martes, 12 de diciembre de 2017

Leibstandarte, la élite de la élite


El Leibstandarte desfilando ante el ciudadano Adolf, que los saluda desde su fastuoso Mercedes. Ante el mismo,
con gorra de plato, vemos al Reichsführer, y con casco de acero al comandante de la unidad, Sepp Dietrich.
Obsérvese la estatura de los SS comparada con las de Himmler y Dietrich

Primeros miembros del LSSAH a la hora del rancho en sus barracones
de Lichterfelde, en Berlín
Al hilo de las entradas que se han publicado sobre el origen de las SS y las SA, no estaría de más dedicar una al Leibstandarte SS Adolf Hitler que más tarde, durante la 2ª Guerra Mundial, sería una de las divisiones acorazadas más prestigiosas del ejército alemán. Sin embargo, en sus orígenes ni siquiera se planteaban que acabase siendo una unidad militar que combatiese como una más en los distintos escenarios bélicos donde fue siendo destinada a lo largo del conflicto, sino que su cometido era, al menos en teoría, más apacible: ser la guardia personal del ciudadano Adolf. En abril de 1929, Himmler convenció a Hitler para establecer una serie de baremos de cara a ingresar en las SS. Aunque inicialmente no se consideró el tema racial, sí se exigió desde el primer momento una lealtad monolítica al líder, así como un elevado espíritu de sacrificio y de disciplina. Además, en el caso de los candidatos a formar parte de esta nueva y selecta formación que serían las SS que todos conocemos, el uniforme se lo debía pagar el aspirante, lo que restringía el acceso al cuerpo a elementos indeseables por no tener una posición económica que les permitiese gastar los 40 marcos que costaba el mismo, señal de que tenían un oficio, trabajan y, por ende, se daba por sentado que no ingresaban en las SS por necesidad, como ocurría con muchos SA.

Primer Stabswache creado en 1923 bajo el mando de Julius Schreck, que
vemos en el centro del grupo con bigote
Por otro lado, como ya vimos en las entradas anteriormente citadas (el que no las haya leído puede pinchar los enlaces de las mismas al final de este artículo para ponerse al corriente), Hitler no se fiaba un pelo de sus aguerridos pero indisciplinados SA, lo que hizo que, con el paso del tiempo, fuese confiando cada vez  más su seguridad personal a los miembros de un pequeño pero selecto grupo de fieles, la Stabswache, que luego dieron lugar a las SS en 1925. El ascenso al poder de Hitler en enero de 1933 obligó a reconsiderar los aspectos concernientes a la seguridad del recién estrenado canciller, que aún no führer, ya que a partir de aquel momento no se trataba de proteger al líder de las escuadras de matones comunistas durante las tremebundas reyertas con que solían acabar las disertaciones del ciudadano Adolf, sino de preservar la persona del mismísimo presidente del gobierno. 

Röhm con la enclenque figura de Himmler tras él como si fuera un funesto
presagio de lo que iba a suceder. En aquel momento, el Reichsführer aún
dependía de la autoridad del comandante de las SA
Como ya sabemos, a aquellas alturas la fidelidad de las SA estaba más que en entredicho, y los "camisas pardas" se habían convertido en una formación nutrida por maleantes y delincuentes de todo tipo cuya lealtad estaba consagrada ante todo a su jefe, el iracundo y controvertido ex-capitán Ernst Röhm, el cual ya había empezado a mostrar sin tapujos una serie de divergencias notables respecto a la doctrina marcada por Hitler e incluso a hablar de una "segunda revolución", lo que produjo severas urticarias entre los elementos del partido pertenecientes a la burguesía y, por supuesto, a los gerifaltes del Reichswehr. La cosa se estaba poniendo tan tensa que a los líderes de las SA se les empezó a motejar como "Fleichschnitten", "bistec de buey", porque eran marrones por fuera, en referencia al color de la camisa, pero rojos por dentro, en clara alusión a su ideología. De hecho, muchos SA procedían de los partidos comunista y socialista, cambiados de chaqueta por mero interés personal. Pero, aparte de eso, lo cierto era que a principios de los años 30, alrededor de un 60% de los miembros de las SA procedían de las listas del paro, y la gran mayoría de ellos eran, como ya comentamos en su momento, ex-combatientes inadaptados que habían acabado convirtiéndose en una caterva de energúmenos indisciplinados que buscaban con su adhesión al NSDAP un techo, indumentaria y tres comidas al día, así que ya podemos imaginar que la catadura moral y la fiabilidad política de estos personajes no eran precisamente las más idóneas para convertirse en una selecta unidad de guardias.

Probos y cachas ciudadanos definitivamente arios pertenecientes a las SS.
Estos sujetos eran el arquetipo racial deseado por Himmler al que, intuyo,
si ponían en pelota picada no se asemejaba en nada a estos cuatro sigfridos
La cuestión es que para semejante misión ya no valía un rubicundo tedesco ahíto de cerveza, salchichas y sauerkraut, sino sujetos con una preparación física de primera, disciplinados, entrenados militarmente y, por supuesto, con una apariencia conforme a los más elevados estándares raciales, es decir, más arios, más rubios, más guapos y más cachas que el resto del planeta. Debían ser pues miembros de las SS seleccionados entre los selectos, y que superasen incluso los baremos establecidos para ingresar en dicha formación. Por ejemplo, mientras que lo normal era exigir una ascendencia aria demostrable mediante certificados de nacimiento, etc., que se remontase hasta 1800, en el caso de esta nueva unidad eran precisos 50 años más. O sea, había que presentar una genealogía inmaculada a partir de 1750. 

Y estas eran las probas ciudadanas arias
con las que podían aparearse llegado el caso.
Lo importante era mantener la pureza de la
sangre germánica
Del mismo modo, mientras que la estatura mínima para ingresar en las SS era de 1,70, para ser un guardia personal del ciudadano Adolf tenían que haber tomado más Cola-Cao de críos porque eran precisos 8 centímetros más si bien el tema de la estatura variaba de vez en cuando, habiendo ocasiones en que se requería un mínimo de 1,83. Y a todo ello, reunir una morfología y una constitución física conforme a los dictados de los eugenistas del partido. Es decir, no valía ser un sujeto de constitución atlética a secas, sino tener los miembros con una determinada proporción respecto al cuerpo, un cráneo dolicocéfalo absolutamente ario, a ser posible tener ojos, pelo y piel claros y, en resumen, todos los rasgos exigidos por el partido para establecer el canon de la raza que dominaría el mundo. Por cierto que, en caso de querer contraer matrimonio, la novia debía reunir los mismos requisitos raciales, teniendo que elevar una solicitud a la superioridad adjuntando una foto de la "aspiranta" además de su genealogía, etc. Solo cuando le era concedida la autorización podían contraer matrimonio. No obstante, cuando empezó la guerra se recomendó que cada SS soltero debía engendrar al menos un hijo antes de partir al frente para que, caso de palmarla, dejara su simiente en la Tierra y no perder así sus valiosos genes. Para ello, disponían de gentiles y arias señoritas de la BDM que se prestaban a ello por amor a la patria y al führer, dando lugar al final de la contienda a cantidades ingentes de huérfanos de guerra que tuvieron una crianza francamente lastimosa por razones obvias.

Sepp Dietrich pasando revista en el acuartelamiento de Lichterfelde
A todo ello había que sumar un exhaustivo examen médico que determinase que los aspirantes no eran transmisores de ninguna tara de tipo hereditario y, como no, se llevaba a cabo una discreta pero minuciosa investigación política con toda la familia del candidato por si había algún enemigo del estado de por medio o incluso se indagaba si algún pariente cercano era homosexual o tenía alguna deficiencia mental o física. La selección era tan rigurosa que, si lograban pasar las pruebas físicas de ingreso, apenas entre un 10 y un 15% conseguían ser aceptados como aspirantes, porcentaje este que a lo largo del entrenamiento hasta ser miembro de pleno derecho de las SS se reducía aún más. Curiosamente, como ya sabemos, pocos de sus líderes tenían estos rasgos y capacidades, empezando por los mismos Hitler o Himmler, mientras que Heydrich, el arquetipo de hombre ario, al parecer era cuarterón por parte de padre. Lo que es la genética, ¿no?

Trompeta del Leibstandarte que anunciaba al personal la
llegada del ciudadano Adolf, por si alguien se había dormido
durante la espera
En cuanto a sus antecedentes personales, en modo alguno se permitían hombres como los habituales en las SA que, como hemos dicho, no eran precisamente ejemplares. Antes al contrario, los SS no podían tener causas pendientes ni haber sido acusados por delitos menores. Tampoco se admitían bebedores, drogadictos, alcohólicos, homosexuales, sujetos de dudoso compromiso con el partido, con problemas de salud, o con unos antecedentes raciales cuestionables. Como muestra del rigor de estas normas tenemos que entre 1933 y 1935 fueron expulsados nada menos que 60.000 miembros de las SS por estos motivos, así que a su teórica superioridad racial podían sumar una conducta intachable socialmente hablando, y en el caso del Leibstandarte incluso se rechazaba a los aspirantes por una simple caries .

Miembros del LSSAH durante un mitin de Hitler.
Obsérvese que solo el del centro lleva parches
en el cuello de la guerrera, lo que indica que los
demás son aún candidatos en período de prueba
El proceso por el que debía pasar un probo ciudadano hasta ingresar en la organización no era moco de pavo. Tras el rigurosísimo proceso de selección que hemos visto era nombrado SS-Bewerber, que traducido en una lengua inteligible es candidato, recibiendo el uniforme pero sin insignias, que antes había que currárselas. A continuación, y tras recibir un entrenamiento básico, alcanzaba el rango de SS-Anwärter o cadete, el cual le era otorgado durante la celebración anual del partido en Nuremberg que tenía lugar en septiembre. Tras ese acto le entregaban las insignias y su Ausweis, la acreditación como miembro de la organización. El siguiente 9 de noviembre, cuando se celebraba el Putsch de Munich, prestaban juramento y seguían su instrucción alternándola con sus ocupaciones cotidianas, como el trabajo o el estudio, por lo que dicha instrucción la recibían por las tardes o durante los fines de semana. Finalmente, al cabo de un año, el siguiente 9 de noviembre llevaban a cabo un juramento definitivo, recibirían la daga y los cadetes se convertían en SS-Mann, o sea, miembros de pleno derecho de las SS, donde podrían permanecer hasta los 35 años. Posteriormente, y a raíz del estallido de la guerra, estas condiciones variaron y, en muchos aspectos, se rebajaron de forma ostensible las exigencias para el ingreso en la organización, pero inicialmente estas que se han detallado eran las que estaban vigentes, y muestran las ideas que Himmler tenía en el magín para dar forma a su Orden Negra de nuevos caballeros dominadores del mundo y tal.

Primeros miembros del SS-Stabswache Berlin
El encargo para formar la guardia personal de Hitler recayó en el SS-Gruppenführer Josef Dietrich, Sepp para los amigos, un bávaro de aspecto achaparrado y rostro de rasgos enérgicos veterano de la Gran Guerra y miembro del partido desde 1928. Durante la guerra sirvió como suboficial de artillería, acabando la contienda como carrista a bordo del Alter Fritz, un A7V destruido en Iwuy un mes justo antes del Armisticio y por lo que siempre lució en su uniforme de SS la insignia de carristas del Ejército Imperial. Dietrich era el más indicado para reclutar los aspirantes a formar la guardia personal de Hitler. Mientras que Himmler era el típico burócrata, Dietrich era un hombre de acción que, antes de la llegada de Hitler al poder, había sido chófer y guardaespaldas personal suyo. Su lealtad estaba fuera de toda duda, y tenía además la virtud de, a pesar de su férreo sentido de la disciplina, establecer con la gente bajo su mando una relación paternal hasta el extremo, como se vio años más tarde, de ser venerado por sus tropas. Y, como era de esperar, nuestro hombre no tardó mucho en cumplir con lo que le habían ordenado.

Miembros del SS-Sonderkommando Zossen. Obsérvese que aún no llevan
insignias en el uniforme, y solo la calavera de la gorra les identifica
El 17 de marzo de 1933, apenas dos meses después del nombramiento de Hitler como canciller, ya había formado una unidad de 120 SS absolutamente leales al führer bajo el nombre de SS-Stabswache Berlin, acuartelados en las proximidades de la cancillería. De ahí surgieron otras dos unidades más, los SS-Sonderkommando Zossen y Juterbog que, tras ser fusionadas, recibieron el nombre de Adolf Hitler Standarte. En este caso, el término Standarte, bandera, es aplicable de la misma forma que en el caso de las unidades de la Legión española. Al poco tiempo y por indicación expresa del führer, se le cambió el nombre por el que tendría ya para siempre: Leibstandarte SS Adolf Hitler o, en forma abreviada, LSSAH. El motivo de elegir el término Leibstandarte era en referencia a los antiguos regimientos de guardias de corps bávaros. Leib significa cuerpo, y Standarte, como hemos dicho, una unidad de tipo regimental. Por lo tanto, podríamos traducirlo como "Regimiento Personal de Adolf Hitler".

Luitpoldhalle, en Nuremberg, donde se celebraba el Día del Partido
La presentación en sociedad de esta selecta unidad tuvo lugar aquel mismo año en  el Luitpoldhalle de Nuremberg, durante el día del partido celebrado el 3 de septiembre. Aquel año, por indicación de Hess, se bautizó como Congreso de la Victoria, en referencia a la victoria electoral que puso al ciudadano Adolf en el poder, y bajo la magistral y a la par taimada y sibilina batuta de Goebbels se ofreció a los más de 200.000 tedescos que lo presenciaron un espectáculo absolutamente grandioso y wagneriano, con desfiles de miles de antorchas, cuadros gimnásticos formados por nada menos que 60.000 miembros de las Hitlerjugend que con sus movimientos creaban con precisión matemática formas geométricas con cruces gamadas a mansalva mientras gritaban las consignas de turno: ¡Sangre y honor!, ¡Alemania, despierta! y ¡Juventud y Trabajo! El éxtasis llegó cuando los cachorros nazis desenvainaron todos a una sus cuchillos reglamentarios. 

Una de las muchas virguerías que organizaban los nenes de la Hitlerjugend
Sesenta mil cuchillos desenvainados al mismo tiempo, aunque sean cuchillos un tanto birriosos, no dejaba de ser algo sobrecogedor, imitando con el fulgor de sus hojas un relámpago al verse en ellas reflejado el sol. Y en la tribuna desde donde el ciudadano Adolf atronaría al personal con su hipnótico discurso, bajo una enorme águila que sujetaba con sus garras la cruz gamada, esperaban 60 miembros del Leibstandarte con el sable desenvainado a modo de guardia pretoriana del amado líder. Cuando Hitler llegó a la tribuna siendo ya de noche, las luces fueron bajando en intensidad hasta dejar el entorno totalmente a oscuras. Tras unos instantes, un potente reflector iluminó al führer cuando se situó en el podio ante a sus 60 guardias enteramente vestidos de negro y con los cascos pulidos como espejos. Las cosas como son, y a cada uno lo suyo: la coreografía que montaban estos fulanos era de antología, y justo es reconocer que cualquiera que estuviera presente se sentiría totalmente sobrecogido.

Aspecto de la Feldherrnhalle en la celebración del Putsch de 1933
El 9 de noviembre siguiente, en los actos de celebración de Putsch, se llevó a cabo en el Feldherrnhalle de Munich el juramento de los en aquel momento 830 hombres que ya formaban parte del Leibstandarte. Como está mandado, también fue un acto grandioso, efectuado a media noche y con la plaza iluminada con antorchas. Cuando el reloj de la Theatinerkirche dio la última campanada apareció Hitler junto a Himmler, el general von Blomberg y Josef Dietrich para tomar el juramento a los guardias. Los presentes, como no, fliparon en colores ante el fastuoso y a la vez sobrecogedor espectáculo montado con precisión germánica por Goebbels. 

Dietrich en 1930, luciendo las medallas obtenidas
durante la Gran Guerra
Sin embargo, ya desde aquel momento empezaron a surgir roces entre Himmler y Dietrich. El Reichsführer, que como buen burócrata tenía que estar controlándolo todo, daba por sentado que el Leibstandarte debía acatar sus indicaciones sin rechistar, cosa que Dietrich no estaba dispuesto a admitir aunque fuese su superior ya que, siendo como era comandante de la guardia personal de Hitler, era al führer al único al que debía dar cuenta. Aparte de eso, Dietrich tenía atravesado a Himmler, al que consideraba un vanidoso que solo estaba ávido de poder mientras que él se veía como una especie de caballero medieval absolutamente fiel a su señor. Al parecer tenían unas broncas de aúpa, y en una ocasión incluso le llegó a espetar que "en mi posición como comandante de la guardia no permitiré más sus interferencias en temas de seguridad ni en la moral de mis hombres. Ellos me pertenecen, y nosotros pertenecemos al führer, así que métase en su oficina y déjenos continuar con nuestro trabajo". Es más que evidente que la posición de Dietrich ante Hitler era muy sólida para permitirse hablar así a Himmler sin que la cosa pasara a mayores.

Imagen de propaganda que muestra un alojamiento de tropa. Como se ve,
bastante espartano pero limpio y confortable, dentro de los conceptos del
espíritu de servicio y de austeridad de las SS
Tras los juramentos y demás ceremonias gloriosas, el Leibstandarte se dedicó por entero a su única misión: proteger a Hitler durante las 24 horas del día. Para ello, tenían como principal cometido la custodia de la Cancillería y de la residencia personal de Hitler en la Wilhelmstraße. En ambos edificios se establecieron tres círculos de seguridad por los que había que pasar hasta llegar a presencia del canciller. Ya dentro, a la hora de servir a los invitados o en las comilonas de gala, el servicio lo llevaban a cabo miembros del Lebistandarte uniformados de gala con pantalón  negro y chaquetilla corta blanca como la nieve. Se formó un Führerbegleitkommando (Comando de Escolta del Führer) nutrido por 10 oficiales y 30 hombres destinados a proteger a Hitler cuando se desplazaba en sus cochazos descubiertos, rodeando el Mercedes del canciller en todo momento, así como a actuar como mensajeros y asistentes en sus actos públicos. Para fomentar y aumentar aún más la fidelidad a su persona, Hitler se tomaba especial interés en su bienestar y en el buen estado de sus alojamientos, dando por sentado que hacerles sentir como una especie de miembros de su familia los haría más leales. 

Echada de bofes matutina antes del desayuno
Y mientras llevaban a cabo sus deberes cotidianos, naturalmente no dejaban de lado ni la preparación física, militar y, por supuesto, ideológica. Acuartelados en los barracones de la academia de Lichterfelde, la jornada empezaba a las 06:00, y tras el aseo y la revista matinal había una hora de ejercicio físico antes del desayuno. En esto hay bastantes leyendas urbanas que afirman que era más que espartano, a base de agua y gachas, pero según testimonio de antiguos miembros de la unidad era eso, un camelo. Los desayunos eran contundentes porque, como es lógico, con unas gachas birriosas no habrían llegado a medio día tras las intensas sesiones de ejercicio e instrucción que les metían en el cuerpo. 

Y tras la galopada, lavado cerebral intansivo
Las SS querían hombres fuertes, fibrosos y atléticos, no esqueletos medio desmadejados. Se daba especial importancia a alcanzar una excelente forma física, obligándoles a correr 3 km. en 20 minutos y a se les animaba practicar todo tipo de disciplinas deportivas, desde la natación a la esgrima, todas ellas impartidas por instructores cualificados al máximo nivel. La instrucción militar se impartía con fuego real, teniendo incluso que permanecer cuerpo a tierra a distancias de 50 metros de las explosiones de la artillería propia para perder el miedo a avanzar protegido por la misma. A ello, añadir las charlas sobre temas ideológicos y raciales y, como no podía ser menos en un acuartelamiento tedesco, la limpieza debía ser algo parecido a la asepsia absoluta tanto en los alojamientos como en la indumentaria. Al final de la jornada de trabajo y si aún quedaban fuerzas se permitía salir de paseo con una pequeña cantidad de dinero para darse un garbeo y tomar una cerveza, más un profiláctico por si tenía energías y ganas para aliviarse con hembra. Y mucho ojo, porque contraer una enfermedad venérea implicaba que a uno lo pusieran de patitas en la calle. En fin, que cuando llegaba la noche caían rodados y sin puntilla.

Guardias del LSSAH ante la imponente puerta de mármol del
despacho personal de Hitler, en la Cancillería del Reich
En cuanto a los efectivos, aunque durante la guerra alcanzó niveles de división, originariamente eran mucho más modestos como es lógico. En 1933 el Leibstandarte estaba formado por dos Sturmbanne, unidades con efectivos a nivel de batallón, cada uno formado a su vez por tres Stürme o compañías más una sección de señales. En marzo de 1935 ya había alcanzado los efectivos de un regimiento motorizado formado por 2.660 hombres, y en los preliminares de la invasión a Polonia ya eran de 3.700 incluyendo tres baterías de artillería. En lo referente a uniformidad, llevaban el anagrama LAH en las hombreras y una cinta de 28 mm. de ancho en la bocamanga izquierda con el nombre de Adolf Hitler en alfabeto gótico. Además, eran la única unidad de las SS que podía usar correajes blancos con el uniforme negro a la hora de desfilar y movidas similares. La famosa insignia en forma de llave fue bastante posterior ya que no se introdujo hasta 1941. Hay versiones al respecto, como está mandado. Mientras unos dicen que simboliza la llave que abre todas las puertas, incluyendo la que conduce a la victoria, otros, entre los que me sumo, afirman que se debía simplemente a una alusión al apellido de su comandante. Dietrich en alemán significa ganzúa. Es más lógico esto, ¿no?

Hitler pasando revista a su guardia de corps seguido por Dietrich. En estos
hombres se hacía realidad al cien por cien el lema de las SS "Mi honor
se llama lealtad"
El bautismo de sangre del Leibstandarte tuvo lugar a raíz de la Noche de los Cuchillos Largos, en la que las SS llevaron todo el peso de la operación para descabezar a las cada vez más peligrosas SA. Dietrich recibió de Hitler la orden de desplazarse a Kaufering, cerca de Munich, con dos compañías a las que previamente se había distribuido armamento (recordemos que en aquella época aún no eran una organización totalmente armada y dependía en muchos aspectos del ejército), y permanecer allí a la espera. Luego se les ordenó dirigirse a la prisión de Stadelheim, dentro de la ciudad, para fusilar a los miembros de las SA que fueran llegando a la misma. Hitler sabía que Dietrich no le fallaría aún teniendo presente que muchos de los que tendría que ejecutar eran antiguos miembros del partido con los que tenía incluso relación de amistad. Sin embargo, eso era lo de menos. Si el führer daba una orden, la orden se cumplía sí o sí, y no dudó ni un instante cuando pusieron ante el pelotón de fusilamiento al primero de un grupo de seis altos cargos de las SA. Alrededor de 150 hombres fueron fusilados por las dos compañías del Leibstandarte, que cumplieron sin rechistar las órdenes recibidas, como no se esperaba menos de ellos. Como premio a su fidelidad, Dietrich fue ascendido a SS-Obergruppenführer

Cinta de brazo, hombreras y distintivo divisionario del
Leibstandarte
Una vez mostrada su implacable fiabilidad, el Leibstandarte vio ampliada su lista de cometidos, que iban más allá de ser una mera guardia personal. Los miembros de esta selecta unidad fueron los que formaron los primeros Einsatzkommandos encargados de ejecutar sin juicio previo a todo aquel que fuera considerado como un enemigo del estado. Estas unidades eran simples y llanamente asesinos protegidos por el estado que podían presentarse donde quisieran y, sin más historias, volarle la tapa de los sesos, eso sí, de forma discreta porque no convenía que la opinión pública tuviese conocimiento de estas actividades "extra-judiciales", procurando dar la apariencia de que sus víctimas se habían suicidado o habían muerto de un accidente. 

El SS-Hauptsturmführer Theodor Wisch encabezando la compañía de
honores del LSSAH durante los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936.
Para esa ocasión se estrenaron los correajes blancos propios de esta unidad
En fin, para hablar a fondo del Leibstandarte harían falta tropocientas entradas, pero de su actuación posterior tras el inicio de la guerra hay información a porrillo en la red. De lo que no hay tanto es de sus orígenes y sus primeros pasos, que creo que han quedado narrados, aunque de forma sucinta, en esta entrada. Esta unidad ganó una merecida fama por su valor y su combatividad, si bien se vio oscurecida por numerosos actos de violencia gratuita, cuando no verdaderos crímenes de guerra. No obstante, pagaron un alto precio por ello ya que sus niveles de bajas en combate fueron bastante elevados. Además, fue una de las divisiones más condecoradas del ejército alemán y Dietrich, que ostentó el mando hasta su ascenso a Comandante del 1er. Cuerpo Acorazado de las SS en 1943, fue uno de los apenas 27 hombres que ganaron la Cruz de Caballero con Hojas de Roble, Espadas y Diamantes. Le sucedió en el mando de la unidad el SS-Brigadenführer Theodor Wisch, que ganó las Hojas de Roble y las Espadas, y tras ser herido en la Bolsa de Falaise en 1944, cedió el mando al SS-Brigadenführer Wilhelm Mohnke. Este ganó la Cruz de Caballero a secas, sin Hojas, ni Espadas ni gaitas. 

Bueno, creo que no olvido nada importante, y si lo he olvidado pues tampoco creo que sea para agarrarse un berrinche.

Hale, he dicho

Entradas relacionadas:





sábado, 9 de diciembre de 2017

Mitos y leyendas: la ejecución de Molay y la maldición templaria


Jacques de Molay siendo armado caballero del Temple en la comandancia de Beaune en 1265. En aquella época
ni imaginaría que acabaría reducido a pavesas por obra y gracia de un rey avaro y un papa sometido


Desde hace unos años a esta parte, la extinta orden del Temple ha experimentado un auge tremendo. En cualquier librería por birriosa que sea hay tropocientos libros, generalmente menos rigurosos que un discurso político en plena campaña electoral, en los que se habla, no de la orden histórica en sí, sino de toda una serie de chorradas tan de moda surgidas a raíz de la publicación de algunas novelas de misterio. Que si el Grial, el "código" templario, el "secreto mortal" de los templarios, que si un tesoro ignoto, que si tenían una vertiente esotérica, que si habían recibido de los agarenos profundos conocimientos que aún nadie ha sabido descifrar y, por supuesto, tropocientas teorías conspiratorias y añejas maldiciones que aún hoy día, cuando la orden lleva ya siete siglos oficialmente abolida por la Iglesia, siguen teniendo vigencia gracias a las asociaciones de neo-templarios que han surgido como hongos en los últimos 25 años.

Sin embargo, todas estas milongas no son más que el producto de la imaginación del personal, cuyos magines empiezan a echar humo en cuanto salen a relucir este tipo de temas. Es de todos sabido que cualquier cosa relacionada con las órdenes militares y mezcladas con unas cucharadas de esoterismo, unos adarmes de tesoros y unos cuantos ciudadanos de elevado rango muertos de forma inopinada, es más que suficiente para dar pie a un estrambótico cóctel  que, una vez creado, admite todos los añadidos habidos y por haber y, por supuesto, es el caldo de cultivo para que los "expertos" y los "investigadores" de turno empiecen a divagar y a anunciar descubrimientos de lo más extravagantes que, naturalmente, carecen de toda base histórica e incluso racional. Por cierto, ¿se han dado cuenta de que la inmensa mayoría de los que se dedican a pasar el rato con estas chorradas se auto-titulan con el pomposo título de "investigadores" aunque ni siquiera sean capaces de investigar por qué se les ha atascado el fregadero?

Los templarios ya han llegado a América. Pronto quizás nos informen que
también fueron los primeros en llegar a la Luna
En cualquier caso, lo cierto es que de esta miríada de códigos secretos, leyendas, etc. con que actualmente contaminan los cerebros de la ciudadanía en esos documentales tan  ridículos del Canal Historia o del Canal Discovery dan al parecer cierto morbillo al personal porque, al cabo, todo lo que esté relacionado con temas misteriosos resulta atrayentes de un modo u otro. En estos documentales siempre aparece un supuesto "experto" en no se sabe qué con pinta de pseudo-Indiana Jones que entrevista a una serie de "investigadores" que afirman categóricamente haber desvelado tal o cual misterio misterioso en base a unas pruebas irrefutables que serían refutadas por un parvulario, y encima hasta les pagan y todo. De todo ello colijo que he equivocado mi camino en la vida, y debería haberme dedicado a "investigador" o a "experto" lo que, probablemente, me habría deparado pingües beneficios.

El beso obsceno consistía en besar a
otro en la rabadilla, o sea, donde acaba
la espina dorsal
Es posible, por no decir casi seguro, que estas absurdas leyendas sobre la orden templaria tengan su origen en el largo y tortuoso proceso al que fueron sometidos gran cantidad de sus miembros, desde el gran maestre al último sergeant al que pudieron echar el guante. Estos procesos, basados en una serie de acusaciones y pruebas falsas minuciosamente elaboradas por Guillaume de Nogaret, el guardasellos de Felipe IV de Francia, con la ignominiosa complicidad de la Iglesia en la persona de Clemente V, se alargaron durante siete largos años, y concluyeron con la ejecución del gran maestre y el preceptor de Normandía el 18 de marzo de 1314. Nogaret echó mano de cualquier cosa que supusiera un pecado nefando y merecedor de la muerte, desde la adoración de ídolos a la sodomía, pasando por blasfemar, escupir en el crucifijo, simonía, practicar el beso obsceno y mil chorradas más para que el papa Clemente diera el visto bueno al expolio de la orden, que en realidad era lo único que deseaba el pérfido monarca. 



Retrato de Felipe IV (1268-1314) inspirado
en su efigie sepulcral
Felipe IV, cuya codicia no tenía límites y siempre andaba necesitado de dinero a causa de sus constantes guerras, había obligado en 1292 a los comerciantes y banqueros lombardos a comprar la nacionalidad francesa. En 1306 ya había sacado a los judíos hasta la última onza de oro, expulsándolos del reino y confiscando sus bienes y, por último, exprimía a la población con impuestos de todo tipo como la maltôte, una especie de IVA medieval con el que la corona gravaba las ventas de las mercaderías de la misma forma que hoy día nos saca la sangre Hacienda. Verbi gratia, el tejedor pagaba al ganadero por un saco de lana 3 dineros de plata de maltôte; esta lana, una vez manufacturada y convertida en paño, era vendida al sastre con su correspondiente maltôte y, finalmente, el sastre también cobraba el impuesto por la prenda ya terminada. Lógicamente, el rey subía el porcentaje cada vez que estaba tieso y, como esa era la situación más frecuente, el pueblo estaba un poco hasta las gónadas del constante saqueo llevado a cabo por los implacables funcionarios estatales para llenar las siempre vacías arcas regias. Además, había llevado a cabo tal cantidad de devaluaciones monetarias que acabaron dándole el apodo de "el acuñador avariento". 


Libra tornesa de Luis VI (siglo XII)
A modo de ejemplo, en tiempos de su abuelo Luis IX (San Luis para los amigos), la libra tornesa tenía un 96% de plata y un 4% de cobre, siendo devaluada durante el reinado de nuestro hombre un 66% nada menos. Esto, en una época en que el peso y la ley de la moneda eran lo que marcaban su valor, significaba que la libra contenía un 32,6% de plata y que el de cobre era de 67,4%, o sea, una birria monetaria. Con estos antecedentes, a nadie debe extrañar que este personaje pusiera a la orden, famosa por sus riquezas acumuladas por todo el mundo conocido, en su punto de mira porque, entre otras cosas, necesitaba devolver a la moneda su antiguo valor para lograr que la economía se activase, por lo que precisaba plata de forma perentoria, plata que esperaba encontrar en el tesoro de la orden en París que, según se calcula, podría oscilar entre 100 y 160 toneladas de este metal. Además, los bienes que acumulaban en Francia en forma de tierras, casas, huertas, molinos, etc., irían a parar a sus insaciables manos, lo le producía espasmos de placer, así que puso en marcha toda su maquinaria para perder a la orden y quedarse con todo.

Clemente V (1264-1314)
La complicidad necesaria para dar al expolio una apariencia legal la puso Bertrand de Goth, elegido papa en junio de 1305 con el nombre de Clemente V gracias a la influencia del rey Felipe. Este sujeto, primer papa de Avignon, fue en todo momento hechura del monarca ya que, aunque el rey francés no tenía autoridad para incoar proceso a la orden tanto en cuanto esta dependía directamente del pontífice, al final Felipe se salió con la suya, logrando que el papa aceptase por la vía de los hechos consumados la redada llevada a cabo el 13 de octubre de 1307 contra los templarios. Así, mediante la publicación de la bula PASTORALIS PRÆMINENS el 22 de noviembre siguiente, se permitía con efectos retroactivos el arresto llevado a cabo contra los miembros de la orden en todo el reino. Pero el gabacho no se conformó con eso, y siguió presionando a Clemente hasta lograr que convocase, mediante la publicación en 1308 de la bula REGNUM IN CŒLIS,  el Concilio de Vienne (1311-1312) para dirimir, entre otras cosas, qué hacer con los templarios, con sus bienes y con la orden en sí. Pero las cosas no salieron como el rey quería. 


Bula VOX IN EXCELSO
El 22 de marzo de 1312, un Clemente presionado por todas partes publicó la bula VOX IN EXCELSO en la que, de entrada, detenía todo el proceso y, lo que era peor, cuestionaba la forma en que se había llevado a cabo alegando que "...la mayor parte de los cardenales y casi todo el consejo [...] llegaron al acuerdo casi unánime de que a la orden se le debería dar una oportunidad para defenderse a sí misma, y  que no podía ser condenada sobre la base de la prueba proporcionada hasta ahora", es decir, que ponía en tela de juicio todo el montaje organizado por el taimado Nogaret. Y, por si eso fuera poco, le quitaba el caramelo de la boca añadiendo que "...estrictamente prohibimos a alguien, de cualquier estado o condición, interferir de cualquier modo en materia de las personas y propiedades de los templarios", es decir, que ya podía olvidarse el rácano de Felipe de echar mano al tesoro y los bienes de la orden- en realidad ya se había apropiado una parte antes de la publicación de la bula-, así como de seguir ejecutando a sus miembros. A todo ello, y para acabar con el escándalo y salvaguardar la fe cristiana,  la bula concluía con la abolición de la orden "...con la aprobación del consejo sagrado [...], así como su regla, hábito y nombre por decreto inviolable y perpetuo, y prohibimos completamente que alguien de aquí en adelante entre en la orden, o reciba o lleve puesto su hábito, o se comporte como un templario". La disolución implicaba que, aunque inicialmente se reconocía el derecho de los templarios a defenderse, dicho derecho quedaba de facto eliminado con la abolición, lo que no era óbice para dejar claro que todo el proceso llevado a cabo por la corona era cuestionado. No obstante, dicha disolución lo liberaba de la monstruosa deuda contraída con la orden, la cual le había prestado dinero infinidad de veces así que, muerto el acreedor, se acababa la deuda.


Bula AD PROVIDEM CHRISTI
Pero eso de que no podía disponer de los demás propiedades lo debió cabrear bastante porque al tesoro que guardaban en París ya le había metido mano, y la apropiación del resto de los bienes repartidos por el reino quedaban en suspenso. De hecho, la misma mañana del famoso 13 de octubre, Nogaret se personó en la Torre del Temple junto al preboste de París y una nutrida guardia para apoderarse del copioso tesoro que la orden guardaba celosamente para disponer de fondos de cara a una nueva cruzada. Pero Clemente aún le jugó al taimado Felipe una postrera jugarreta emitiendo una nueva bula el 2 de mayo siguiente, la AD PROVIDEM CHRISTI, mediante la cual los bienes de la orden en Francia serían entregados a los hospitalarios. 


Guillaume de Nogaret (1260-1313)
Sin embargo, esto era un mal menor contra alguien tan sibilino como Felipe que, con el siempre eficaz asesoramiento de Nogaret y Enguerrand de Marigny, uno de sus más venenosos ministros, alegaron que inventariar y tasar un patrimonio tan descomunal llevaría su tiempo, tiempo este que dedicaron a vender bajo cuerda todo lo que quisieron, de forma que a los hospitalarios solo llegó una ínfima parte en forma de tierras baldías, casas medio en ruinas y, por supuesto, ni una moneda raspada. Además, alegando en un alarde de cinismo descomunal que la orden le debía dinero, se apropió de 200.000 libras más otras 60.000 en concepto de gastos administrativos derivados tanto del inventariado como de la administración de las propiedades de la orden que, durante aquellos años, había sido llevada a cabo por funcionarios reales. En resumen, tenía la jeta de hormigón el rey Felipe.

Enguerrand de Marigny (1260-1315)
Como vemos, hasta ahora los sucesos acaecidos son equiparables a los de cualquier escándalo moderno. Al cabo, cuando se trata de cochino dinero las cosas siempre han funcionado igual desde que a un listo se le ocurrió coger un cacho de metal en forma de disco y convencer al resto del vecindario que equivalía a una gallina o a un modio de trigo. Hasta el momento, la trama tiene tres protagonistas: el rey Felipe IV de Francia, el papa Clemente V y el guardasellos real, Guillaume de Nogaret. Nos faltan las víctimas. Apenas quedaban cuatro mandamases en prisión ya que al resto o los habían liquidado o habían puesto tierra de por medio (los menos). Así, al gran maestre Jacques de Molay se sumaban el preceptor de Normandía, Geoffroi de Charnay, el visitador de la orden, Hugues de Pairaud, y el preceptor de la Aquitania, Geoffroi de Gonneville. Todos sin excepción habían acabado reconociendo todas las acusaciones cuando los interrogadores de Nogaret les apretaron las clavijas a base de bien. 


El rey Felipe presenciando el suplicio de unos templarios
en París. Al fondo se ve el patíbulo de Montfaucon, donde
se ahorcaba a los criminales y se dejaban expuestos sus
cadáveres como escamiento
El papa Clemente no quería ni podía permitir que el rey Felipe se arrogase la potestad de juzgar y condenar a unos hombres que dependían de la autoridad de la Iglesia, así que organizó un tribunal compuesto por obispos para hacer un paripé que dejara claro que nadie estaba por encima de él. El 18 de marzo de 1314 se llevó a los presos ante dicho tribunal, que para la ocasión se instaló en una tribuna montada ante el atrio de la catedral de Notre Dame. Pero allí no se escuchó ningún testimonio por parte de los acusados, sino que se limitaron a leer las antiguas confesiones sacadas bajo tortura y, finalmente, condenarlos a cadena perpetua, quizás porque Clemente, que sabía que la orden era inocente, no quería tener sus muertes sobre su conciencia. Pairaud y Gonneville aceptaron el silencio la condena porque, a aquellas alturas, debía darles una higa todo aquello y solo querían morirse de una vez. Pero Molay, que se había mostrado bastante sumiso durante el proceso, se rebeló, negando las acusaciones y proclamando la inocencia de la orden. Charnay se unió a las protestas del maestre, por lo que todo el entramado que con tanta paciencia hacía tejido Nogaret podía irse al garete y, ante la retractación de dos de los acusados, tener que reiniciar de nuevo todo el proceso con lo que ello suponía. En cuanto fue informado de todo aquello, Felipe no lo dudó ni un instante.


Ortofoto en la que vemos la zona que correspondía a la isla de los Judíos.
En el detalle podemos ver la plaza del Vert Galant que ocupa el lugar
Los obispos, abrumados ante las declaraciones de Molay y Charnay, decidieron suspender el proceso hasta el día siguiente, pero el alevoso monarca no estaba por la labor de perder ni un minuto más. Pasándose por el forro las decisiones de un tribunal sobre el que carecía de la más mínima autoridad, ordenó al preboste de París que aquella misma tarde, antes de vísperas (antes de la puesta de sol), los dos relapsos fuesen ejecutados en la hoguera. Acerca del lugar elegido, como suele pasar, hay diversas versiones. Una de ellas sitúa el lugar en la isla de Javiaux, otros en la isla de la Cité y la mayoría en la denominada como isla de los Judíos, que según la tradición recibía dicho nombre por haber sido en tiempos anteriores lugar de ejecución de los ciudadanos de esa atribulada raza. Deben saber vuecedes que, en aquellos tiempos, había mogollón de islas fluviales a lo largo del Sena que, en muchos casos, estaban habitadas y unidas a la ciudad mediante puentes. Dando pues por buena la que según la mayoría de las opiniones fue el escenario de la ejecución, los guardias del rey llevaron a los dos reos a la isla en cuestión que, curiosamente, pertenecía a la abadía de Saint-Germain-des-Prés por lo que, en teoría, el monarca debería haber pedido permiso al abad para hacer uso de la isla. Está de más decir que Felipe no pidió permiso a nadie. Con el paso del tiempo, los sedimentos acabaron uniendo la isla de los Judíos con otras tres más, la isla de la Cité, situada más al este, la de Gournaine, y otra más pequeña llamada Passeur des Vaches, el Barquero de las Vacas. En la actualidad, el espacio que ocupaba la isla de los Judíos se sitúa en la plaza del Vert-Galant.

Y llegado el momento supremo, no hay un solo testimonio histórico que afirme que Molay maldijo ni siquiera a su cuñado. El único testimonio en teoría verídico lo aportó un cronista por nombre Geoffroi de París que, en su Chonique Métrique de Philipple le Bel, manifiesta como presenció el suplicio, y describió los últimos momento de Molay con bastante precisión de esta forma:


El gran maestre, viendo la pira preparada, se desnudó rápidamente. Lo digo tal como lo vi. Se despojó de la camisa con alegría y de buena gana, sin un ápice de temblor a pesar de que fue arrastrado y sacudido con fuerza. Lo agarraron para atarlo al poste y le estaban atando las manos con una cuerda cuando dijo: "Señores, permitidme unir mis manos durante un rato para orar a Dios, porque verdaderamente es tiempo para ello. Estoy preparado para morir, pero de forma injusta como bien sabe Dios. Por lo tanto, la desgracia vendrá más pronto que tarde contra quienes nos condenan sin una causa. Dios vengará nuestra muerte.

El personal contempla el suplicio desde la orilla del Sena mientras el rey
hace lo propio desde el castillo del Louvre. Al fondo destaca
la poderosa silueta de la torre de Nesle, donde se forjaron egregias
cornamentas en las testas de los hijos de Felipe IV
Y en eso quedó todo. Sin más discursos ni más proclamas, Molay fue atado al poste junto a Charnay y ambos ardieron ante una multitud que, como suele ser habitual en casos así, murmuraba echando pestes del rey y del papa, dando por hecho que la orden, a la que muchos debían su subsistencia, era inocente de todas las infamias tramadas por Nogaret. Cuando la pira se consumió, dicen que algunas personas se acercaron a los restos de la misma para recoger los pocos trozos de hueso que aún quedaban entre las brasas humeantes para llevarlos a un lugar seguro. Cabe suponer que serían algunos de los muchos templarios que, habiendo podido escapar de la redada, vivían en el anonimato a la espera de acontecimientos. A la vista del panorama que se les presentaba en Francia, huyeron a reinos donde no eran perseguidos, como Portugal o Inglaterra.

Bien, como vemos, Molay no lanzó ninguna maldición terrible, ni emplazó al papa y al rey a reunirse con él en el Más Allá a rendir cuentas por su felonía, ni nada por el estilo. Se limitó a decir que Dios vengaría su muerte, pero sin más florituras y de forma generalizada. Las versiones, surgidas a posteriori, son de lo más variadas. Desde la que emplaza al papa a palmarla en cuarenta días y al rey en cien a la que el siempre ameno Maurice Druon daba en su magnífica novela "El rey de hierro", haciendo lo propio con Clemente, Felipe y Nogaret (que por cierto llevaba meses muerto en aquel momento), a los que además de darles cita antes de un año los maldice hasta la decimotercera generación de su linaje. Así pues, en este caso solo cabe dar por seguro que la maldición de marras fue la enésima leyenda urbana porque, en aquella época llena de supersticiones, eso de que todo un maestre del Temple fuese convertido en un torrezno sin más no era adecuado. ¿De dónde pudo surgir entonces la leyenda?


Placa que recuerda el lugar de la ejecución del maestre en un lateral del
Puente Nuevo, bajo la estatua ecuestre de Enrique IV. El lugar está marcado
con una flecha en la ortofoto anterior
Pues aparte del habitual proceso de ir magnificando lo relatado por Geoffroi de París, que el boca a boca se encargaría de dramatizar cada vez más, es evidente que contribuyó la repentina muerte del papa, acaecida el 20 de abril siguiente, o sea, 33 días después del suplicio, al parecer de disentería, lo que era relativamente frecuente en aquella época debido a la pésima calidad del agua. El rey Felipe no tardó en seguirle, pasando a mejor vida el 29 de noviembre a raíz de un percance durante una jornada de caza en la que un jabalí lo hirió gravemente. Hay autores que afirman que se debió a un accidente vascular cerebral, pero Dante, que fue contemporáneo a estos hechos, nos dice en su "Divina Comedia" (Parte XIX, Sexto Cielo, 118-120) : "Y se verá el dolor del que en el Sena, por moneda falsificada, diente de jabalí sufrir en pena", lo que viene a querer decir, para el que no lo haya pillado, que el que se dedicó a trapicheos monetarios en París, o sea, el rey Felipe, sufrirá pena, o sea, morirá y será condenado, por el diente del jabalí, es decir, que un jabalí lo mataría. Está de más afirmar que me creo más lo dicho por Dante, que tendría noticias de primera mano sobre el deceso del monarca, que las conjeturas de historiadores modernos sobre un suceso sobre el que no hay detalles que permitan afirmar que se trató de una apoplejía, teoría por cierto que aventura Druon.

En este caso, además, contamos de nuevo con el testimonio de Geoffroi de París según el cual, tras el percance el rey fue llevado al castillo de Fontainebleau, donde ordenó que acudieran su hermano, Carlos de Valois, y sus hijos. Cuando llegaron y le preguntaron por su estado, el rey les respondió bastante mustio:

-Enfermo de cuerpo y alma, y si Nuestra Señora la Virgen no me salva con sus oraciones, veo que la muerte se apoderará de mí. He creado tantos impuestos y he puesto mis manos sobre tantas riquezas que nunca seré absuelto, señores, y sé que estoy en un estado tal que moriré, creo, esta misma noche porque sufro mucho, herido por las maldiciones que me persiguen. No se contarán historias buenas sobre mí.


Efigie funeraria de Felipe IV en Saint Denis
Obviamente, al decir maldiciones se referiría a las que durante su farragoso reinado había recibido por parte de media Europa, y no solo las de los templarios. Como cabe suponer, un hombre que durante toda su vida había llevado a cabo innumerables traiciones y felonías y cuya codicia era insaciable no debía tener la conciencia muy tranquila en una época en que eso del infierno y el cielo se creía a pie juntillas. En definitiva, que debía estar bastante acojonado ante la perspectiva de ver a los templarios esperándolos en la puerta del infierno para darle la bienvenida. El tema monetario, que había sido manejado con gran maestría por Enguerrand de Marigny, era un compendio de abusos de todo tipo que no podían ser denominados de otra forma que expolio. Y no ya al Temple, sino a todo bicho viviente incluyendo, como comentábamos al principio, a los banqueros lombardos, a los judíos y a su mismo pueblo, al que no dudó en sangrar hasta la extenuación con impuestos que incluso no estaban permitidos por el derecho feudal. En definitiva, era un buitre redomado. Y, en efecto, murió aquel mismo día contando 59 años de edad, siendo su cuerpo conducido a la basílica de Saint-Denis, mausoleo de los reyes de Francia. Felipe murió al cabo de ocho meses y once días, o sea, 256 después del suplicio al que sometió a Molay y a Charnay.


Tumba de Clemente V en la colegiata de Uzeste, en Aquitania
Así pues, y dado que el pueblo siempre ha tenido la tendencia, y en aquellos tiempos aún más, a dar pábulo a todo tipo de fantasías y leyendas, las inopinadas muertes de los causantes de la perdición del Temple eran el ingrediente perfecto para que, a raíz de ellas, surgieran bulos asegurando que el papa y el rey habían muerto como consecuencia del emplazamiento ante el tribunal divino que el maestre, envuelto en llamas, había proclamado. Qué dramático, ¿no? Pero, como hemos visto, el maestre se conformó con arder apaciblemente y, además, no sería raro que lo viese como una liberación tras siete largos años sometido a los más crueles tormentos a manos de los interrogadores que le hicieron reconocer hasta que amaba profundamente a todos sus cuñados.


Grabado decimonónico que muestra a Molay
en la pira echando maldiciones terribles
antes de palmarla
En fin, criaturas, así fue, grosso modo, como se gestó la ejecución del vigésimo tercer y último maestre la orden del Temple y su postrera maldición. Como hemos visto, fue un suplicio más de los muchos que ordenó el taimado Felipe IV, y sus consecuencias no tuvieron la más mínima relevancia porque todo el complot urdido por Nogaret fue simplemente perfecto. Nadie los defendió abiertamente, nadie osó oponerse al rey de Francia, y nadie se avino a mover un dedo por los freires, quedando todo en el mero apoyo de boquilla en las reuniones tabernarias donde el personal pasaría el rato poniendo a caldo al rey y al papa pero, eso sí, sin perder de vista la puerta por si entraba el preboste y los pillaba in fraganti. Por cierto, cuando ejecutaron a Luis XVI, el ciudadano Capeto según los revolucionarios aunque en realidad era un Borbón, muchos aseguraron que se escuchó una voz que decía "¡Jacobo de Molay ha sido vengado!". Los amantes de las conspiraciones tampoco podrán ver en esto ningún presagio por parte del maestre, ya que Luis XVI fue el vigésimo segundo rey de Francia tras Felipe IV, cuya dinastía, los Capeto, solo duró cuatro reyes más. O sea, que lo de la maldición hasta la decimotercera generación como que tampoco nos vale aunque rime bastante bien.

Bueno, así fue la historia. Es hora de la merienda.

Hale, he dicho


jueves, 7 de diciembre de 2017

Origen del saludo nazi


Aspecto del Krolloper en 1939 (recordemos que el Reichstag fue incendiado por Göring en 1933). Rodeados por la
poderosa simbología nazi, todos los presentes saludan y veneran al amado líder (dentro del óvalo blanco)

Uno de los principales ejemplos de culto a la personalidad durante las
dictaduras del siglo XX lo representó Stalin. Sin embargo, el padrecito Iosif
era un líder frío y distante que no se mezclaba con el pueblo, al que en
realidad inspiraba verdadero terror. Hitler, por el contrario, sí supo ganarse
el afecto popular porque era un verdadero manipulador cum laude
Desde tiempos de Caín, que ya ha llovido, las autocracias se han regido por una serie de cánones que, curiosamente, han permanecido prácticamente inalterables a lo largo de los siglos. El principal es, sin duda, el culto al líder. Al líder hay que adorarlo y, al mismo tiempo, temerle como a un cuñado hambriento. Es dueño y señor de las vidas de sus vasallos, y reparte su generosidad o su ira conforme a su arbitrio que, generalmente, no suele coincidir con el del resto del personal. Y, quizás lo más importante, hay que identificarlo con las esencias patrias de forma que el pueblo acabe convencido de que si el líder palma, lo que viene a continuación es el apocalipsis. Eso se consigue fomentando un nacionalismo exacerbado hasta límites rayanos en la histeria colectiva, logrando incluso que el pueblo abducido por su líder llegue a la auto-inmolación sin importarle un rábano ser destruidos porque, al cabo, la existencia sin él ya no tiene sentido. Para fomentar ese sentimiento hay que buscar un enemigo al que combatir, y si no existe pues se le inventa y santas pascuas. Al mismo tiempo hay que rebuscar en las añejas glorias y la mitología para darle al pueblo un sentido a su existencia, que no sería otro que resurgir de sus cenizas para recuperar un pasado glorioso que, si tampoco existe, pues también se inventa y no pasa nada. De hecho, estas cosas aún ocurren hoy día en Europa aunque parezca increíble a estas alturas. Por último, y como complemento a lo anterior, hay que crear una simbología que refuerce el sentimiento de unidad alrededor del líder en forma de emblemas, banderas, gritos de guerra y lemas que conviertan la sociedad en una colmena en la que todos a una protegen y, al mismo tiempo, reverencian a su abeja reina en forma de dictador/autócrata/padre de la patria.

El amado líder dejándose amar por su amado pueblo. Estos baños de masas
llevaban al personal al paroxismo, y puede que más de uno se hubiese dejado
cortar la mano para conservarla en alcohol tras hacer sido tocada por
la del Führer enviado por Dios para salvar a la Gran Alemania
Hitler fue sin duda un maestro consumado en el desarrollo de estas prácticas, y lo más curioso es que si a cualquier persona se le pregunta por los principios económicos o los proyectos sanitarios o urbanísticos del nacionalsocialismo, la mayoría se quedarán con la jeta bloqueada porque no tendrán ni puñetera idea de los mismos salvo que alguno, por no quedar como un ignorante, mencione la eutanasia de las personas improductivas como  deficientes mentales y físicos, y los faraónicos proyectos con que el talentoso Albert Speer embobaba al ciudadano Adolf. Pero lo cierto es que lo único que ha trascendido de verdad es la esencia de la autocracia en sí: el culto al líder, el ciudadano Adolf en este caso, y la búsqueda de la supremacía germana en la figura del hombre ario que debía derrotar al enemigo mortal, los judíos, que no tenían culpa de nada pero estaban allí en el momento menos adecuado. Esa es, dilectos lectores, la realidad aunque nos pueda chinchar reconocerlo. Prácticamente no sabemos una papa del nazismo salvo lo dicho, y ni siquiera hemos leído el "Mein Kampf" porque es infumable (yo no pude pasar en su día de las 4 o 5 primeras páginas), así que imaginemos lo que debieron pasar los probos ciudadanos tedescos cuando su lectura era prácticamente una obligación tácita.

El inefable Benito en pleno discurso vociferante apoyado
por uno de sus gestos amenazadores y poniendo jeta de
furia pretoriana. Al igual que el ciudadano Adolf, adoptó
la imagen de autócrata paternalista al que el país entero
debía sumisión por salvar a la Patria del caos
Así pues y dicho esto, dedicaremos esta entrada a conocer los orígenes de algunos de los ritos y símbolos del nazismo. Ya en su día publicamos una donde se recogían algunos de los más conocidos símbolos que, en realidad, no fueron inventados por ellos, sino tomados en préstamo o simplemente siguiendo una costumbre ya existente pero que, al cabo del tiempo, la gente ha acabado identificando como hitlerianas. Ya saben, "el casco nazi" al referirse al modelo 1935 derivado del empleado en la Gran Guerra, el uso de la calavera por parte de las SS o la misma cruz gamada y cosas así. En fin, el que la quiera consultar puede hacerlo pinchando aquíPor cierto, una curiosidad bastante curiosa que muchos ignoran. ¿Cómo denominaban los tedescos a la cruz gamada? ¿Lo saben? ¿No? Bueno, pues era Hakenkreuz, que podemos traducir como "cruz con ganchos". Es más que probable que no haya muchos cuñados que conozcan este detallito, así que aprovéchenlo para humillarlos un poco. Bien, vale de preámbulos y procedamos pues...



Hitler en su "celda" de Landsberg. Como se ve, su estancia en prisión no fue
especialmente penosa. Tras el líder en ciernes, tocando la mandolina, vemos
a su fiel Emil Maurice que, además, le ayudó a elaborar el "Mein Kampf"
Como tantas otras cosas, el saludo nazi no surgió a raíz de un deseo expreso o un reglamento. De hecho, en los albores del nazismo nadie saludaba de esa forma ni existía ningún tipo de salutación ritual salvo el "cómostáusté" o los "güenoh díah" de siempre. Es más, ni siquiera se sabe con exactitud como o cuándo surgió si bien la opinión más extendida es que fue como sus conmilitones recibieron al ciudadano Adolf cuando salió de la prisión de Landsberg en diciembre de 1924 tras cumplir menos de nueve meses de los siete años que le cayeron encima por su intento de golpe de estado. O sea, que podríamos decir que su periplo carcelario, aparte de servirle para escribir el peñazo de "Mein Kampf", fue como la gestación del líder que salió por el portón de la trena como si fuera el útero materno para convertirse en el mandamás supremo. Pero vayamos por partes, que una cosa era el saludo verbal y otra el gesto.

Como ya explicamos en una entrada anterior, el saludo en forma de brazo extendido con la mano abierta es, desde los tiempos más remotos, una indicación de que se llega en son de paz sin armas en la mano. Es un gesto tan universal que hasta los apaches, que nunca conocieron a Adolf, saludaban así a sus cuñados cuando llegaban a su tipi para darles un sablazo. Los nazis lo copiaron sin más de los fascistas italianos cuyo líder, el gran Benito, ya sabía camelarse al personal con su peculiar expresión corporal y sus discursos echando de menos las apolilladas glorias de Roma. Sin embargo, los nazis lo convirtieron en un saludo más marcial y agresivo, muy propio del carácter tedesco. Así, al gesto de levantar el brazo derecho añadieron colocar la mano izquierda sobre la hebilla del cinturón, una actitud muy propia de la milicia, acompañado de un sonoro taconazo por si a alguien le quedaba alguna duda acerca del belicoso ademán. Además, el brazo no se levantaba sin más, sino haciendo un gesto enérgico, estirando el brazo previamente doblado a la altura del hombro. Obviamente, no era un gesto amigable, sino una mezcla de agresividad contenida y acatamiento hacia el líder. Observemos sin embargo que cuando Hitler saludaba al pueblo o a sus huestes lo hacía levantando la mano con el codo doblado, en una actitud más paternal y condescendiente, mientras que solo cuando presidía alguna parada militar o eventos del partido era cuando saludaba conforme a los cánones establecidos. En las dos fotos de arriba podemos ver sendos ejemplos. En la de la izquierda, Hitler pasa revista a un nutrido contingente de miembros de las SA en una de sus movidas, mientras que en la derecha lo vemos en una tribuna acompañado de varios gerifaltes del ejército durante un desfile de la Wehrmacht, por lo que adopta una posición más rígida.

Pequeños tedescos saludando a la maestra al entrar en el cole
Este gesto, denominado desde entonces como Hitlergruß, el saludo a Hitler, no se hizo obligatorio en el partido hasta 1925, mientras que tras su llegada al poder en 1933 se extendió a todo tipo de manifestaciones y reuniones públicas, eventos civiles, deportivos, e incluso en las escuelas, fábricas, juzgados o entre la misma gente cuando se saludaban por la calle si alguno de ellos llevaba en la solapa el pin del partido o se cruzaban con un miembro de las SS o las SA de uniforme. Finalmente, tras el atentado del 20 julio de 1944 se hizo obligatorio también para el ejército, siendo suprimido el saludo militar de siempre. Hasta aquel momento, solo las unidades de las SS hacían uso del Hitlergruß. Con esto se lograba que la presencia del líder fuese constante, y convertía a cada ciudadano en un celoso vigilante de su prójimo para que nadie osase omitir el saludo, se manifestara de forma poco respetuosa o sin la decisión y la convicción propias de un buen y leal seguidor del Führer.

Nenas de la BDM saludando al líder en 1933. Estas criaturas, futuras
propaladoras de la simiente aria, sufrieron un lavado cerebral intenso
desde su más tierna infancia
Bien, ya tenemos el gesto. Ahora veamos el saludo propiamente dicho. En alemán, Heil tiene varias acepciones como intacto, entero o ileso, pero también es una forma de saludar que tendría su equivalente español en salve, heredado directamente del latín SALVE que significa salud, hola o, en resumen, cualquier forma de saludo tal como los que usamos actualmente. Si nos fijamos, los términos saludo o saludar no significa más que desear salud. Recordemos como la oración virginal "Salve" empieza precisamente así, SALVE REGINA, MATER MISERICORDIÆ... etc. o sea, "Salud reina, madre misericordiosa...". Podríamos identificar también el Heil con nuestro "¡Larga vida!" como forma de saludo respetuoso y buenos deseos hacia alguien notoriamente superior, como un rey. 

Deportistas alemanes durante las Olimpiadas de Berlín de 1936. Las chicas
de las medallas también levantan el brazo, faltaría más
Así pues, solo tuvieron que añadir el apellido de Adolf para completar el saludo: Heil Hitler!, que podemos traducir como "¡Salve, Hitler!". Este saludo tenía una variante para ser empleado por personas de su círculo más íntimo, que sería Heil, mein Führer!, que significaría "¡Salve, mi líder/caudillo/guía!". Por cierto que, al parecer, el único que podía tutear al ciudadano Adolf y llamarlo por su nombre de pila era Röhm, privilegio que, como sabemos, quedó cercenado de una forma un tanto repentina y desagradable. El resto, incluso sus más allegados como Hess, Göring, Goebbels o Bormann, de usted y mein Führer sí o sí. Ah, y un detalle más: lógicamente, el saludo no solo se realizaba de viva voz sino también por escrito. La correspondencia oficial y, con el tiempo, incluso la no tan oficial, incluía por norma el saludo de marras, la frase  "mit deutschen Grußen, Heil Hitler!", "con saludos alemanes, ¡Salve, Hitler!", o deseos de que el líder dure más que un martillo en manteca con frases como "Es lebe der Führer", "larga vida al Führer". Obviamente, en una época en que la censura postal era un hecho no era nada conveniente omitir cualquier dedicatoria de recuerdo al amado líder en vez del "suyo afectísimo" o, como hacíamos en España, poner aquellas interminables retahílas de abreviaturas para ahorrarnos un renglón entero de cortesías como "s.s.s.q.e.s.m." o con el típico "Dios guarde a Vd./VS./VE. (usted, usía, vuecencia) muchos años" que se usaba en el ejército hasta hace poco tiempo.

Pero al Hitlergruß había que añadir exclamaciones o frases que exaltasen los ánimos al personal, gritos de guerra con los que dejar claro al resto de los mortales que los tedescos con pedigree sabían muy bien cuáles eran sus objetivos. Y para indicar que la raza germana bajo el caudillaje del ciudadano Adolf se comería el mundo nada mejor que invocar a la victoria, o sea, Sieg. Al término de todos los discursos, los brindis y puede que incluso cuando uno lograba dar de vientre tras una semana estreñido se gritaba Sieg!, a lo que los asistentes respondían Heil!. En la foto superior vemos al ciudadano Hess que, tras un apasionado discurso del jefe, se desgañita gritando Sieg!, no sin antes añadir a modo de peloteo indisimulado de cosecha propia que "¡Hitler es el partido! ¡Hitler es Alemania como Alemania es Hitler! ¡Hitler, Sieg Heil!" a lo que los presentes responden Heil! una vez tras otra, berreando totalmente enloquecidos hasta que a alguno le reventase una arteria del pescuezo o le sangrase la tráquea. 

En cualquier caso, el mensaje era claro: Hitler era primo hermano de Dios, y dueño y señor de Alemania y los alemanes, y a partir de su llegada al poder hasta se juraba lealtad a Hitler en vez de a la Patria, incluyendo los juramentos militares. A la derecha vemos a cuatro guripas jurando lealtad al líder sobre la bandera del NSDAP, que se convirtió en la enseña nacional a partir de 1935, con la siguiente fórmula:

"Por Dios hago este sagrado juramento: que prestaré obediencia incondicional a Adolf Hitler, Führer del Reich y del pueblo alemán y comandante supremo de las Fuerzas Armadas, y que en todo momento estaré preparado, como un bravo soldado, a dar mi vida por este juramento". Como vemos, ni siquiera la mismísima Patria estaba ya por encima del ciudadano Adolf. En cuanto a los miembros del partido, la fórmula difería ya que incluía una "cláusula" destinada a proteger al "heredero", diciendo así: "Juro lealtad a mi líder Adolf Hitler. Le prometo a él y a los líderes que él me dará, servir siempre con respeto y obediencia". Afortunadamente, no dejó a nadie tras de sí. 

Bueno, así surgió el archifamoso saludo, de forma totalmente espontánea y como una mera muestra de adhesión a Hitler tras su estancia en la trena. A pesar de la difusión que alcanzó y que, aún hoy día, se mantiene en determinados grupos de ideología fascista o neo-nazi, nunca sabremos probablemente quién fue el primero que tuvo la ocurrencia de levantar el brazo gritando Heil, Hitler!. Si alguien lo averigua, que nos informe rápidamente. Un secreto así no debe ser jamás desvelado antes de que pueda ser usado para restregárselo por sus abominables jetas a los cuñados más perniciosos.

Hale, he dicho

Hitler en sus comienzos como futuro líder de la Gran Alemania. Como vemos, en esa imagen aún no hay masas fervorosas,
sino unos cuantos SA en primer término y algo de público al fondo. Nadie levanta el brazo ni grita el Hitlergruß hasta
quedarse afónico. En aquellos tiempos ni siquiera aparecía de uniforme, sino discretamente vestido de paisano