sábado, 27 de agosto de 2016

Fortificaciones pirobalísticas. Las obras exteriores


Vista aérea de las impresionantes obras exteriores del fuerte de Bourtange, en Holanda. Por cierto que, para un amante
de este tipo de edificios, lograr adquirir una casita de esas que se ven dentro del fuerte debe suponer un orgasmo mortífero

Plaza fuerte de Theresienstadt (Chequia) rodeada por sus obras exteriores.
Situada a orillas del río Ohre y a apenas 2,5 km. de la confluencia de este con
el Elba, disponía para su defensa de la Kleine Festung (la pequeña fortaleza)
y dos pequeños bastiones, quedando patente la complejidad del conjunto.
Y sí, en el Kleine Festung es donde estuvo el tristemente célebre campo
de exterminio, y es donde fue encerrado Gavrilo Princip.
Bien, tras el receso producido por el pequeño examen fortificado, prosigamos con las fortificaciones pirobalísticas. No obstante, creo oportuno antes de seguir estudiando los diversos tipos de obras exteriores que defendían estas fortalezas explicar qué sentido tenían las mismas. O sea, para qué se invertían sumas ingentes en fortificar decenas o incluso centenares de metros alrededor de una plaza fuerte que, de por sí, tenía la suficiente potencia de fuego y las tropas necesarias para hacer frente a cualquier ataque. Seguramente, muchos se habrán hecho esa pregunta, y más cuando hayan observado los planos y vistas cenitales que se han ido presentando en las diversas entradas que se han publicado sobre ese tema. En ellas se pueden ver, como ya comentaba en la entrada anterior, intrincados laberintos geométricos cuya misión no era que el enemigo se perdiese en semejante dédalo, sino intentar controlar al máximo posible el terreno circundante para prevenir la aproximación de la artillería y las tropas de los sitiadores. Porque, ante todo, debemos considerar un aspecto que, aunque es de una evidencia palmaria, no siempre lo solemos tener en cuenta. No es otro que la orografía del terreno, imposible de adaptar en la mayoría de los casos al ideal de la defensa ya que no siempre el lugar donde había que edificar el fuerte de turno era llano como el electroencefalograma de un político o bien no disfrutaba de una posición dominante en kilómetros a la redonda.

Coracha del castillo de Buitrago sobre el río Lozoya. Este
tipo de obra exterior no solo permitía abastecerse de agua,
sino también controlar el paso de los ríos
Si nos remontamos a la entrada dedicada a los padrastros, vemos que ya en la Edad Media había que tener en cuenta el entorno de un castillo a la hora de construirlo. Pequeñas elevaciones o incluso cerros en toda regla a unas distancias peligrosamente cercanas- en aquellos tiempos no más de 200 o 300 metros-, podían poner en serio peligro la integridad del recinto ya que bastaría emplazar en esa altura un fundíbulo para ir demoliendo poco a poco las murallas a golpe de bolaño. Ese problema no desapareció con la aparición de las fortalezas de traza italiana, sino que incluso se vio aumentado ya que un cañón tenía más alcance que un fundíbulo, así que había que poner especial cuidado en la elección del lugar ya que la distancia de seguridad, por denominarlo de alguna forma, se ampliaba bastante. Del mismo modo, muchas veces se hacía necesario controlar el paso a los distintos accesos de una fortaleza, o bien los cursos de agua cercanos como se explicó en la entrada dedicada a las corachas. Y, por otro lado, también existían depresiones en el terreno que, al quedar fuera del ángulo de tiro de la artillería del fuerte, permitirían al enemigo emplazar sus morteros para bombardear la plaza a su sabor, o bien acuartelar en ellas tropas de cara a un asalto sin que los defensores se enterasen de ello por quedar fuera de su vista. Por poner un ejemplo que nos permita verlo con más claridad, veamos a foto inferior, la cual nos muestra una panorámica del impresionante complejo fortificado de Alarcón, en Cuenca.



La flecha blanca señala la Torre del Campo, distante apenas 300 metros de la ciudad. La roja marca la Torre de Alarconcillo, que corona el cerro de la pequeña península formada por un meandro del río Júcar. Al fondo, en amarillo, tenemos la Torre de Cañavate. Como se puede ver, son obras exteriores destinadas a diversos cometidos que veremos mejor en la foto cenital inferior.


Los círculos tienen el mismo color que las flechas de la imagen anterior, de modo que podemos situarnos perfectamente en esta foto en la que además se aprecia que Alarcón es prácticamente una isla con un único acceso controlado por la Torre del Campo, la cual no solo cerraba el paso a posibles agresores sino que, además, impedía la aproximación o el emplazamiento de máquinas o artillería en la meseta que se extiende en dirección NE. Por otro lado tenemos la Torre de Cañavate, que cerraba el paso a la pequeña península situada al norte de la población y, por si esta caía en manos enemigas, aún quedaba la Torre de Alarconcillo para impedir que dicha península fuese empleada como padrastro por los enemigos.

Como vemos, esto de las obras exteriores data de bastante tiempo atrás, pero fue con la aparición de las fortalezas de traza italiana cuando ganaron en complejidad ya que evolucionaron en una época en que el enemigo no empleaba fundíbulos, manganas o bombardas, sino una eficaz artillería de sitio en forma de cañones, morteros y, posteriormente, obuses, con un alcance efectivo de varios kilómetros y una precisión acorde al mismo. Era pues necesario disponer de fortificaciones capaces de repeler o, al menos, alejar al máximo posible las bocas de fuego de los sitiadores para impedir sus demoledores efectos sobre la población. Un ejemplo de la necesidad de fortificar todo aquel terreno susceptible de ser empleado de forma ventajosa por el enemigo lo tenemos en Elvas, en el famoso fuerte de Graça (foto superior) del que tanto hemos hablado ya. Dicho fuerte se construyó simplemente porque el cerro donde se yergue, situado al norte de la ciudad, fue empleado por las tropas de don Luis de Haro en 1658 para bombardearlos bonitamente, así que aprendieron la lección y fortificaron tan peligroso padrastro para que nunca más se pudiera aprovechar. Como vemos, desde la cima del monte da Graça al centro de Elvas hay poco más de 1.600 metros, distancia que un cañón o un mortero de aquella época cubría de sobra.

Pero tan peligroso era un accidente geográfico situado a una cota igual o superior a la de la fortaleza como si era inferior. En una tipología en la que precisamente para ofrecer el menor blanco posible se eliminaron las altivas murallas de antaño, el ángulo visual sobre la campaña se veía también muy mermado. De ahí que fuese necesario fortificar esos sectores para impedir que fuesen aprovechados por el enemigo de la forma que se comentó más arriba. Veamos un ejemplo para comprenderlo mejor. A la derecha tenemos una foto cenital del fuerte de Santa Luzia, en Elvas. Está situado a un altura de 315 metros sobre el nivel del mar. A su espalda, a una cota más elevada, está la plaza fuerte de Elvas, y ante él, el fortín de São Mamede a una cota 15 metros por debajo. Si observamos la imagen vemos que el terreno va descendiendo en dirección SE de forma que a solo medio kilómetro ya pierde otros 30 metros más.

Vista del fortín de São Mamede en dirección sureste
La cuestión es que precisamente en esa dirección se encuentra a poco más de 7 kilómetros el río Guadiana, 150 metros por debajo del fuerte de Santa Luzia, y formando en ese sector una depresión notable que vemos en la foto de la izquierda sombreada de rojo. Esa amplia vega queda totalmente fuera del ángulo visual del fuerte, lo que hizo necesario construir el fortín que se anticipase a la llegada de una fuerza invasora. Dicho fortín estaba unido al fuerte principal mediante un camino cubierto para que la guarnición pudiera replegarse en caso de necesidad, pudiendo sumarse a la de Santa Luzia. Así mismo, si era ocupado podía ser bombardeado por la zaga desde su posición dominante.

Porque, eso sí, todas las obras exteriores estaban totalmente indefensas por la espalda para permitir que, en caso de caer en manos del enemigo, esos carecieran de defensa posible salvo que andasen listos y se preocupasen de acarrear a toda velocidad fajinas y demás pertrechos para fabricar un parapeto de circunstancias. Veámoslo en el gráfico inferior:


En A tenemos el recinto principal situado en la cota más elevada. Separado por un foso tenemos B, una primera línea de obras exteriores que, como mostramos, está bajo el ángulo de tiro de las bocas de fuego emplazadas en A. Al tener la gola totalmente desprovista de defensas, los enemigos que ocupen esa obra están muertos si no se largan de allí a toda velocidad. Y lo mismo ocurre en C, que queda bajo el fuego de los cañones y la fusilería de la guarnición de B. De ese modo, las obras exteriores permitían una muy efectiva defensa en profundidad que solo podía expugnarse con santa paciencia, abriendo trincheras de aproximación y dedicando días y días a bombardearlas hasta que, finalmente, se intentaba un asalto si la guarnición había sido barrida del terreno, sus cañones desmontados a tiros o bien se lograba abrir una brecha.

En fin, básicamente este era el motivo de las obras exteriores. Como vemos, no era una cuestión baladí ya que de su buen diseño podía depender el mantener o perder una plaza fuerte, así que ahora puede que muchos se expliquen el motivo de estas extensas, complejas y onerosas obras. 

En fin, ya tá.

Hale, he dicho

miércoles, 24 de agosto de 2016

Test de conocimientos. Solución


Qué... ¿ha sido fácil? Espero que sí. Al cabo, hay muchas obras exteriores repetidas. En todo caso, cada cual verá si es un castillero de pro o aún necesita pulir un poco sus conocimientos. He ahí las soluciones al problemilla de ayer:



BALUARTE: A - B - D - G - I - K - M - O - P - Q -T - X

PLAZA BAJA: No hay ninguna, era una trampa, jejeje... La única obra que se prestaría a engaño es la C ya que ocupa un pequeño espacio en el flanco del baluarte B, pero si han hecho los deberes sabrán que una plaza baja solo podía emplazarse en el espaldón de un baluarte con orejas, así que C es una pequeña falsabraga y nada más.

FALSABRAGA: C - E - H - N - U - Y - b - c 

REVELLÍN: F - S

REVELLÍN DOBLE: J

REVELLÍN VACÍO: L - Z

PLAZA DE ARMAS: Ñ - V - W - a - d - e - f - h - k - l

TRAVÉS: R

CONTRAGUARDIA: g - i - j - m - n

Al que haya acertado las 41 le daremos el título de Vauban cum laude.

Al que haya acertado un 75% pues el de Cristobal Rojas con bastón de mando.

Al que haya acertado un 50% no le damos nada, qué carajo. Que estudie un poco más el tema.

Al que no haya llegado a un mísero 30% le daremos el baldón de cuñado irredento y que se jorobe. Tampoco era tan difícil, leches.

En fin, otro día repetiremos, pero con alguna fortificación un poco más compleja.

Hale, he dicho


martes, 23 de agosto de 2016

Test de conocimientos


Se me ha ocurrido una puñetería. Veamos, dilectos lectores, si mis filípicas les han servido de algo y verdaderamente pueden apabullar a cualquier cuñado hasta sumirlo en la desesperación y, por ende, inducirlo a un auto-asesinato que libere su alma asquerosa de padecer justas humillaciones. A continuación verán una foto cenital de la plaza fuerte de Valença do Minho, la cual he tomado prestada a estos señores tan amables de Google para la elaboración de esta prueba en la que pondrán vuecedes demostrarse a sí mismo, así como a sus cuñados, parientas e incluso a los que habitamos en el blog, el alcance de sus conocimientos. Dicha imagen está en una resolución grandecita para que puedan descargarla y verla mejor. Hela aquí:



Como pueden ver, se han marcado con letras mayúsculas y minúsculas cada uno de sus 41 elementos defensivos. Ojo, el que la letra sea mayúscula o minúscula no implica nada, simplemente es que me faltaron letras. Para ponerlo facilito, ya que es el primer test, daré una relación de las fortificaciones que aparecen, si bien vuecedes tendrán que dilucidar cuál es cada una de ellas:

BALUARTE 
REVELLÍN
PLAZA DE ARMAS
PLAZA BAJA
FALSABRAGA
REVELLÍN VACÍO
TRAVÉS
CONTRAGUARDIA

Si alguno desea dejar patente sus vastos conocimientos puede dejar un comentario con los resultados. La forma de enumerar el total de las fortificaciones sería, por ejemplo:

A, B, C Y D: Través
F, K, W: Revellín vacío
Etc...

Está de más decir que todas esas fortificaciones aparecen en diversas entradas. Lo digo por si alguno quiere consultar o, simplemente, hacer trampa. Total, como nadie podrá demostrarlo... Están en la etiqueta titulada "Partes del fuerte".

En fin, estrújense vuecedes el magín, a ver que pasa. Las soluciones, mañana.

Hale, he dicho

domingo, 21 de agosto de 2016

Fortificaciones pirobalísticas. Tenazas


He aprovechado estos días en que tengo el cerebro gasificado por la puta caló para echar un vistazo a algunas entradas antiguas. Varias de ellas, con más de cinco años de antigüedad, la verdad es que han envejecido peor que un cuñado repudiado por todo el clan y privado de gorronear a mansalva, especialmente en lo tocante a los gráficos e ilustraciones. Sirva de excusa el hecho de que fueron elaboradas en los albores del blog y, para más inri, con el Paint, programa este que no da para muchas virguerías, la verdad. Por otro lado, los textos, aunque correctos, pecan de cierta brevedad y son un tanto escuetos, así que no estaría de más llevar a cabo una re-edición de estas entradas que, al fin y al cabo, son la esencia del blog. Recordemos que la temática primigenia de Castra in Lusitania son las fortificaciones tanto medievales como pirobalísticas, así que colijo debo mantener en buen estado las entradas dedicadas a esos temas. Es más, la intención es mejorar de forma sensible estas entradas antiguas a fin de que su contenido esté al nivel de calidad deseable.

Vista aérea de Valença do Minho (Portugal). Cada una de esas obras tiene
un nombre y una función específicos
Por otro lado, en un intercambio epistolar con uno de los probos castilleros con los que suelo intercambiar impresiones sobre estos asuntos pétreos, me di cuenta de que la morfología y los distintos tipos de construcciones de estas fortificaciones suelen ser bastante desconocidas por lo general tanto en su denominación como en las funciones que desempeñaban. Estos fuertes, que vistos desde el aire o en un plano parecen un laberíntico  galimatías geométrico, constaban de diversas obras exteriores- algunas tan complejas que cuesta trabajo "descifrarlas"- que, casi siempre, no sabemos diferenciar o ni siquiera sabemos por qué están ahí. Así pues y sin enrollarme más, vamos a comenzar con una más concienzuda actualización de este tipo de fortificaciones a fin de que podemos formar un glosario lo más completo posible sobre las mismas. Sí, ya sé que a la mayoría de los que me leen les molan más otras temáticas como las entradas dedicadas a curiosidades, al armamento o a como se despedazaban nuestros ancestros, pero, repito, el origen del blog son las fortificaciones, y con ellas fue como me di a conocer. 

Así pues, al grano. Comenzaremos por la actualización de una de las obras exteriores más ensalzada en los manuales de fortificación de la época tanto por su sencillez como por su efectividad: la tenaza.

Grabado que muestra la población de Verrua, en el Piamonte. Sombreado en
rojo podemos ver la falsabraga que defendía el lado suroeste de la muralla
El origen de este tipo de obra se debió al parecer a la necesidad de sustituir o, en caso de fortificaciones ex novo, prescindir de la falsabraga. Las falsabragas tenían como finalidad en este caso aumentar la potencia de fuego de la fusilería ya que los ocupantes de la misma se sumarían a los del recinto principal situado a sus espaldas. Al parecer, fueron  los ingenieros holandeses los más proclives al empleo de este tipo de obra que pronto demostró su inutilidad ya que las falsabragas no eran sino la versión modernizada de los añejos antemuros medievales, y perdieron la razón de su existencia debido precisamente a la proliferación de la artillería de sitio. Porque mientras que en una fortaleza medieval el antemuro era una eficaz protección para impedir o dificultar tanto los asaltos mediante el lanzamiento de escalas como la posibilidad de adosar máquinas de batir- arietes o trépanos- o de aproximación- bastidas, tolenos, etc.-, en las fortificaciones pirobalísticas se podían convertir en un medio que facilitase al enemigo entrar por una brecha o, simplemente, perder su utilidad debido al derrumbe de la cortina  o el baluarte que defendía. El gráfico inferior nos permitirá comprenderlo mejor.


A la izquierda tenemos una fortificación B precedida por una falsabraga A. Como vemos, la cortina está siendo bonitamente cañoneada con la finalidad de abrir una brecha en la misma. Los escombros que caigan sobre la falsabraga obligará a sus ocupantes a desalojar la zona porque una cosa es morir heroicamente de un balazo en el cráneo, y otra palmarla con la cabeza aplastada como un higo bajo pezuña burrera a causa de un cascote. En una situación real, los disparos contra la cortina del recinto principal se alternarían con los efectuados contra la falsabraga a fin de abrir en la misma otra brecha que permita la escalada, por lo que ese sector quedaría totalmente desguarnecido. Una vez abierta la brecha, tal como vemos en la figura de la derecha, los mismos escombros servirían para facilitar el asalto. Así pues, como queda patente, las falsabragas podían convertirse en una trampa fatal para los defensores, por lo que eliminarlas era imprescindible de cara a presentar ante los enemigos unas obras exteriores lo más eficaces posibles.

Pero había algún que otro elemento defensivo que también precisaba de una revisión a fondo porque su utilidad era más que cuestionable. Observemos en el gráfico inferior la figura A, donde aparece el espaldón de un baluarte con una casamata baja. La artillería enemiga está cañoneando la parte superior para abrir una brecha, por lo que los escombros caerán ante la tronera, cegándola y neutralizando así su capacidad defensiva. Debido a ese evidente punto flaco, las casamatas se eliminaron en favor de las plazas bajas, de las que ya se habló en su momento y que vemos representadas en la figura B. Se daba por sentado que al estar separadas del espaldón podrían seguir activas aún en el caso de que el baluarte fuese bombardeado. Pero, obviamente, pretender que los servidores de las bocas de fuego emplazadas en una plaza baja permanecieran impasibles mientras que les llovían los cascotes y su reducido espacio disponible se llenaba de los mismos era absurdo, por lo que su utilidad también era más que cuestionable.


Así pues y a la vista de toda esta serie de inconvenientes, era preciso crear un nuevo tipo de obra que permitiese defender las cortinas de una fortificación y, al mismo tiempo, que sus defensores pudieran actuar sin más trabas que el fuego enemigo, que ya era bastante. Al mismo tiempo, esa nueva obra debería defender la gola de las obras que las precediesen- revellines, hornabeques o bonetes, todos ellos en sus distintas versiones-, pero también cubrir la retirada de las guarniciones de los mismos en caso de ser desalojados por los enemigos y, además, batir a estos por la zaga si se llegaban a apoderar de esas defensas. La solución a todo ello era algo tan asombrosamente simple y, a la par, tan eficiente como la tenaza.

La impresionante ciudadela de Lille. Sombreadas en rojo se
aprecian las cinco tenazas que defendían las cortinas de la
muralla principal
Según qué tratadista, este tipo de obra exterior tuvo un padre diferente. Lucuze afirma que el creador de la tenaza fue un ingeniero boloñés, concretamente el capitán Francesco de Marchi (1504-1576), mientras que el coronel Noizet Saint-Paul, en su obra "Elementos de fortificación" asegura, como no, que fue su ilustre paisano el marqués de Vauban. El general prusiano Heinrich von Zastrow también se inclinaba por la autoría de Vauban, e incluso añade que las primeras tenazas fueron construidas en la ciudad francesa de Lille. Pero en esto, como en tantas otras cosas, los gabachos pecan de un chovinismo feroz y nos quiere colar la paternidad del invento al marqués el cual, sin negarle su incuestionable genio militar, no inventó tanto como muchos creen sino que, más bien, supo hacer un uso muy inteligente de las obras escritas por tratadistas españoles, italianos y franceses anteriores a él. 

Francesco de Marchi
En todo caso, parece ser que, ciertamente, el invento fue producto del ingenio del tal Marchi si bien Lucuze comete un fallo en la datación del mismo ya que afirma que salió a la luz en 1599, cuando nuestro hombre llevaba ya 23 años de nada criando malvas. Pero, sea como fuere, lo cierto es que en la obra del abate Ercole Corazzi (editada en Bolonia el 2 de enero de 1720) "L'architettura militare di Francesco Marchi" se menciona como creación del boloñés una "cortina en ángulo entrante" así que, quizás, la idea de Marchi fuera un nuevo tipo de cortina, y fue Vauban el que tuvo la feliz ocurrencia de adaptar ese diseño como obra exterior posiblemente al ilustrarse en su obra "Della architettura militare". Bien, esto es lo que tenemos acerca del origen de esta obra pero, ¿en qué consistía? Lo veremos mejor en el gráfico inferior.

La tenaza, tenallón o tenazón consistía en un talud colocado en el hueco entre los flancos de dos baluartes, quedando de ese modo situado ante la cortina que unía los mismos. Estaba conformada por un terraplén invertido situado dentro del foso ante dicha cortina, con una altura igual a la del camino cubierto, el revellín o cualquier otra obra situada ante ella. Para defensa de su guarnición estaba provista de parapeto y banqueta para la infantería, de modo que pudieran disparar a pecho cubierto. En la figura A tenemos una tenaza simple, cuyo parapeto, como salta a la vista, forma una pequeña cortina entrante tal como sugería Marchi. Su ángulo seguían el mismo trazado que el de las caras de los baluartes que la flanquean. En la figura B aparece una tenaza doble la cual ofrecía un frente fortificado aún más eficiente ya que presentaba una cortina, dos caras y dos flancos, como si de un pequeño hornabeque se tratase. En ambos casos, estas obras estaban separadas no menos de 7 varas (5,9 metros) del recinto principal, por lo que no le afectaban los derrumbes producidos por la artillería tal como se explicó más arriba.


Con la vista en perspectiva de la izquierda podremos hacernos una idea más clara de la efctividad de la tenaza. Delante de la misma hemos colocado un revellín, el cual tiene la misma altura. Desde la tenaza se impedirá que los enemigos que avancen por el foso puedan acceder a dicho revellín ya que los contendrán con fuego de fusilería y, caso de que logren apodarse del mismo, estarían a merced de la guarnición de la tenaza. Recordemos que, por norma, todas las obras exteriores de las fortificaciones pirobalísticas estaban construidas de forma que las golas carecían de defensas para, caso de ser ocupadas, impedir al enemigo hacerse fuerte en ellas. Por otro lado, la tenaza permitiría a la guarnición del revellín replegarse con seguridad sin quedar a merced del enemigo, sumándose al contra-ataque de esa fortificación junto a los ocupantes de la tenaza. Por último, caso de ser imposible mantener el sector, solo restaría largarse echando leches por una poterna o por las generalmente laberínticas obras exteriores de que disponía cualquier fortaleza medianamente importante.


Puede que alguno se pregunte qué necesidad había de tanta obra exterior cuando desde el recinto principal podía repeler impunemente a la infantería enemiga. La respuesta la tienen en el gráfico de la derecha. Como se puede ver, A es el recinto principal cuyo terraplén está a varios metros por encima del nivel del suelo. La artillería emplazada en el mismo carece de ángulo de tiro para distancias cortas, de forma que los fusileros enemigos pueden aproximarse impunemente en el momento en que las bocas de fuego no puedan disparar más hacia abajo. Además, el grosor del parapeto no permitía abrir fuego a corta distancia ni a la guarnición a causa del espesor del parapeto, de tres o cuatro metros o incluso más. Sin embargo, desde la tenaza B, situada a una cota inferior, sí había ángulo de tiro para disparar a todo lo que se moviera por el foso C, o bien por el camino cubierto, revellín u hornabeque D. Y aprovechando que en este gráfico se puede apreciar mejor, comentar que, además de todas las ventajas señaladas acerca de este tipo de obras, su altura permitía que pequeños grupos de defensores salieran de la fortaleza por una poterna y, protegidos por la tenaza mientras se agrupaban, iniciar un ataque por sorpresa contra los atacantes que pudiera haber en el foso o intentando apoderarse de cualquier obra exterior. 

Bien, ya hemos visto como fue el origen de este tipo de fortificación, así como las cualidades que la caracterizaban y que la hicieron, según todos los tratadistas de la época, imprescindible en cualquier fortaleza. Sin embargo, la evolución de la tenaza no se quedó en las dos tipologías que hemos estudiado hasta ahora, la simple y la doble, sino que fueron surgiendo otras para fortificar determinadas zonas sensibles más allá de la mera defensa de una cortina. En este caso sí fue Vauban el que empleó las tenazas para combinarlas con otro tipo de obras para mejorar la defensa de los recintos principales sin necesidad de emplear muchos y costosos elementos. En el gráfico superior tenemos una tenaza flanqueada por dos contraguardias A y B (no confundirlas con los revellines), presentando así un amplio frente ante la fortaleza. Desde estas obras se podía controlar el camino cubierto o cualquier otro tipo de construcciones y, al mismo tiempo, estarían fuera del ángulo visual de los atacantes ya que se encontraban dentro del foso. Solo con bombas de mortero o un ataque en masa de infantería podría desalojarse a los defensores, los cuales verían aumentado su número en caso de repliegue de las guarniciones de las obras precedentes. Los espacios libres entre las tenazas y las contraguardias permitían una retirada rápida y, al mismo tiempo, dificultaba a los enemigos el acceso al la escarpa del foso.

En fin, esto es lo que da de sí este tipo de obra. No obstante, la tenaza evolucionó según qué circunstancias para fortificar determinados sectores especialmente sensibles como, por ejemplo, elevaciones en las que los enemigos podrían emplazar su artillería, o en zonas por las que convenía cerrar el paso ante un hipotético asalto. Pero eso lo veremos en otra entrada porque ya me he enrollado más de la cuenta y no tengo ganas de darle más a la tecla.

Hale, he dicho

viernes, 12 de agosto de 2016

Curiosidades: Las bicicletas bélicas


Banda ciclista del ejército holandés durante la Gran Guerra. Ciertamente, tocar el tambor mientras se manejaba el manillar
debía ser algo digno de verdaderos acróbatas


Velocípedo de Karl von Drais, presentado en 1817. Al año siguiente llevó a
cabo una demostración en la que viajó desde Karlsruhe hasta Kehl en apenas
cuatro horas mientras que a pie suponía una caminata de unas quince. Dudo
que fuese tan rápido subiendo la cuesta de la Media Fanega
Las bicis son desde hace más de un siglo y medio un eficaz medio de transporte que, además, permite al personal ponerse en forma mientras se desplaza de un sitio a otro. Hoy día tenemos una verdadera plaga de ciclistas que, tras hacerse tropocientos kilómetros a pleno sol y verlos pasar con las jetas moradas como ciruelas, los vuelves a ver al cabo de un rato recuperando las calorías eliminadas en una venta poniéndose de grana y oro a base de zumo de cebada a -2º, lo cual es ciertamente paradójico. Pero la bicicleta, cuyo diseño ya plasmó el polifacético Leonardo da Vinci, además de su empleo como vehículo civil o para mero divertimento de nenes y padres de los nenes tuvo aplicaciones militares desde mucho antes de lo que imaginan. De hecho, si a cualquier cuñado sabihondo le preguntamos por este tema rápidamente nos responderá casi con seguridad lo que todos ya tenemos en el magín, y es que empezaron a usarse durante la Gran Guerra. ¿Quién no ha visto esas películas en las que una hilera de soldados pedalea briosamente mientras miran a la cámara en plan héroes invictos? Sin embargo, la cosa proviene de mucho tiempo atrás, así que dedicaremos esta entrada a dar cuenta de algunas curiosidades curiosas respecto a los inicios del uso militar de las bicicletas.

Dos correos del ejército francés posan ante sus bicicletas
durante la guerra franco-prusiana
1. La idea de utilizar las bicicletas como vehículos militares fue de los gabachos durante la guerra franco-prusiana de 1870-1871. La idea en sí era simplemente genial, ya que estos chismes tenían un potencial bélico tremendo: permitirían a un grupo de soldados acudir con presteza donde fuera preciso, no enfermaban ni precisaban ser alimentados, cosas ambas que sí ocurría con los caballos y, además, eran absolutamente silenciosas, lo que suponía poder aproximarse a los enemigos sin despertar sospechas en forma de relinchos o ruidos equinos similares. Pero los gabachos no contaron con un detalle que se les pasó por alto: las bicicletas de la época eran unos trastos pesados, engorrosos, nada manejables y francamente complicados de conducir campo a través, por lo que la idea acabó fracasando y los soldados ciclistas mandaron sus bicis al carajo ya que era absolutamente agotador pasearse de un lado a otro impulsando el peso del vehículo y, además, ir cargado con las armas, las municiones y demás bastimentos.

2. Las bicis usadas por el ejército francés tenían una rueda delantera enorme y la trasera diminuta. El motivo de esa desproporción se debía al diseño desarrollado por un tal Pierre Michaux, un probo ciudadano dotado para la mecánica y los inventos el cual tuvo la genial idea de poner pedales a las bicicletas allá por 1855. Porque, por si no lo saben, hasta aquel momento el impulso para desplazarse debía llevarse a cabo pateando el suelo de la misma forma que se avanzaba con el velocípedo de Drais, lo que además de incómodo y agotador suponía un gasto en suelas de zapatos que no compensaba el ir más rápido a costa de hacer ricos a los zapateros de la comarca echando medias suelas. Pero esos pedales estaban directamente conectados a la rueda, sin piñones ni cadenas que transmitiesen el movimiento del pedaleo por lo que, para poder obtener un desarrollo adecuado, fue preciso diseñar esas ruedas enormes ya que si lo hacía al revés habría que dar cuarenta pedaladas para avanzar dos metros. En el grabado superior tenemos un soldado francés cabalgando en una bicicleta modelo 1886 y, según podemos apreciar, una costalada desde lo alto de ese chisme podría ser más peligrosa que un balazo de un tedesco. En fin, no estuvieron muy acertados los gabachos en aquella ocasión.

3. Y es que el concepto adoptado por los franchutes no era el adecuado para el tipo de bicicleta disponible. Así pues, tuvieron que ser los italianos los que retomasen la idea para formar unidades de ciclistas equipados con bicicletas como Dios manda, con sus dos ruedas iguales y con los pedales conectados a la rueda trasera mediante una cadena. Estas unidades estuvieron dedicadas en principio a labores de enlace ya que, en un momento de la historia en que las comunicaciones aún eran verbales o por escrito, la posibilidad de acelerar dichas comunicaciones se mostró como algo totalmente revolucionario por razones obvias. Fue a partir de 1875 cuando Italia, cuya industria ciclista era la más avanzada de Europa, formó las unidades de mensajeros que cabalgaban sobre unas bicicletas que disponían de frenos, faros, un soporte para el fusil y una bolsa con capacidad para munición y demás útiles bélicos. Con tropas adecuadamente entrenadas, estas pesadas bicis podían circular campo a través a la escalofriante velocidad de 20 km/h., que evidentemente era mucho más de lo que corría un enlace. Pero los italianos lo tenían claro: con un entrenamiento adecuado, sus bersaglieri ciclistas podían dar mucha guerra, y hasta les diseñaron bicicletas plegables para que, en caso de necesidad, se pudieran transportar en la espalda. Y vaya si entrenaban. En la foto superior, tomada hacia 1910, podemos verlos trepando como gatos en postes y sogas, y justo es reconocer que hay que estar hecho un máquina para poder hacer eso con una pesada bicicleta colgando. Recordemos que aquellos trastos eran de acero, nada de fibra de carbono ni pijadas semejantes.

Bicicleta diseñada por el ejército yankee que, como vemos, iba equipada con
una ametralladora Colt. El invento tuvo menos éxito que una peletería en el
desierto de Sáhara aunque muchos pensaron que eso de disparar pedaleando
debía ser una gozada.
4. A partir del ejemplo italiano, el desarrollo de la bicicleta como vehículo militar fue imparable, y surgieron cantidad de diseños que, con mayor o menor fortuna, dejaron claro que eso de poder prescindir de animales para el transporte humano y crear modelos específicos para multitud de usos bélicos era una idea genial. Así, se diseñaron triciclos y cuatriciclos destinados a actuar como plataformas móviles de armamento, especialmente de ametralladoras o cañones de pequeño calibre. Sin embargo, no tuvieron aceptación porque el peso de las máquinas, más de doce o quince kilos en aquellos tiempos, más la munición las hacía impracticables en situaciones reales de combate. También se diseñaron bicicletas camillas, si bien estas solo podían transportar heridos por caminos en un estado razonablemente bueno. Otros llegaron a diseñar bicicletas que, agrupadas por parejas y provistas de unas ruedas especiales, podían circular por las vías férreas, obviamente si no venía un tren de cara. 

5. Como toda persona que haya circulado en bicicleta deberá saber, las ruedas macizas empleadas en los primeros tiempos de la bicicleta como complemento bélico eran una pesadilla. Ralentizaban el avance, hacían más pesado pedalear y los espinazos del personal acusaban cada piedrecita que pisaban en el camino, para no hablar de si pillaban un bache. La idea de proveer las bicicletas- y todo tipo de vehículos años más tarde- de neumáticos con cámara de aire fue de un veterinario escocés afincado en Belfast cuyo apellido es sobradamente conocido: John Boyd Dunlop. El invento, que salió al mercado en 1888, supuso un punto de inflexión en el empleo militar de las bicicletas ya que el neumático inflable no solo proporcionaba un mayor confort de marcha, sino también una mayor movilidad cuando se circulaba campo a través, requiriendo para ello menos esfuerzo que con las ruedas de goma maciza. A la derecha vemos un cartel de propaganda de la firma en el que se ve a un soldado británico (Dios maldiga a Nelson) muy sonriente con los dos neumáticos de su bici, la cual está hecha pedazos en el suelo tras un hipotético accidente. El eslogan inferior dice que solo han quedado él y los Dunlops.

5. El ejército yankee también se unió a la impetuosa corriente creativa desplegada en Europa. En 1892, una tropa de inventores se puso en marcha para diseñar virguerías de todo tipo para demostrar a los ingenieros del Viejo Mundo que ellos también sabían idear cosas chulas, si bien con escaso éxito. De entre la multitud de diseños fallidos como la bici-ametralladora que vimos más arriba mostramos una que iba provista de una sombrilla. La idea no solo estaba encaminada a proteger del sol al conductor, sino para usarla como vela. Si el viento era favorable, bastaba girarla 90º tal como vemos en el gráfico de la derecha para poder aprovechar su energía y, como si fuese un barco terrestre, poder circular cómodamente sin necesidad de pedalear o, en el peor de los casos, hacerlo con mucho menos esfuerzo. Sin embargo, la escasa manejabilidad de la sombrilla-vela, así como la imposibilidad de poder orientarla de forma precisa para recoger el aire, convirtieron este chisme en un verdadero peligro para sus usuarios. Pronto se dieron cuenta de que una fuerte ráfaga, o bien un repentino cambio de dirección del viento, podían, y de hecho lo hacían, enviar al sufrido ciclista al suelo. Y lo chungo era que si le pillaba en terreno accidentado o circulando por una pasarela podría terminar descalabrado en el fondo de un barranco o ahogado en un río. En fin, que inventos hubo cientos, pero al final todo el mundo acabó montado en una bicicleta cuyo equipamiento se limitaba a lo sumo a un soporte para el fusil y un macuto para llevar con más comodidad parte del equipo.

Soldados del 25º Cuerpo de Infantería Ciclista
6. Curiosamente, la primera unidad ciclista del ejército yankee estaba nutrida exclusivamente por negros. Se trataba del 25º Cuerpo de Infantería Ciclista, creado en 1896 en Fort Missolua, Montana, por el mayor general Nelson Miles y puesto bajo el mando del 2º teniente James Moss, que era el único blanco de toda la unidad. Su primera acción tuvo lugar tras la breve y traicionera guerra de Cuba, cuando los yankees se apoderaron de la isla haciendo creer a los cubanos que se limitarían a ayudarlos a separarse de España para luego volverse a casita como si tal cosa. Dicha ocupación dio lugar a multitud de disturbios, especialmente en La Habana. Para ayudar a sofocarlos fue enviada la unidad ciclista del teniente Moss, que con sus bicis se podían desplazar rápidamente de un sitio a otro para meter en cintura a los atribulados cubanos.

Compañía ciclista del ejército alemán
7. Cuando estalló la Gran Guerra, las bicicletas estaban ya totalmente integradas en los ejércitos en liza. Tras probar mogollón de inventos absurdos, al final se aplacó el afán creativo y todo el mundo aceptó las bicis como lo que eran: unos eficaces y económicos vehículos ligeros que permitían mover rápidamente a pequeños grupos donde su presencia fuese necesaria, desplegarlas y retirarlas con la finalidad de dar contundentes golpes de mano al enemigo y emplearlas como vehículo para exploración, correos y enlaces. Cuando los british cruzaron el canal lo hicieron acompañados de nada menos que cien mil bicicletas, mientras que los gabachos disponían de un número similar. No obstante, los tedescos, con su proverbial sentido práctico, ya habían puesto en servicio 250.000 bicicletas que dieron más de un quebradero de cabeza a sus enemigos ya que se movían como moscas cojoneras por el frente, y aprovechando su movilidad y su silencioso avance se presentaban de repente donde menos los esperaban, produciendo una escandalosa escaramuza y largándose a toda leche, dejando al personal con un palmo de narices mientras contaban sus bajas. Y a esto, añadir las unidades ciclistas de los yankees, cuya fuerza expedicionaria se presentó en el frente con 29.000 bicis destinadas específicamente a misiones de reconocimiento, enlace y transporte ligero.

Ciclistas del ejército belga
8. La primera acción de guerra llevada a cabo por una unidad ciclista tuvo lugar a comienzos del conflicto, concretamente a finales de septiembre de 1914. Dicha unidad pertenecía al ejército belga, y fue creada de forma totalmente improvisada por un comandante con efectivos a nivel de batallón. Dicha unidad estaba compuesta por siete grupos de unos 100 voluntarios cada uno bajo el mando de dos oficiales más un pequeño destacamento especializado en demoliciones. Esta unidad llevó a cabo una serie de infiltraciones tras las líneas alemanas entre el 25 de septiembre y el 9 de octubre, centrándose sobre todo en la destrucción de vías férreas y nudos ferroviarios con bastante éxito. Solo uno de estos grupos llegó a sufrir bajas importantes cuando, en plena acción de reconocimiento de la retaguardia alemana, se toparon con una unidad de infantería con la que se enfrentaron, teniendo lugar una refriega que les costó 60 muertos. No obstante, lograron volar los dos extremos del túnel ferroviario de la línea Bruselas-Mons antes de largarse de vuelta a sus líneas.

Bueno, va siendo la sacrosanta hora del aperitivo, así que me piro prestamente a gratificarme como es debido porque me lo merezco, qué carajo.

Hale, he dicho

Curiosa colección de fotos realizada por la firma Clément-Gladiator para promocionar su bicicleta plegable modelo 1896.
Como vemos, no solo su apariencia es ya prácticamente la misma que la de las bicis modernas, sino que el mecanismo de
plegado era una cosa corriente ya que desde el último cuarto del siglo XIX estaba perfectamente desarrollado

miércoles, 10 de agosto de 2016

Fotografía de guerra


La aparición de la foto permitió en pocos años difundir como era de verdad la guerra y, además, con todo lujo de detalles.
Obsérvese la increíble calidad de esta foto tomada en 1866 y que muestra una batería en Annapolis durante la Guerra de
Secesión. Muchas cámaras modernas no llegarían a tanto.

Fotografía realizada por Roger Fenton durante la Guerra de Crimea
(1853-1856) que muestra un campamento británico. Este conflicto fue
el primero que trascendió al público mediante fotografías
La aparición de la fotografía supuso, entre otras muchas cosas, la creación de la figura de lo que hoy conocemos como reporteros de guerra, probos y sufridos ciudadanos que se arrastran entre las explosiones y los campos de batalla para que los que nos quedamos tranquilamente en casa tengamos constancia de lo desagradables que son las guerras. Hasta mediados del siglo XIX la gente no tenía mucha idea de lo que ocurría en una batalla salvo los que tenían la desdicha de que esta tuviera lugar en las cercanías de su pueblo. Así, al término de la misma, tenían ocasión de ver los trenes de heridos, las ambulancias y los carromatos atestados de carne doliente y aullante y luego, cuando ambos ejércitos se largaban con viento fresco y algunos se acercaban al campo de batalla a rapiñar algo, se encontraban con cachos de personas que las escuadras de enterramiento se habían dejado atrás a la hora de dar tierra a los caídos.

Grabados de un periódico de la Unión en el
que se explican varios enfrentamientos en
plan heroico
Así pues, la foto permitió acercar a la opinión pública el verdadero rostro de la guerra, muy alejado del heroísmo y la gallardía con que era reflejada en los grabados de la época. Dichos grabados, que por lo general aparecían en la prensa, mostraban al lector explosiones, cargas de bayonetas, de caballería, etc., pero en ellos no aparecían por ninguna parte los cuerpos despedazados por la metralla ni los cadáveres llenos de mugre tirados en el suelo adoptando posturas extrañas. A lo más, algún que otro caído presentado de forma bastante aséptica, lo que contribuía a quitar hierro a las imágenes terribles que dibujaban los que habían tenido la desgracia de estar presentes en la batalla. Por otro lado, una cosa es un dibujo o una pintura y otra la realidad. Un ejemplo: desde críos vemos cuadros de la Pasión, de la decapitación de Juan Bautista o del martirio de beatíficos cristianos sin que se nos mueva un músculo de la jeta cuando, en realidad, muestran suplicios bastante inquietantes. Sin embargo, si esas mismas escenas nos las muestran en una foto la cosa cambia porque lo asimilamos como la realidad pura y dura y no como el producto de la imaginación del artista. 

A la derecha, foto de unas sepulturas tras la batalla de Antietam. A la
izquierda, un grabado basado en dicha foto. Como queda patente, el
impacto visual de ambas imágenes es bien distinto
Y eso fue lo que ocurrió en la sociedad cuando empezaron a aparecer estas fotos en los periódicos: la fotografía había permitido llevar la guerra muy lejos de los campos de batalla en toda su horrible crudeza, y además de imágenes de grupos de soldados muy sonrientes ante su cañón o de oficiales adoptando poses un tanto forzadas en busca de lo heroico, a los hogares de la gente llegó la prueba inapelable en forma de fotos de que la guerra era bastante chunga, lo que a más de uno se le atragantaría. Recordemos que nuestros tatarabuelos no tenían un televisor delante de la jeta a todas horas mostrando guerras como si fueran juegos de una vídeo-consola, así que la visión de cadáveres que mostraban heridas espeluznantes o los claros síntomas de la putrefacción tras varios días tirados en el campo debió ser un revulsivo notable.

Pila de cadáveres ante el cementerio de Melegnano
tras la batalla de Solferino. La visión de este tipo de
imágenes, tan lejanas del concepto gallardo de la guerra,
fueron algo nuevo para la sociedad de la época
Las primeras fotos bélicas se tomaron durante la guerra de Crimea y el conflicto entre gabachos y austriacos que culminó con la batalla de Solferino y la pérdida de la Lombardía para estos últimos, en la que ambos bandos se masacraron bonitamente con el resultado de más de cinco mil muertos y 23.ooo heridos entre ambas partes. Sin embargo, los fotógrafos aún no se habían sumergido de lleno en la guerra, entre otras cosas por las limitaciones que imponían los pesados equipos fotográficos y de revelado. Hasta aquel momento, el único método para hacer fotos eran los daguerrotipos que empezaron a popularizarse a partir de 1839. Sin embargo, este sistema era aún muy complejo de manejar y precisaba de velocidades de obturación que le daban a uno tiempo de irse a merendar dejando al modelo más tieso que una estaca mientras que, muy lentamente, se imprimía su imagen en una placa de plata o de cobre plateado. Pero el mayor inconveniente es que cada daguerrotipo era una pieza única, no existiendo la posibilidad de sacar copias. Además, la manipulación de estas placas conllevaba el uso de productos más venenosos que una cobra con moquillo a causa del vapor de mercurio necesario para el revelado.

Las fotos de placa húmeda permitieron rebajar notablemente el tiempo de
exposición, lo que supuso poder trasladar al público como era de verdad la
vida cotidiana de las tropas en el frente de batalla
Este inconveniente se solucionó en 1851 gracias a un invento del inglés Frederick S. Archer. La idea consistía en crear el negativo partiendo de una placa de vidrio, la cual era cubierta con una capa de una porquería pegajosa llamada colodión que se obtenía disolviendo algodón pólvora en éter sulfúrico. Gracias a esa substancia se adherían a dicha placa las sales de plata necesarias para obtener una imagen. Esto abarataba el proceso una burrada y, lo más importante, de dicha placa se podían luego obtener miles de copias en papel, lo que revolucionó el mundo de la fotografía ya que, además, hacerse una foto pasó de ser un lujo al alcance de muy pocos a algo asequible a todos los bolsillos. De hecho, el más conocido fotógrafo que intervino en la Guerra de Secesión, Mathew Brady, se interesó por la corresponsalía de guerra cuando su negocio empezó a florecer a base de hacer fotos a los que partían al frente. Se anunciaba en el New York Daily Tribune con un eslogan que decía algo así como "No puedes decir cuándo será demasiado tarde", en referencia a que como nadie sabría cuando le volarían los sesos, mejor dejar un recuerdo antes de irse al frente para, quizás, no volver jamás. El sistema creado por Archer se popularizó hacia 1857.

Brady con dos de sus ayudantes y su laboratorio portátil
No obstante, que nadie piense que los fotógrafos de la época lo tenían fácil. De hecho, Brady fue el primero en lograr que se le permitiera permanecer en las zonas de combate, lo que anteriormente estaba prohibido a civiles y, además, los gastos de material, personal, etc. corrían de su cuenta, por lo que la empresa era inicialmente un tanto incierta ya que actuaría como, según se dice ahora, un free lance. O sea, que si los periódicos no le compraban sus fotos, ruina total porque meterse a fotógrafo de guerra costaba un pastizal en aquella época. Por otro lado, no podía actuar solo. De entrada, los fotógrafos que cubrieron el conflicto tenían que ir tras los ejércitos acompañados de un carro con el material y una cámara oscura para el revelado. Aparte de eso tenían que hacer acopio de placas de vidrio- muy frágiles como es evidente-, los productos químicos para el revelado y uno o más ayudantes para acarrear todo el equipo. 

Como se puede ver en esta placa, el vidrio tenía un grave inconveniente:
se rompía que daba gusto. No obstante, aún estando la placa rota en varios
trozos estos podían unirse y obtener copias de ella
El proceso era bastante engorroso si lo comparamos con el necesario para realizar una foto digital hoy día. En primer lugar había que cubrir la placa con colodión, tras lo cual se impregnaba con sales de plata, operación esta que había que realizar en el cuarto oscuro. Luego se introducía en un contenedor hermético donde no entraba la más mínima luz y se colocaba en la cámara. Lo de taparse la cabeza con un trapo negro era precisamente para impedir la entrada de luz cuando se abría el contenedor y la placa quedaba lista para recibir la exposición. Se abría la tapa del objetivo- nada de regular el ISO o la apertura del diafragma porque eso era ciencia ficción en aquella época- y se hacía la foto, que por lo general requería una exposición de entre dos y tres segundos si la luz era adecuada, lo que convertía al trípode en un accesorio imprescindible. Por eso, si se fijan vuecedes, en las fotos de paisajes o tomadas en el exterior suelen salir movidas las hojas de los árboles si en ese momento soplaba una leve brisa. Luego se volvía a cerrar el contenedor, se extraía la placa y se procedía al revelado en el cuarto oscuro sumergiéndola en ácido pirogálico, tras lo cual se lavaba con agua, se secaba y se barnizaba. A partir de ahí se podían obtener todas las copias que se deseara con la ventaja añadida de que, mientras el daguerrotipo tenía un tamaño invariable, el sistema de placa húmeda permitía hacer las copias en el tamaño que se deseara.

Foto estereoscópica de un soldado confederado abatido por un casco de
metralla en Petersburg, Virginia.
Y en un alarde tecnológico, durante la década de los 60 se pusieron de moda las fotos tridimensionales que, con la ayuda de un estereoscopio, hacían flipar al personal. Como vemos, lo del 3D es en realidad más antiguo que la tos, y puedo dar fe de que son chulísimas de la muerte porque he visto al natural fotos de esas y el efecto es alucinante. Se hacían con una cámara provista de dos lentes como si de dos ojos humanos se tratase, logrando así una sensación de profundidad de la que carecían las fotos normales. Por otro lado, las placas húmedas también tuvieron su versión económica de las mismas con la aparición del ferrotipo, que consistía en una simple chapa de hierro ennegrecido, mucho más barato y resistente que el vidrio. 

Tropas tedescas durante la guerra franco-prusiana de 1870. La fotografía
permitió ver al primo Fritz o incluso al cuñado Otto paseándose por el frente
En definitiva, a partir de la Guerra de Secesión podemos decir que la presencia de fotógrafos en los conflictos bélicos del mundo mundial fue un hecho constante hasta nuestros días. Y no crean vuecedes que no corrían sus riesgos ya que, por citar un ejemplo, el antes mencionado Brady se escapó por los pelos de caer en manos de las tropas confederadas en la batalla de Bull Run. Y fue este mismo personaje el que expuso por primera vez una colección de fotos de guerra en una galería de arte de Nueva York, concretamente en octubre de 1862 y bajo el título de "The death of Antietam"- en referencia a la batalla de Antietam librada el 17 de septiembre de aquel año-, en las que los neoyorquinos pudieron ver que la guerra era cualquier cosa menos el evento envuelto en gloria, heroísmo y honor. Las imágenes que Brady mostró al público dejaron claro que aquello no era más que una cloaca donde unos 23.000 hombres perdieron la vida, y que no murieron de una bala en el corazón y expirando poniéndose de perfil mientras miraban al infinito. Antes al contrario, las fotos pusieron de manifiesto ante las pasmadas jetas del personal las tremendas heridas producidas por las balas Minié, la metralla, la putrefacción de los cuerpos insepultos y el desolador aspecto de unos campos de batalla donde no había lugar para los laureles, sino para la muerte y el sufrimiento.

En fin, así fue como la fotografía de guerra se convirtió en algo cotidiano. No obstante, me temo que la visión del apocalipsis no ha servido para nada porque, a pesar de los millones de imágenes a cual más terrorífica que han llegado a nuestros días, no han servido para quitarnos las ganas de masacrarnos a destajo. O sea, que no tenemos arreglo.

Hale he dicho

Imágenes como esta, que apenas unos años antes eran simplemente inconcebibles, se convirtieron en algo cotidiano hasta
nuestros días. Y lo peor es que no espantan a nadie.