domingo, 22 de octubre de 2017

Lanzadores de granadas durante la 1ª Guerra Mundial


Soldado perteneciente a un regimiento escocés haciendo sus pinitos con un fusil equipado con lanzador de granadas


Abnegada operaria de una fábrica de municiones británica repasando
un lote de granadas Mills
Una de las principales protagonistas de la guerra de trincheras fueron las granadas de mano. Millones y millones de estas pequeñas pero mortíferas armas fueron arrojadas por todos los bandos en liza para hacerse la puñeta a base de bien. Servían para todo: matar o herir a los atacantes que se aproximaban a una posición, limpiar trincheras cuando los atacantes lograban aproximarse a las mismas, fabricar trampas explosivas o destruir posiciones fortificadas introduciéndolas por las troneras. Eran baratas, cada soldado podía transportar varias de ellas sin problema- los british podían llevar hasta dos docenas sin problema-, y en las trincheras había millares disponibles para echarles mano si las cosas se ponían chungas. Su capacidad letal no era desdeñable ya que una granada defensiva podía tener un radio de acción de varias decenas de metros, hiriendo a todo aquel que no se arrojase al suelo lo suficientemente rápido como para que el cono de metralla le pasase por encima.

Sin embargo, las granadas tenían una limitación, que no era otra que el alcance ya que este dependía de la fuerza y la destreza del que la arrojaba y que, en el mejor de los casos, no solía superar los 35 metros. De ahí que, ya desde mucho tiempo antes del estallido de la Gran Guerra, se idease una eficaz forma de lanzar granadas a muchísima más distancia y sin acabar con el brazo molido. Hablamos de los morteros de mano, que es como se conocían en aquella época. Como su nombre indica, eran morteros en miniatura acoplados, por decirlo de algún modo, a una culata de mosquete. En la foto superior podemos ver un fotograma de la aclamada cinta "El último mohicano" en la que vemos a un soldado junto al irritable y encoñado mayor Duncan Heyward sujetando una de estas armas durante el asedio que los gabachos (Dios maldiga al enano corso) mantienen contra el fuerte Edward. En el detalle podemos ver algunos de estos rechonchos morteros que, a partir del siglo XVI, ya estaban dando guerra. De arriba abajo tenemos uno de mecha, uno con llave de rueda y uno con llave de chispa. 

Su funcionamiento era similar al de sus mastodónticos hermanos mayores. Se introducía la carga adecuada en la recámara, se atacaba, se cebaba y, a continuación, se cargaba la granada, que en aquella época contenían como carga explosiva pólvora negra. Al disparar, la deflagración prendía la mecha de dicha granada, que estaría calculada con la longitud necesaria para estallar una vez tocase el suelo o, por el contrario, para que explotase en el aire de forma que alcanzase a todo aquel que pretendiera protegerse tirándose al suelo o metiéndose en una trinchera. La foto de la derecha nos muestra a un probo ciudadano recreacionista asombrando a propios y extraños con su mortero de mano que, como vemos, no lo apoya en el hombro porque el retroceso de estas armas era bastante brusco por no decir brutal, y no por la carga de proyección, sino por la elevada masa del proyectil, en este caso una granada de hierro colado que pesaría más de un kilo.  La trayectoria parabólica que trazaban las granadas disparadas con este tipo de armas permitía alcanzar el interior de las trincheras de aproximación durante los asedios, que era el contexto ideal para sacar el máximo rendimiento a los morteros de mano. Obviamente, estas trincheras estaban totalmente fuera del alcance de un granadero, por lo que ya vemos que la necesidad fue la que obligó a idear un tipo de arma capaz de poner una granada mucho más allá de donde llegaba un hombre.

Baden-Powell sentado, en el centro de la imagen, junto con la oficialidad
de la guarnición de Mafeking durante el asedio
Bien, a lo largo del tiempo, la morfología de estos chismes permaneció inalterable, cambiando solo el sistema de disparo hasta que la llegada de las armas de retrocarga obligó a reinventarlas, y esta vez no como un mortero de mano, sino como un lanzador de granadas porque la aparición de los explosivos permitió reducir de forma notable el tamaño de las granadas, y no solo sin ver mermada su potencia, sino aumentándola de forma dramática ya que bastaban unos pocos gramos de cualquier explosivo para hacer mucho más daño que una cantidad muy superior de la pólvora negra de antaño. Lo que conocemos actualmente como una granada de mano hizo su aparición durante la 2ª Guerra Anglo-Bóer y, como suele pasar muchas veces, en forma de arma de circunstancias. Fue concretamente en el asedio al que los bóeres sometieron a Mafeking, una población situada al NO de Sudáfrica, desde octubre de 1899 a mayo de 1900. La ínfima guarnición británica al mando del coronel Robert Baden-Powell (sí, el fundador de los Boy-Scouts), de apenas 1.500 hombres, llevaron a cabo multitud de ardides ideados por su comandante para hacer creer a los bóeres que eran el ciento y la madre y, además, que estaban magníficamente armados. Una de dichas tretas consistió en lanzar contra los sitiadores latas llenas de dinamita que, al estallar, convertían el envase en mortífera metralla. 

Tedesco manejando una ballesta lanzagranadas
Así pues, y siendo la bomba de mano una de las armas más indicadas cuando hay trincheras de por medio, es más que evidente que el estallido de la Gran Guerra fue el sitio ideal para hacer un uso masivo de ellas. En entradas anteriores ya hemos visto algunos de los ingenios a los que recurrían ambos bandos para poder alcanzar las trincheras enemigas, situadas a decenas de metros en muchas ocasiones, dando lugar a verdaderos duelos en forma de bombardeos mutuos a base de granadas que, a lo tonto a lo tonto, provocaban no pocas bajas. Pero estos artefactos, sacados prácticamente todos del medioevo y que iban desde tirachinas gigantes a catapultas como las que se empleaban en los asedios en la Edad Media, por su tamaño, peso y manejabilidad solo podían ser empleados desde la seguridad de las trincheras, así que hubo que idear un método para lanzar granadas en cualquier sitio y sin tener que ir cargando con trastos pseudo-medievales. Qué mejor que resucitar los añejos morteros de mano, ¿no?

Pero, ojo, antes de proseguir conviene hacer una aclaración por si alguien aún no ha caído en la cuenta. No estamos hablando de las granadas de fusil, sino de dispositivos que, adaptados a los fusiles, permitían lanzar una granada de mano convencional o bien un modelo diseñado para dicho dispositivo. O sea, que sin ese complemento no era posible arrojar nada. En cuanto a las granadas de fusil convencionales, de esas ya hablaremos otro día porque eran unos artefactos que, aunque similares en su concepción y empleo táctico, tenían una serie de diferencias notables tanto en su forma como en su funcionamiento, principalmente en el hecho de que no precisaban de ningún tipo de accesorio para ser disparadas. Y dicho esto, prosigamos.

SMLE Nº 1 Mk. III completo y con el despiece. En él podemos apreciar el
cargador separable si bien la tropa no llevaba la munición en cargadores,
sino en peines de 5 cartuchos, requiriendo dos para llenarlo. También
podía extraerse y llenarlo manualmente cartucho a cartucho como cualquier
cargador moderno
Los british (Dios maldiga a Nelson) introdujeron en 1917 un accesorio lanzador para el Enfield Nº 1 Mk III reglamentario. Pero, antes de nada, quiero aclarar un detalle que ha llevado a muchos a un error muy habitual debido a una mala traducción y en el que han caído hasta los de la controvertida Wikipedia esa. La denominación que ha llegado a nosotros de estos fusiles era con las siglas SMLE, o sea, Short Magazine Lee Enfield que, como he dicho, traducen como Lee Enfield de Cargador Corto. Bueno, de corto nada. De hecho, su capacidad era de 10 cartuchos nada menos.  Y el error radica en que dichas siglas son válidas dando por hecho la ausencia de una palabra y una coma que dejó de emplearse. Su nombre era en realidad The Short, Magazine Lee Enfield Rifle, que si lo traducimos correctamente sería rifle corto con cargador Lee-Enfield. En definitiva, lo que en español conocemos como un mosquetón. Así que ya saben, cuando se hable de un SMLE, sea del modelo que sea, lo de short hace referencia al largo del arma, y magazine al tipo de cargador que emplea.

Bueno, aclarado esto, prosigamos con los lanzadores que usaba. El primero consistía en una rudimentaria bocacha denominada oficialmente como Nº1 Mk. I Grenade Cup. Consistía en un simple armazón de chapa que se acoplaba en el engarce de la bayoneta y que para bloquearlo requería armar la misma ya que, de lo contrario, saldría disparado junto a la granada. Su funcionamiento no podía ser más simple. Una vez montada la bocacha se introducía una granada Mills Nº23 Mk I, una variante del modelo anterior, la Nº 5 Mk. I, a la que, entre otras modificaciones, se le había añadido una espiga de 14 centímetros roscada en la base y que debía entrar en el cañón para quedar correctamente alineada ya que la bocacha lo único que hacía era sujetar la palanca.  


En la foto de la izquierda vemos el instante en se introduce la espiga de la granada por la boca del cañón, tras lo cual se retirará la anilla, quedando así lista para ser lanzada. Esta granada tenía un peso de 770 gramos incluyendo una carga por lo general de amonal, un potente explosivo compuesto de ácido pícrico, trinitrotolueno, nitrato de amonio, carbón y polvo de aluminio empleado como potenciador. También se usaba amatol, alumatol o abelita. El detonador consistía en un tubo de cobre conteniendo 25 gramos de fulminato de mercurio que, como ya se ha explicado en alguna que otra ocasión, era el compuesto habitual en los multiplicadores y detonadores de la época.

Una vez preparada la granada en la bocacha se disparaba con un cartucho de proyección que, en función del ángulo que se diera al fusil, oscilaba entre los 70 y los 180 metros aproximadamente. Cuando la granada abandonaba la bocacha la palanca salía despedida, activándose un retardo de 5 segundos. En la foto de la derecha podemos ver la bocacha vacía y con su granada dispuesta para ser lanzada, apreciándose el vástago introducido en el cañón. Este sistema deterioraba el estriado con bastante rapidez, por lo que era habitual que los fusiles con las ánimas dañadas fuesen reservados exclusivamente para el lanzamiento de granadas ya que este problema no mermaba la precisión del lanzamiento, que dependía más que nada del buen ojo del que manejaba el arma. Con todo, su producción se mantuvo hasta marzo de 1918, alcanzando un total de 30 millones de unidades. Esto nos puede dar una idea de la ingente cantidad de granadas de todo tipo que se usaron durante el conflicto, pudiendo hablar decenas y decenas y más decenas de millones.

No obstante, y a la vista de que el sistema de la granada con vástago era tan nocivo para los cañones, se diseñó un nuevo tipo de bocacha que permitía prescindir de dicha granada denominado como Cup Grenade Launcher. Se trataba de un dispositivo de pinza que permitía anclarlo mediante dos uñas en los laterales del punto de mira, tal como vemos en la foto de la derecha. Obviamente, este sistema no requería el uso de la bayoneta para fijarlo. La granada que usaba era otra variante de la Mills, en este caso la Nº 36, un modelo que entró en servicio en mayo de 1918. Hay que aclarar que esta granada no era un modelo específicamente diseñado para esta bocacha, sino que era una bomba de mano convencional a la que simplemente se atornillaba un disco metálico en la base para que sirviese como granada de fusil. Este modelo en concreto estuvo en activo hasta nada menos que los años 70. Por lo demás, su funcionamiento era similar: un cartucho de proyección impulsaba la granada que, al salir de la bocacha, se desprendía de la palanca, activando un retardo de 7 segundos. El detonador era similar al modelo anterior, un tubo de cobre con 25 gramos de fulminato de mercurio y, a modo de dato curioso, estas cabronas se fragmentaban en unas 500 partes cuando detonaban, así que ya podemos hacernos una idea del estado en que quedaría cualquiera que fuese alcanzado de lleno por la explosión.

Pero lo verdaderamente importante de esta bocacha era que tenía capacidad para regular el alcance manteniendo el fusil en la misma posición y con el mismo ángulo, en este caso de 45º para tener una referencia fija. Observemos la foto de la derecha y podremos ver como en la base tiene una abertura deslizable que se ajustaba mediante un tornillo. Pues en función del grado de apertura el alcance variaba debido a la pérdida de gases producidos por el disparo del cartucho de proyección. Con la ventana totalmente cerrada se obtenía el máximo alcance, 200 yardas (183 mts.) según los manuales de la época. Con una apertura de una cuarta parte, 170 yardas (155 mts.), con media apertura, 140 yardas (128 mts.), con tres cuartos de apertura 110 yardas (100 mts.), y con la ventana totalmente abierta 80 yardas (73 metros).

Esta bocacha se transportaba en su correspondiente bolsa de lona colgada de una de las trinchas del correaje para hacer uso de ella cuando fuese necesario. Solo había que ajustarla al punto de mira y presionar hasta que las uñas de la pinza la bloqueasen. Pero a pesar de lo práctico y eficiente de ambos métodos, estos sistemas de lanzamiento tenían en común un defecto, y era el violento retroceso al que se veían sometidos los fusiles ya que, para obtener un alcance adecuado, había que recurrir a elevadas cargas de cordita o balistita. La cordita era un propelente muy habitual en la munición británica. Fue inventada por sir Frederick Abel y estaba compuesta por 55 partes de nitroglicerina, 37 de algodón pólvora y 5 de vaselina, todo ello mezclado con acetona para endurecerla. La balistita fue inventada por Nobel en 1888, y estaba compuesta de algodón pólvora mezclado con alcanfor o vaselina. Y si a dicha carga de propelente añadimos el peso de la granada tenemos un retroceso tan fuerte que no era raro que la madera saltase hecha pedazos o, cuanto menos, sufriera fisuras más o menos grandes.



Por ese motivo y para evitar sustos se recurría a una solución un tanto rudimentaria, pero que al menos era eficaz. Como vemos en la foto superior, se envolvía con alambre de cobre o acero tanto el guardamanos a la altura de la recámara como en el último tercio de la caña. Dicha envoltura, extremadamente densa, estaba soldada en ambos extremos para impedir que se soltase. En el detalle podemos ver un paquete de 13 cartuchos de proyección con una carga de 43 grains de cordita, y junto al mismo un cartucho que, como se puede ver, tenía la boca crimpada. O sea, no era como los típicos cartuchos de fogueo de la época provistos de una bala de madera. Por lo demás, añadir que como accesorio disponían de un soporte a modo de trípode como el que vemos en la foto y destinado al lanzamiento desde posiciones estáticas, tanto de granadas de fusil convencionales como las que acabamos de ver. Su utilidad era evidente ya que, una vez calculado el ángulo de inclinación correcto, un par de hombres podían pasarse horas y horas lanzando granadas sobre un sector de trinchera enemiga hasta lograr que el enemigo se rindiera a cambio de 25 kilos de aspirinas para aliviarse el dolor de cabeza producido por tanta explosión. 

Por último, a la izquierda vemos las distintas posiciones de disparo. En la foto A se muestra la posición de rodilla en tierra para el lanzador Nº 1 Mk. I. Apoyando el codo en la rodilla se tenía una referencia muy aproximada del ángulo adecuado que, recordémoslo, debía ser de 45º. En la foto B aparece el granadero disparando de pie. De esta forma se podía incluso efectuar un disparo directo contra un determinado objetivo situado a corta distancia si bien al disparar con el arma apoyada en el hombro el retroceso era muy molesto. En la foto C aparece el tirador con la bocacha para la Mills Nº 36, también rodilla en tierra pero con el fusil apoyado en el suelo al revés, o sea, con el guardamonte mirando hacia arriba. Al parecer, se recomendaba esta posición para que la mano no tuviese que sujetar la garganta del fusil por si le daba por romperse, lo que también era menos probable en esa posición ya que la culata resbalaría en el suelo y no absorbería todo el retroceso que como vemos en la foto A. La mano izquierda lo sujetaría por la zona alambrada que vimos anteriormente. Finalmente, en la foto D tenemos una posición de tiro semi-recostado. En ambos casos se recomendaba mantener la cabeza lo más alejada posible del arma, por lo que podemos suponer que más de uno se fue a su casa con varios cachos de culata incrustados en la jeta.

Bueno, por hoy ya vale. En la próxima entrada hablaremos de los lanzadores de tedescos y gabachos, que también tenían unos modelos muy chulos.

Hale, he dicho

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Gabacho fastidiando al vecindario en el sector de Champagne en septiembre de 1916. La foto muestra el momento en
que introduce una granada en la bocacha de su Lebel, cuyo cerrojo permanece abierto a la espera de ser cargado con
el cartucho de proyección. De estos detestables herederos del enano corso ya hablaremos en la siguiente entrada

jueves, 19 de octubre de 2017

Curiosidades: el primer casco ruso




Lo que vemos en la foto superior es la imagen típica que todos tenemos in mente cuando se habla del ejército ruso durante la Gran Guerra, que no es otra que los sufridos y abnegados súbditos del padrecito Nikolái Aleksándrovich Románov, zar autócrata de toda Rusia y venerado como un semi-dios por sus vasallos hasta que a estos se les cruzaron los cables y lo mandaron a hacer gárgaras. Dicha imagen es la de hombres vestidos con la típica gymnastyorka, botas altas y tocados con la gorra de plato modelo 1907/10 fabricada con lana o bien cualquiera de los innumerables tipos de papakha de piel cuando la temperatura bajaba a niveles francamente desagradables. Por ello, muchos suelen pensar que el ejército ruso combatió hasta el armisticio firmado con los tedescos en 1917 a raíz de la revolución bolchevique sin otra protección craneal que las prendas mencionadas, pero la cosa es que no fue así. De hecho, intentaron por todos los medios de dotar su descomunal ejército de un casco de la misma forma que lo estaban haciendo los ejércitos occidentales a partir de 1915, cuando se dieron cuenta de que el número de bajas por heridas en la cabeza eran más inasumibles que los gastos en dietas de los políticos. Así pues, dedicaremos esta entrada a los notables esfuerzos de los probos ciudadanos rusos para proveerse de un casco como Dios manda, que no fue cosa fácil ciertamente.

Este sujeto, un verdadero gigante de 2 metros de altura,
era el que cortaba el bacalao en el ejército hasta que en 1915
lo mandaron a paseo por inepto. Se trata del gran duque
Nikolái Nikoláyevich Románov, primo del zar y
comandante supremo del ejército imperial
Como muchos ya sabrán, la capacidad industrial de la Rusia de principios del siglo XX estaba a años luz de la que disponían los alemanes, british (Dios maldiga a Nelson) o gabachos (Dios maldiga al enano corso). Y ello conllevaba además a una evidente incapacidad para poder desarrollar una rápida respuesta a determinados requerimientos militares ya que la guerra no suele dar lugar a plazos ni demoras. Ya en los albores del conflicto, los mandamases del ejército imperial tuvieron muy claro que las heridas en la cabeza eran las responsables de un elevadísimo número de bajas producidas por esquirlas de metralla o bolas de metralleros que, con la cabeza protegida por algo más que una simple gorra de plato o un gorro de piel, podían evitarse. Por ese motivo y ante la imperiosa necesidad de equipar al ejército de un casco optaron por adquirirlo a un país aliado en vez de complicarse la vida intentando poner en producción uno propio. 

El teniente general conde Alexei
Alexeyevich Ignatiev, que manejaba más
pasta que un consejero autonómico
corrupto hasta la médula
Así pues, el gobierno ruso encargó a su delegado militar en Francia, el conde Alexei Alexeyevich Ignatiev la adquisición de un lote de 15.000 unidades del modelo 1915 para ser probados en acción. El conde Ignatiev no tenía necesidad de andarse con regateos ni nada por el estilo porque disponía en los bancos franceses de la fastuosa suma de 225 millones de francos oro para la compra de material moderno, así que los 75.000 francos a los que ascendía el monto de la unidades encargadas eran calderilla. En octubre de 1915, el estado mayor del ejército imperial cursó a Ignatiev la orden de compra, la cual fue llevada a cabo con toda la premura necesaria a fin de disponer del material lo antes posible, por lo que el gobierno francés tuvo que enviarles cascos ya terminados para su propio ejército, o sea, con el distintivo frontal del ejército gabacho y pintados en color azul horizonte reglamentario. Tras arribar al puerto de Arcángel, al norte de Rusia, se procedió a la distribución de los mismos si bien debido a la pésima red ferroviaria rusa, así como por los inconvenientes que presentaba la inminente llegada del invierno y el mal estado de las carreteras, no fue hasta julio del año siguiente cuando, por fin, los cascos pudieron ser distribuidos entre las tropas, en este caso las del 5º Ejército. 

Imagen de una posición rusa en el frente oriental en la que vemos un amplio
surtido de cubrecabezas. Solo unos pocos tuvieron la suerte de pescar un
casco de acero que protegiera sus seseras de futuros bolcheviques
A pesar de las reticencias del zar ante el empleo de cascos basándose en el contundente argumento de que dicha prenda restaba marcialidad a sus soldados (tócate el níspero, Nicolás), finalmente la presión del estado mayor y de sus más allegados lograron convencerle de que se efectuara un nuevo encargo al gobierno francés, en esta ocasión de dos millones de unidades que, aunque parezcan muchas, no lo eran para el enorme ejército zarista. De hecho, de la infinidad de fotos que se conservan de las tropas rusas durante la contienda no es fácil ver unidades provistas de cascos y, por otro lado, entre las mismas tropas se consideraba propio de cobardes protegerse con los mismos, y no dudaban en tachar de pusilánimes y poco valerosos a los que preferían cubrirse sus cráneos con chismes de acero. Es más, parece ser que incluso entre la oficialidad hubo muchos que alentaban a sus hombres a prescindir de los cascos pensando que eso les infundiría más brío. Obviamente, eso era una estupidez como una casa, y la chulería le costó la vida a muchos idiotas que quisieron dárselas de valientes como si el valor estuviera reñido con la protección y la prudencia.

En todo caso, el conde Ignatiev recibió la orden para gestionar la adquisición de los dos millones de unidades que, lógicamente, serían enviadas por lotes ya que no había semejante cantidad disponible para ser enviada a Rusia. Y mientras se fabricaban y se procedía a su envío, el mismo Ignatiev diseñó un distintivo frontal para sustituir los franceses.

Se trataba del emblema de la Casa Imperial rusa, un águila bicéfala con el escudo de los Románov que sería estampado en chapa de acero con unas medidas de 72x66, y deberían ser pintadas con un color caqui similar al de los uniformes del ejército ruso, por lo que en las fotos de la época hay ocasiones en que podemos ver la diferente tonalidad del casco, que iba pintado de azul horizonte, con la del escudo frontal en caqui. En la foto superior podemos ver dicha diferencia en los cascos que llevan algunos de los soldados que aparecen en la imagen. Estos emblemas serían enviados en lotes aparte y montados en los cascos una vez llegasen a destino. En la imagen de la izquierda podemos ver un casco pintado en azul horizonte con el emblema ruso para apreciar mejor la diferencia, y junto al mismo el reverso de dicho escudo donde se pueden apreciar las cuatro lengüetas que se usaban para fijarlo pasándolas a través de dos orificios.

Tras un primer envío de un lote de 250.000 unidades, a mediados de julio de 1916 el ejército francés cambió el color del uniforme de sus tropas coloniales por un tono caqui, lo que les obligaba a pintar los cascos destinados a esas unidades en un color mostaza, circunstancia que fue aprovechada para enviar a los rusos el resto del pedido en ese color que, lógicamente, casaba más con el de sus uniformes que el azul horizonte que habían recibido hasta aquel momento. En la foto de la derecha podemos ver uno de esos ejemplares con el emblema ruso ya colocado en el frontal.


Pero aparte de la compra llevada a cabo por Ignatiev, el ejército francés equipó a varios contingentes rusos enviados tanto al frente occidental como a Macedonia como apoyo a sus propias tropas, en este caso de forma gratuita ya que, de ese modo, no solo obtenían ayuda para contener el impetuoso avance alemán sino que, además, obligaba a estos a distraer tropas del frente occidental hacia otras zonas en guerra para aliviar la presión que sufrían en Flandes. En la foto de la derecha podemos ver un ejemplo. Se trata de tropas rusas entrando en Bitola, una población al NO de Macedonia, el 19 de noviembre de 1916.

Grupo de soldados rusos destinados al frente occidental, todos ellos
equipados con el casco francés modelo 1915
Y mientras se iban suministrando los dos millones de unidades pendientes, aún se recibió el encargo de otro millón y medio más si bien hubo grandes problemas en los envíos por causas diversas, como las dificultades para alcanzar los puertos del norte de Rusia debido al hielo o a los submarinos tedescos que se movían como raposas por el Báltico para echar a pique a todo aquello que tuviera aspecto de mercante. De hecho, hundieron tres buques que contenían 160.000 unidades en total. Sin embargo, que nadie piense que el primer casco ruso fue el Adrian francés, cosa que podría afirmar más de uno a la vista de todo lo narrado hasta ahora. La realidad es que el Adrian fue el germen de un modelo fabricado en Rusia bajo unas especificaciones distintas.

Oficiales rusos con el modelo 1915. El de la izquierda
conserva el emblema del ejército francés de los primeros
ejemplares, mientras que el del centro ya luce el del
ejército imperial ruso
Porque, independientemente de que el gobierno ruso siguiese efectuando pedidos de cascos ante la necesidad imperiosa impuesta por la guerra, la realidad es que nada más recibir la primera remesa ya hubo muchos gerifaltes que protestaron, considerándolo como inadecuado debido a su evidente inferioridad respecto a otros modelos, especialmente el alemán. Hicieron notar que, ante todo, era estructuralmente más débil ya que estaba fabricado con dos piezas, el casquete y el ala, más el crestón que servía de adorno más que otra cosa. Por otro lado, la chapa era demasiado fina, apenas 0,9 mm. de espesor contra los 1,15 mm. del modelo alemán, lo que daba una diferencia de peso de 760 gramos del casco francés contra los 1,2 kilos del alemán. En definitiva, que no estaban precisamente contentos con la adquisición de cientos de miles de cascos a Francia.

Por lo tanto, se encargó la fabricación de un modelo que, aunque de líneas prácticamente idénticas al Adrian, resultaría mucho más resistente ya que estaría construido de una sola pieza con acero de 1,28 mm. de grosor, lo que daría como resultado un ejemplar de 997 gramos de peso. Se desechó la colocación del emblema imperial para no perforar la superficie frontal del casco, lo que en teoría lo debilitaría, y la típica cresta del modelo francés fue sustituida por un pequeño cono con tres orificios para facilitar la ventilación interior. La guarnición se fabricó con tela en vez de cuero, con una banda ondulada de metal alrededor del cerco de la cabeza para que sirviese de amortiguador en caso de impacto, accesorio este que ya venía en el Adrian. La producción se llevaría a cabo en la fábrica Izhora, ubicada en la ciudad de Kolpino, cerca de San Petersburgo, llevándose a cabo una producción de solo 10.000 unidades.

Casco Sohlberg mod. 1917
Una vez probados se decidió trasladar la producción a dos factorías situadas en el Gran Ducado de Finlandia que, recordemos, en aquella época no era el país independiente que conocemos hoy día sino parte del imperio ruso. No se saben los motivos de la decisión de cambiar la fábrica de Kolpino, pero quizás lo más probable es que fuese debido a las diferencias entre los altos mandos del ejército ruso, todos ellos pertenecientes a la más rancia aristocracia rusa cuando no parientes de la familia imperial. Esto daba lugar a multitud de conflictos motivados por celos y malquerencias entre unos y otros, lo que no facilitaba precisamente las cosas y menos en tiempos de guerra. En cualquier caso, la cuestión es que la producción recayó en las fábricas de Sohlberg y Holmberg, donde se encargaron 100.000 y 400.000 unidades respectivamente. 

El modelo surgido de las fábricas finesas fue conocido como 1917, y mostraba algunas diferencias con el fabricado en Kolpino. En la foto de la derecha podemos ver ambos modelos. En la parte superior tenemos el finés que, según se aprecia, tenía el ala un poco más larga, alrededor de 2 cm. Además, tenía un ángulo más acusado por la parte delantera de forma que caía más sobre los ojos. Aparte de eso, la otra diferencia radicaba en la forma de la pequeña cúpula de aireación que, como salta a la vista, eran ligeramente distintas. Por último, variaba la fijación del barbuquejo, fijado mediante dos pequeños remaches a cada lado del ala en el modelo  finés y con uno solo en el casquete en el ruso.

Soldado finlandés con el casco Sohlberg 1917. Por cierto que lo lleva
puesto al revés
Sin embargo, la revolución de 1917 alteró un tanto todo lo relacionado con la guerra, la equipación, etc. del ejército ruso porque, entre otras cosas, Finlandia se escindió del antiguo imperio ya que eso de convertirse en bolcheviques no parecía atraerles mucho, lo cual era perfectamente lógico a la vista de la gozosa vida de que disfrutaron en la Unión Soviética hasta su desintegración en 1989. Lógicamente, el gobierno provisional, que andaba a la gresca sumido en una guerra civil con los rusos blancos, no se preocuparon de que la producción retornara a la fábrica de Kolpino y, por otro lado, tampoco se decidieron a adquirir a sus nuevos vecinos los ejemplares que ya habían sido fabricados en Sohlberg. Algunas fuentes aseguran que algunas unidades del modelo finés llegaron a ser entregadas al ejército imperial y fueron posteriormente requisadas por los bolcheviques aprovechando el follón inicial de la revolución y la independencia. Sin embargo, es algo que no se puede corroborar. Sea como fuere, la cuestión es que lo que sería el modelo ruso 1917 acabó convirtiéndose en el modelo 1917 finlandés destinado a su naciente ejército, vendiendo los excedentes a Polonia, Chequia y Rumanía.

Foto tomada en la Plaza Roja en 1928 durante la celebración del 11º
aniversario de la revolución. Como se puede ver, el añejo blasón de los
Románov que lucían los cascos Adrian 1915 fue sustituido por
una estrella muy roja y muy grande
En cuanto al nuevo Ejército Rojo, pues se tuvieron que aviar con los Adrian que habían logrado llegar a destino además de los escasos ejemplares fabricados en Kolpino, limitándose a cambiar el emblema imperial por una enorme estrella roja para que nadie pusiera en duda que eran más rojos que Lenin. Estos cacos fueron los que emplearon durante años hasta que, después de probar los modelos polacos, italianos y alemanes, en 1936 el teniente Alexander Abramovich Shvartz diseñara el que sería el famoso SSh-36 que estuvo en servicio durante décadas. A modo de aclaración, SSh son las siglas transcritas del cirílico para el término prestado del alemán Stalshlyem, uséase, casco de acero, aunque los rusos usaban de forma coloquial la palabra kaska, derivada de la española casco, seguramente porque este modelo fue probado en combate por las tropas rusas enviadas durante la guerra civil, importando el término a su país. Por cierto que al pobre Shvartz no le dio tiempo ni de que le dieran las gracias porque al año siguiente fue víctima de una de las purgas del paranoico psicópata del padrecito Iosif y lo fusilaron sin más historias. Pero bueno, de ese casco ya hablaremos otro día, que por hoy ya vale.

En fin, tiempo es de consagrarme a la sacrosanta merienda, amén.

Hale, he dicho

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martes, 17 de octubre de 2017

Las primeras minas anticarro


Imagen tomada el 3 de octubre de 1918 en Ronssoy la que se ven dos carros Mark V puestos fuera de combate por sendas
minas anticarro. En primer término se ven las mismas ya desenterradas. Se trata de las famosas Plum Pudding de 2
pulgadas que, paradójicamente, formaban parte de un campo de minas británico abandonado tras una retirada durante la
primavera anterior. Dichas minas destruyeron varios carros propios durante su avance para la conquista del pueblo de Épehy el 18 de septiembre anterior ya que los british no tenían constancia de la existencia de sus propias minas en el sector
debido a la práctica inexistencia de algún tipo de método u organización a la hora de sembrarlas

Las minas destinadas a matar enemigos, que no a derribar murallas, son un invento relativamente moderno. Su empleo tal como lo conocemos actualmente se remota al siglo XVII, cuando se empezaron a usar fogatas y cajones para escabechar enemigos de forma taimada y sutil para, posteriormente, en el contexto de la Guerra de Secesión, fabricar minas susceptibles de detonar al ser pisadas, y no mediante mechas como en los tipos mencionados anteriormente, sino con rudimentarias espoletas de presión. Esto permitía sembrar de minas una determinada porción de terreno a la espera de que el enemigo pasara por allí sin tener que estar vigilando para encender la mecha detonante. En todo caso, de las minas anti-persona ya se habló largo y tendido en su momento, así que el que quiera ilustrarse puede hacerlo pinchando aquí. Hoy hablaremos de una tipología más moderna ya que se idearon para destruir unos chismes que no existían antes de la Gran Guerra, los carros de combate, y como no existían pues, lógicamente, nadie se preocupó de inventar nada para acabar con ellos de la misma forma que nadie sabía lo que era sentir instintos homicidas a todas horas hasta que se inventaron los cuñados. Así pues y sin más prolegómenos, vamos al grano que para luego es tarde.


Flachmine 17 junto al emblemático letrerito
que tanto mola en estos casos avisando que
hay minas anticarro en el terreno
La primera acción de guerra en la que intervinieron carros de combate fue en el Somme, en donde tomaron parte 49 carros británicos Mark I con resultados digamos que mediocres, lo cual era perfectamente lógico teniendo en cuenta lo novedoso del invento. Pero donde sí tuvieron un éxito total fue en lo tocante al impacto psicológico entre las tropas alemanas, que se vieron totalmente sorprendidas por la aparición de aquellos extraños chismes que solo podían ser puestos fuera de combate a cañonazos. Pero los tedescos, aunque tienen sus cerebros cuadriculados como un cuaderno de gusanillo, suelen responder con prontitud ante los nuevos desafíos en todo lo tocante a la cosa bélica si bien, en su caso, cometieron un craso error no invirtiendo medios en diseñar vehículos blindados que contrarrestasen la cada vez más pujante fuerza acorazada enemiga mientras que, paradójicamente, seguían gastándose verdaderas fortunas en dirigibles para bombardear poblaciones, lo que no solo no tuvo el más mínimo efecto de cara a mermar la capacidad bélica del enemigo, sino que fue hábilmente empleado por la propaganda para convertirlos en unos seres diabólicos que asesinaban a sangra fría a candorosas abuelitas, a adorables nenes sonrosados y a sufridas amas de casa que esperaban anhelantes el regreso  a casa de sus maridos para prepararles pasteles de riñones y pudines de zanahorias.


Por terrenos en este estado no hacían falta minas, ni carros ni nada.
Simplemente era imposible transitar por el mismo. Obsérvese el carro
británico atrapado en el fango
El empleo táctico de aquellos primeros carros de combate consistía en abrir paso a la infantería a fin de romper las líneas defensivas alemanas. O sea, no actuaban de forma autónoma como ocurriría en la 2ª Guerra Mundial, sino que eran un arma de apoyo al infante que le permitiría avanzar protegido por estos vehículos, pudiendo alcanzar las alambradas sin sufrir los ingentes números de bajas producidas por el fuego de las ametralladoras y de la artillería. Una vez llegados a las alambradas, el peso de estas máquinas permitiría arrollar las que la artillería propia no hubiese destruido y, en definitiva, romper las líneas provocando una desbandada de tedescos asustados. Lógicamente, eso era la teoría, porque en la práctica siguieron muriendo cientos de miles de hombres  y romper las líneas enemigas no era el paseo militar que se suponía porque, además de las medidas anti-carro adoptadas por los alemanes, el estado del terreno impedía muchas veces el empleo de estos vehículos que veían ante sí cientos de metros convertidos en un paisaje lunar lleno de cráteres inundados de fango, por lo que era literalmente imposible transitar por ellos.


Barrera anticarro en el sector de Cambrai formada por ángulos de hierro
separados 1,7 metros, de forma que impedirían el paso incluso a un FT-17
Las medidas que adoptaron los tedescos fueron bastante simples, pero de una eficacia más que razonable teniendo en cuenta que fueron soluciones tomadas a toda prisa y con un costo ínfimo: fosos, obstáculos en forma de ángulos de hierro enterrados en el suelo y los chismes que trataremos hoy, las minas anticarro. Sin embargo, que nadie piense que estos artefactos surgieron de un detallado diseño y una posterior fabricación en masa ya que, obviamente, para cubrir las zonas del frente susceptibles de ser atacadas con carros de combate serían necesarias decenas, cuando no centenares de miles de minas. Por el contrario, desde el primer momento y prácticamente durante toda la duración del conflicto las minas que se usaron fueron producto de la iniciativa de las tropas, especialmente de las alemanas ya que los aliados, al no tener que enfrentarse a una fuerza acorazada de envergadura, hicieron poco caso a este tipo de armas.  


Inicialmente se optó por una solución con menos enjundia que el currículum académico de un político. Simplemente cogieron proyectiles de artillería, bien para cañón, bien para lanzaminas, con cargas de alto explosivo de 15 o 21 cms. de calibre, los armaron con espoletas de impacto especialmente sensibles o bien de presión y los enterraron sin más en el suelo. Al no haberse establecido aún una serie de baremos o esquemas para la colocación de estas rudimentarias minas, cada cual lo hizo lo mejor que pudo si bien, básicamente, se solía formar una hilera de proyectiles enterrados, tal como los vemos en la ilustración superior, a una distancia de entre 2 y 3 metros uno de otro, o bien formando más de una hilera alternándose una con otra al tresbolillo para hacer más denso el minado. Estas hileras de proyectiles se situaban unos 30 o 40 metros por delante de la primera línea de alambradas para impedir que fueran destruidas por los proyectiles de la artillería enemiga previos a un ataque y, por otro lado, porque los carros que las pisasen quedarían fuera de combate dejando las alambradas indemnes y a su infantería expuesta al letal fuego cruzado de las ametralladoras alemanas.


En otras ocasiones situaban una segunda zona minada debajo de las alambradas con dos finalidades. Una, rematar los carros que hubiesen sobrevivido al primer campo de minas, y dos impedir que la infantería propia pudiera sufrir algún percance pisando sin darse cuenta unos artefactos provistos casi siempre de espoletas bastante sensibles.  A medida que fueron puliendo la rudimentaria tecnología disponible se elaboraron ejemplares menos burdos, como el que vemos en la foto. Se trataba de cajas de madera- y más raramente de metal- con uno o dos proyectiles de los calibres antes citados cubiertos con una tapa de madera. Dicha tapa estaba conectada a un fulminante que a su vez actuaba sobre la espoleta, o bien se prescindía de esta y se sustituía por un multiplicador como los empleados en las bombas de mano. Como ya podemos suponer, las espoletas se activaban cuando el carro pasaba por encima de ellas, y solían calibrarse para detonar con pesos superiores a los 450 kg. para impedir que cualquier cuñado despistado que pasase por allí fuese enviado al cielo en forma de comida para gatos si la pisaba, delatando así la existencia de un campo de minas. Para asegurar su durabilidad, estas cajas se envolvían en papel alquitranado a fin de aislarlas de la humedad del terreno, que entre otoño y primavera se veía sometido a constantes lluvias.


Aunque pueda parecer lo contrario, estos proyectiles tenían potencia de sobra para reventar el tren de rodaje de un carro pesado como el Mark IV británico así como su blindaje inferior de apenas 6 mm. de espesor. Con todo, bastaría con romperle solo una cadena para inmovilizarlo, anulando así su arrollador efecto y, de paso, dejarlo totalmente inerme ante la acción de los cañones de 7,7 cm. alemanes. Por norma se usaban proyectiles de alto explosivo como los que vemos a la derecha. El A es un proyectil de 15 cm. modelo 1912 con un peso total de 41,5 kg. y una carga explosiva de  6,1 kg. dividida en 3,66 kg. de trinitroanisol y 2,44 kg. de dinitrobenceno. El B es un proyectil de 21 cm. modelo 1883 con un peso total de 119 kg. y una carga explosiva compuesta por 17,4 kg. de ácido pícrico. En definitiva, suficiente para dejar un carro enemigo en un estado de siniestro total, y más si la víctima era un FT- 17 de apenas 6,5 Tm. de peso. No obstante, y a pesar de la obvia contundencia de este tipo de munición, sus resultados no fueron ni mucho menos satisfactorios considerando que un campo minado de 4 o 5 km. requería alrededor de 7.ooo minas, y su fiabilidad no era en modo alguno definitiva por lo rudimentario de sus mecanismos de disparo. Con todo, y según pruebas llevadas a cabo por los british, para destruir un Mark V, su carro más pesado, bastaban con 6,8 kg. de trinitrotolueno o cualquier explosivo similar, así que con estos dos proyectiles tenían de sobra, para no hablar de un FT-17, al que apenas 2,2 kilos bastaban para mandarlo a hacer puñetas.


Grupo de zapadores alemanes en pleno sembrado de minas. Por lo general actuaban en pelotones de 4 o 5 hombres al
mando de un sargento. AL fondo a la derecha de ve un proyectil de 15 cm. junto al oficial que camina de espaldas


Campo de minas desactivado por los british en el que se ven las cajas
desenterradas y un aviso que indica que hay peligro de minas por si al
torpe del pelotón se le ha quedado alguna atrás
En todo caso, las combinaciones y los tipos de munición empleados llegaron a ser bastante numerosos. El cuerpo de ingenieros del ejército yankee llegó a contabilizar nada menos que 19 tipos diferentes, cargados en su mayor parte con los proyectiles antes mencionados si bien también se encontraron cajas con granadas de lanzaminas de 25 cm. que podían contener hasta 47 kg. de donarit, o enormes cajas de 120x7,5x9,5 cm, conteniendo proyectiles de 15 y 21 cm. que, aunque en apariencia pudieran tener unos efectos devastadores, solían ser detectados a tiempo ya que, generalmente, estas minas a base de cajas solían enterrarse a escasos centímetros de profundidad, por lo que bastaría un simple chaparrón para dejar al descubierto la sorpresa. 


Explosión de una mina captada por una cámara del ejército
francés. Si la comparamos con la altura de los árboles
vemos que sus efectos eran bastante contundentes
Por cierto que, en muchos casos, las minas eran activadas mediante unos detonadores eléctricos a distancia que el señor Nobel había inventado en 1900 para, al igual que con la dinamita, acabar para siempre con todas las guerras, vaticinio en el que como sabemos falló de forma rotunda. De ese modo, los ocupantes de las posiciones detonaban a voluntad las minas en el momento preciso, aumentando de ese modo su eficacia. Del mismo modo, y a medida que los campos de minas fueron proliferando, los alemanes fueron elaborando no solo artificios más sofisticados, sino también trampas para impedir la desactivación de las minas ya colocadas. Para ello colocaban un fino alambre bajo la tapa de la caja de madera que activaba de forma instantánea la espoleta o el multiplicador, haciéndola detonar y convirtiendo al zapador en steak tártaro. 


Otro tipo de mina consistía en un cajón de generosas dimensiones que, en vez de contener proyectiles de artillería, era rellenado con cajas llenas de explosivos como vemos en la foto de la derecha. Estas minas podían contener hasta 10 kg. de TNT, ácido pícrico, perdita o cualquier otra porquería capaz de pulverizar no solo a los carros que pasasen sobre ella, sino también a las piezas de artillería, camiones, etc. que se cruzasen en su camino ya que llegó un punto en que los alemanes no solo minaban las zonas de primera línea, sino las carreteras, encrucijadas y hasta las calles de las poblaciones de las que se veían obligados a retirarse, produciendo con ello que los british o los gabachos sufrieran un parón en su avance hasta poder eliminar todas las minas de la zona.  


En 1916 entró en servicio el modelo más sofisticado que fabricaron los alemanes. Se trataba de la Flachmine 17, una caja de 20x30x5 cm. que contenía 18 paquetes de 200 gramos de perdita lo que hacía un total de 3,6 kg. de explosivo. Su funcionamiento se basaba en la barra cilíndrica que vemos separada de la caja mediante cuatro resortes, los cuales cedían con el peso del carro haciendo contacto y produciendo la detonación. También podían emplearse detonadores eléctricos a distancia. Estas minas eran más difíciles de detectar ya que se enterraban a unos 25 cm. de profundidad cubriéndolas con tierra bien compactada, lo que las hacía virtualmente invisibles. Aunque de una potencia inferior a un proyectil de 15 cm., su carga explosiva podía dejar seriamente dañado un carro medio como el Whippet de 14 Tm. Al final del conflicto, los alemanes llegaron a producir 3.852.000 minas anticarro, que para la época no era precisamente una cifra desdeñable, alcanzando su máximo rendimiento a lo largo de 1918, cuando la presión de la fuerza acorazada aliada fue cada vez más agobiante, con una producción mensual de unas 128.000 unidades mensuales.

Lógicamente, los british tuvieron que idear medios para no verse comprometidos cada vez que daban con una zona minada que, como ya hemos visto, igual podía hallarse en primera línea que en la calle principal de una población belga. Para ello diseñaron dos artilugios que, al menos en apariencia, podían despejar el terreno con más prontitud y, sobre todo, evitando bajas innecesarias. Sin embargo, lo tardío de su aparición tampoco permitió conocer su verdadera eficacia.


Uno de ellos lo podemos ver en la foto de la derecha, tomada en 1918 en Dollis Hill, una zona residencial de Londres que fue empleada durante la Gran Guerra como campo de pruebas para carros de combate. La imagen nos muestra un Mark I provisto de un cabrestante con un electro-imán con el que se podía extraer del terreno los proyectiles usados como minas que vimos anteriormente. Caso de que estallase los daños en el carro serían mínimos, cuando no inexistentes ya que la deflagración de una granada de ese tipo situada a esa distancia del carro no solía tener graves efectos. Una vez extraída la granada se le podía desmontar la espoleta o, en el peor de los casos, llevarla a un lugar donde detonarla con total seguridad.


El otro invento puede que a más de uno le suene ya que se usó entre la miríada de chismes raros que se emplearon en el desembarco de Normandía para eliminar los inmensos campos de minas con que los alemanes cubrieron toda la costa. Se trata de un Mark IV provisto de dos rodillos anti-minas sustentados por dos vigas de madera de forma que detonasen con su peso las que se encontrasen en el lugar por donde pasarían las cadenas del vehículo. De ese modo se abrían pasillos seguros por los que podrían circular las tropas ya que, como dijimos anteriormente, por lo general los alemanes graduaban estos artefactos para que hicieran explosión a partir de 450 kilos. Al resto de los carros que les seguían les bastaba seguir las rodaduras del que iba en cabeza con los rodillos.


Esta curiosa foto muestra el cráter dejado por el Plum Pudding que destruyó
el carro, y bajo la cadena se puede ver otro que no llegó a detonar.
En cuanto a las minas anticarro británicas, no tuvieron ni remotamente el extenso surtido que las alemanas. Básicamente fabricaron dos tipos: uno de ellos consistía en un tubo metálico relleno de explosivos, algo similar a los torpedos Bangalore usados para destruir alambradas pero que, en este caso, se colocaban atravesando carreteras o lugares susceptibles de ser transitados por los escasos carros alemanes. Estas minas eran activadas mediante un detonador eléctrico a distancia o bien mediante un detonador de contacto que iniciaba la explosión cuando el carro enemigo pasaba por encima. A principios de 1918 comenzaron a fabricar una mina claramente inspirada en las alemanas ya que consistía en una caja de madera de 45x35x20 llena con 6,3 kilos de algodón pólvora. Estas cajas tenían una bisagra que cedía al ser presionada, activando así un detonador de contacto. Esta mina se activaba con solo 100 libras de peso (45,3 kg.), por lo que detonaría si la pisaba cualquier combatiente, dejándolo hecho una birria y totalmente inútil para el combate. No obstante, también emplearon proyectiles de mortero como se comentó en la foto de cabecera,  los dichosos Plum Pudding que, por una cruel broma del destino, aniquiló a 10 de los 35 carros Mark V de la compañía A del 301 Bon. de Carros Pesados del ejército yankee. En aquella acción, los british habían sembrado un campo de minas siete meses antes sin dejar constancia de ello, lo que costó, además de las máquinas, la vida de sus tripulantes. Cada pudin contenía 11 kilos de amonal, suficientes como se ve en la foto superior para destruir totalmente un carro pesado.


Finalmente nos resta mencionar los pinitos llevados a cabo por los gabachos que, contrariamente a sus aliados, no se preocuparon demasiado por el tema de las minas. Se limitaron a fabricar contenedores como los que vemos en la foto que eran enterrados sin más y que detonarían mediante algún tipo de espoleta de presión. No me ha sido posible encontrar datos precisos sobre la carga explosiva y los mecanismos de estas rudimentarias minas si bien por su aspecto podemos deducir que serían de una potencia similar a los proyectiles de 21 cm. usados por los alemanes. Cabe suponer que, en esta ocasión, los herederos del maldito enano corso fueron más inteligentes y se dejaron de historias a la vista del exiguo parque acorazado alemán que, a pesar de hacer uso de los carros que capturaban a los aliados, nunca pudieron hacerles frente de forma eficaz ante la enorme masa de la fuerza acorazada de británicos y franceses.


No obstante, en la foto de la derecha tenemos un testimonio bastante gráfico acerca de los efectos de las minas francesas, en este caso reflejado en un carro británico capturado por los alemanes y destruido en el sector de Champagne al cruzar un campo de minas francés. Como salta a la vista, la explosión debió ser bestial para dejar en semejante estado un vehículo de más de 24 Tm., al cual partió literalmente en dos.


Zapadores franceses descargando minas para proceder a
su colocación. Se pueden observar de dos tamaños diferentes
En fin, así fue como nacieron y se desarrollaron las primeras minas anticarro. Los alemanes tuvieron la primicia en su empleo si bien los resultados no acompañaron a las expectativas ya la artillería destruyó muchísimos más carros enemigos. Sin embargo, fueron especialmente útiles a la hora de ir dejando tras de ellos un reguero de muerte, como ya anticipamos más arriba, a medida que se iban retirando en las postrimerías del conflicto. Entre el verano de 1918 y el final de la guerra en noviembre de aquel año, los zapadores británicos tuvieron que desenterrar y desactivar la infinidad de artefactos con los que pretendieron retardar el avance enemigo. Cerca de millón y medio de kilos de explosivos tuvieron que neutralizar en forma de minas, trampas y demás porquerías, aparte de las que eliminaron los canadienses y los yankees

Bueno, ya'tá.

Hale, he dicho