños más personalizados en base a algún hecho heroico o como alabanza a algún dios o un emperador. En la otra figura hemos representado una vaina similar inspirada en el tipo Fulham, una variante del Mainz datado hacia la primera mitad del siglo I d.C. que, como vemos, estaba desprovista de cubierta metálica salvo en el centro y bajo el brocal. La figura de la derecha nos muestra el reverso de ambas vainas donde se aprecia la costura de la cubierta de cuero.

Otro tipo de decoración que tuvo bastante difusión eran los calados, denominados como OPVS INTERRASILE y cuyo aspecto podemos ver en la foto de la izquierda. En este caso se trata de una contera que, como era habitual, estaba provista de sus propias cantoneras en forma de solapa que abrazaban los bordes de la vaina para quedar fijada a la misma. Aunque no se sabe con exactitud, parece ser que cuando se usaba este tipo de decoración se optaba por estañarlas y, combinadas con cuero teñido de colores muy oscuros, simulaban el nielado, una labor de orfebrería consistente en rellenar las partes huecas con un esmalte negro obtenido de una mezcla a base de plata y plomo fundidos con azufre. En definitiva, el OPVS INTERRASILE era una versión económica del mucho más costoso nielado, que solo estaba al alcance de las faltriqueras bien llenas de denarios. Otro tipo de decoración podía ser a base de perforaciones punzonadas, figuras geométricas o reticulares que, según podemos suponer, serían menos costosas.

En el caso de las decoraciones en bajorrelieve vistas anteriormente, algunos autores sugieren que, además del sistema de repujado convencional, se podrían usar matrices para facilitar su fabricación en masa. Esto se ha deducido en base al objeto que vemos a la derecha, una placa de 15 cm. de longitud hallada en un asentamiento civil próximo a Batavorum, en la actual Nimega (Holanda), que suponen podría ser una matriz para elaborar mediante estampación una lámina para decorar las vainas. Personalmente lo pongo en duda por varias razones: primero, porque puede tratarse de un elemento decorativo de mil cosas como demuestran los orificios practicados en el centro y los extremos de la pieza. Por otro lado, una matriz precisa de otra para prensar el metal contra ella, lo que en este caso conllevaría el uso de máquinas de una gran potencia para llevar a cabo la estampación. Por ello colijo que con los medios de la época era más viable el repujado convencional, y tampoco creo que la demanda de un determinado tipo de decoración fuese tan grande como para que fuera rentable la producción en masa. Una vaina y su espada podía durarle a un legionario toda su vida militar salvo en el caso de que dicha vaina se perdiese o se deteriorase, lo que no ocurriría a diario. Sea como fuere, he preferido dejar constancia de esta hipótesis y que cada uno crea lo que estime más oportuno, amén de los amenes.

A la izquierda podemos ver una recreación de la vaina propia del tipo Pompeya, una variante surgida a comienzos del siglo II d.C. en la que se redujo notablemente el surtido de diseños o, al menos, eso es lo que se puede suponer a la vista de los ejemplares hallados por lo que, como es habitual en estos casos, nos regimos por aproximaciones más o menos fundamentadas. Curiosamente, las piezas que dan nombre a esta tipología aparecieron en lo que fue una SCHOLA de gladiadores en la citada ciudad, enterradas bajo las cenizas arrojadas por el Vesubio y sin sus respectivas vainas. No obstante, han aparecido ejemplares similares que nos permiten conocer su morfología. En este caso, la cantonera que desde hacía siglos había servido para reforzar la vaina desapareció, quedando solo la contera por su cara anterior y la decoración situada bajo el brocal además de las dos abrazaderas habituales. Un detalle propio de esta tipología es el florón en forma de palmera que vemos encima de la contera, mientras que en lo referente a las láminas se seguía recurriendo a los motivos y métodos que ya se usaban en los tipo Mainz. En cualquier caso, creo que queda más que demostrado que la tropa no se privaba de invertir en una panoplia lo más lujosa posible, costumbre esta habitual en los guerreros de todas las culturas y épocas que, en el caso de los romanos, puede resultarnos un poco más impropio por su condición de soldados profesionales, lo que nos induce a asimilar sus pertrechos con la uniformidad que vemos hoy día en los ejércitos del mundo. Sin embargo, como vemos, no era así, y mientras que el casco, la armadura o el escudo sí obedecían a unos patrones similares, en lo referente a las espadas y los puñales cada cual hacía de su capa un sayo y se gastaba en ellos lo que se pudiera permitir.

Respecto a la forma de portar la espada, hubo una evolución desde la adopción del gladio hasta su abandono en favor de la SPATHA. Aunque, como ya hemos dicho, nos movemos en el terreno de las hipótesis más o menos fundamentadas, por lo general todos los estudiosos en la materia coinciden, en base a las representaciones artísticas que se conservan, en que hasta los últimos tiempos de la República se llevaba colgando de un cinturón de la forma que vemos en la foto izquierda, usándose las anillas para anudar a ellas dos correas que actuaban como una especie de ojal de suspensión. El PVGIO se colocaba en otro cinturón, quedando ambos cruzados uno sobre el otro. Posteriormente, ya en el Principado, se recurrió a un tahalí que se servía de las anillas para darle a la vaina el ángulo de inclinación más cómodo para el usuario, si bien por lo general la posición de la espada era muy alta, con el pomo casi bajo la axila. En la foto de la derecha podemos ver su aspecto.

La unión del tahalí a las anillas podría efectuarse mediante simples lazadas o con la ayuda de botones de bronce pasados por ojales. Por otro lado, se supone que el tahalí quedaba sujeto bajo el cinturón que sustentaba el PVGIO ya que, de lo contrario, al correr o al agacharse la espada se movería o colgaría hacia adelante de forma bastante molesta, por lo que se da por sentado que se optó por esa solución para inmovilizarla. Si observamos la foto de la izquierda, en la que aparece un gladio pendiendo de su tahalí sin sujeción de ningún tipo, bastaría inclinarse un poco para que el arma colgase delante del pecho e incluso tocase el suelo con la contera. Incluso los probos ciudadanos recreacionistas que se devanan los sesos con estas cosas, han sufrido en sus propias carnes el efecto de un gladio sin inmovilizar cuando corren, momento en el que tienen la irritante tendencia de desplazarse hacia el centro del cuerpo, colgando la vaina entre las piernas con el consiguiente riesgo de machacarse los TESTICVLI, cosa muy irritante porque duele una jartá. Otrosí, y a modo de aportación personal, colijo al desenvainar la espada podría arrastrar la vaina con la hoja, dificultando o incluso imposibilitando la extracción salvo que se sujetase dicha vaina con la mano izquierda que, como sabemos, sujetaba el escudo. Por otro lado, como muchos sabrán a estas alturas, salvo los centuriones todo el personal llevaba la espada en el costado derecho. Al parecer, la teoría más aceptada acerca de esta peculiar disposición indica que estaba orientada a facilitar el desenvaine en caso de que, debido al empuje enemigo, el brazo izquierdo que sujetaba el escudo impidiese acceder a la empuñadura por tenerlo muy pegado al cuerpo. Sea cierto o no, la cosa es que cuando se adoptó la SPATHA todo el mundo tuvo que colocársela en el costado izquierdo ya que su mayor longitud no permitía efectuar un desenfunde como en el caso del gladio, colocando la mano con la palma hacia fuera, el pulgar hacia abajo y tirando de la empuñadura de forma paralela al cuerpo. 

En fin, no creo que olvide nada especialmente importante. Como hemos visto, algo aparentemente tan irrelevante como una vaina de espada tiene más enjundia de lo que parece, y en este caso aún más tanto en cuanto servían para que cada legionario pudiera reflejar en ellas su estilo personal o su poder adquisitivo. El mismo Plinio nos da testimonio de ello cuando hablaba de como los soldados se preocupaban de decorar sus armas con plata grabada y marfil, y de como tintineaban sus guarniciones de metales nobles para dar envidia al personal. El ejemplo más preclaro de lo hallado hasta ahora lo tenemos a la derecha. Se trata de la vaina de un gladio tipo Mainz conocido como Espada de Tiberio, un ejemplar primorosamente trabajado en el que aparece Augusto deificado como Júpiter y flanqueado por Marte y la Victoria mientras que el victorioso Tiberio ofrece a su antecesor una estatuilla de la Victoria a raíz de su triunfo en alguna campaña en Germania. No se sabe a quién perteneció, pero por su elaborado diseño se supone que debió tratarse de un oficial de alto rango que sirvió con el césar y quizás quiso hacerle un poco la pelota decorando la vaina de su espada con una alegoría del triunfo de su amado jefe. Por cierto que las partes que vemos en color blancuzco se deben al estañado de esas partes de metal que cubren la vaina.

En fin, ya está. Es hora de merendar y eso no lo perdono.

Hale, he dicho