viernes, 18 de abril de 2014

Las armas incendiarias en la Edad Media




El fuego, ese gran descubrimiento que permitió a la humanidad devorar filetes de mamut en su punto, ha sido usado como arma desde tiempos inmemoriales. El fuego lo destruye todo, desde la palloza de un labriego a ciudades enteras, incluyendo a los cuñados más abominables de todos. 

Obviamente, no es plan de soltar aquí una filípica narrando los pormenores del fuego como arma desde tiempos de los sumerios hasta el moderno napalm, así que nos limitaremos a la Edad Media, periodo histórico en el que, debido al constante estado de guerra y los innumerables asedios que tuvieron lugar, el fuego fue uno de los principales protagonistas para convertir a los enemigos en momias calcinadas de forma que podían darlos de baja definitivamente en sus listas de enemigos a eliminar. Veamos pues...

Ante todo, debemos tener en cuenta que el fuego era básicamente un arma de asedio, no anti-persona. Eso que se ve en las pelis de los arqueros clavando una flecha incendiaria en plena barriga a un enemigo queda muy molón y da tela de repeluco, pero para matarlo no hacía falta que la flecha ardiera. Bastaban los 15 ó 20 centímetros de vara de fresno rematada por una punta barbada de hierro para finiquitarlo bonitamente. Por otro lado, también era un arma muy a tener en cuenta en las marinas de guerra ya que los barcos estaban fabricados de madera si bien el hecho de llevar a bordo substancias inflamables era un riesgo que pocos estaban dispuestos a correr hasta la aparición de la pólvora y, con ello, la artillería naval.

Así pues, algunos se preguntarán: ¿qué utilidad tenía entonces el fuego como arma? ¿cómo podía destruir un castillo fabricado de piedra? Pues muy fácil. Los "bombardeos" medievales a base de bolaños de piedra que pesaban varios quintales no solo servían para intentar derribar murallas, sino también para, mediante tiro parabólico, ir destruyendo las techumbres de las dependencias interiores del castillo, todas fabricadas de madera incluyendo muchas veces incluso la de la torre del homenaje y sus entresuelos, como ya se vio en una entrada al respecto. Dentro de esas dependencias había almacenes con provisiones, armas, dormitorios para la guarnición, etc. Si un proyectil incendiario caía dentro, se acabaron las provisiones, se acabaron las armas y se acabó dormir bajo techo. La moral se venía abajo, no había qué comer y, como consecuencia de ello, la rendición sería un hecho mucho antes de lograr abrir una brecha en la muralla o de intentar un asalto de dudoso éxito que, además, produciría muchas bajas propias.

Por lo tanto, nuestros belicosos ancestros no dudaban en hacer uso del fuego cada vez que se terciaba, y pagaban elevadas sumas a los ingenieros militares de la época que guardaban como oro en paño los secretos de las mixturas más virulentas a la hora de achicharrar al enemigo. Veamos algunas de ellas:

La falarica.  Se trataba de un dardo de gran tamaño que se lanzaba mediante una balista o un escorpión, armas de asedio ya usadas por los romanos y que perduraron hasta bien avanzada la Edad Media. Según San Isidoro, iba provista de una bola en el hierro, posiblemente para darle más contundencia. Su punta la podemos ver en la imagen de la derecha. Como se puede apreciar, la punta está "hueca" para alojar en ella estopa empapada en brea o azufre. Eso bastaba para incendiar cualquier cosa susceptible de arder, incluyendo los pabellones, carros y, naturalmente, las máquinas de asedio de los sitiadores ya que tanto las balistas como los escorpiones también podían ser usados por los sitiados. Y, como ya podemos suponer, intentar matar a un enemigo con una balista era como matar una mosca a escopetazos, entre otras cosas porque la balista era una máquina apta para objetivos fijos, no para acertar a un tipo que corría como un gamo de un lado a otro para esquivar las flechas y virotes del enemigo.

Máquina para lanzar fardos o pellas ardiendo
Pero la falarica era lo más básico. Los ingenieros de la época tendían a hacer uso de métodos mucho más contundentes que simples dardos incendiarios. Dichas preferencias solían ir encaminadas a provocar incendios del tal magnitud que fueran incontrolables, provocando la rendición de la plaza sitiada o bien el levantamiento del cerco por parte de los sitiadores. Un ejemplo de lo segundo lo tenemos en el sitio a Berwick, llevado a cabo por los ingleses en 1319 contra la guarnición escocesa que defendía la plaza. Los escoceses contaban con la ayuda de un ingeniero de origen flamenco por nombre John Crabbe, el cual diseñó un fardo de lana que iba impregnado de alquitrán y azufre. Dicho fardo iba atado a unos aros de hierro y eran lanzados o, mejor dicho, dejados caer, mediante un toleno, que eran unas grúas contrapesadas muy al uso en aquella época. El objetivo no era otro que la techumbre de la entrada a la mina con que los ingleses pretendían abrir una brecha en la muralla. Dicha techumbre había sido blindada para protegerla precisamente del fuego así que, previamente al lanzamiento del aro incendiario, la dañaron a base de bolaños para que el fuego penetrase. Cuando se culminó la acción, los zapadores quedaron incinerados, pudiendo escapar solo unos pocos.

Otro método, este bastante usado por los sitiadores y que sale mucho en las pelis porque resulta muy vistoso, eran las pellas. Las pellas eran bolas fabricadas con estopa por lo general, e impregnadas en brea y azufre. Eran lanzadas con máquinas de tiro parabólico como las manganas, con lo que se conseguía introducirlas en el interior de las fortificaciones. Un método similar era lanzar vasijas de barro con brea caliente y provistas de una mecha. Al romperse la vasija, la brea se inflamaba con facilidad al estar previamente calentada y salía despedida en todas direcciones, produciendo aún más daños que las pellas. Incluso los mismos asaltantes o sitiadores podían hacer uso de lo que podríamos llamar granadas incendiarias, artefactos como los que vemos en la foto de la izquierda. Como se puede comprobar, su similitud con las primeras granadas de mano es bastante grande. Estas pequeñas vasijas de barro podían llenarse de brea o de pólvora cuando ésta hizo su aparición en Europa. Sus efectos en este caso también podían ser contra los asediados o viceversa ya que, si se rompían o estallaban cerca de un enemigo, podía prenderle la ropa o llenarle el cuerpo de esquirlas de barro cocido cortantes como cuchillas.

Un invento similar a las pellas eran unas cestas llenas de paja y lino bien prensado, todo empapado de grasa animal que, por cierto, arde que es una cosa mala. Se lanzaban del mismo modo que las pellas, con manganas o fundíbulos. Este sistema lo usaron los cátaros de Montségur para intentar quemar uno de los fundíbulos de los cruzados, pero sin éxito ya que estos se dieron cuenta de las intenciones del personal y pudieron apagar el fuego a tiempo. 

Mangana o mangonel
Pero, indudablemente, de donde vinieron las mixturas más elaboradas y mortíferas fue de Oriente y de Bizancio. Tanto los árabes como los griegos idearon mogollón de fórmulas, algunas quizás obtenidas en la China, las cuales llegaron a Europa gracias a los cruzados o mediante antiguos tratados de tiempos de los romanos, como el que el duque de Anjou, Godofredo de Plantagenet, usó durante el cerco a Montreuil-en-Bellay en 1147. En este caso, se trataba del Sexto Libro de Vegecio, en el cual aparecía una fórmula de la que se valió para despejar la brecha que había conseguido hacer con un ariete. Mandó fabricar un recipiente de hierro, el cual se llenó con aceite de nuez, lino y semillas de cáñamo. Una vez lleno se selló y se puso a calentar en un horno hasta que notaron como el aceite hervía. Lo sacaron y enfriaron con agua la cadena que sujetaba el recipiente tras lo cual la sujetaron al brazo de una mangana y lo lanzaron contra la brecha. Al chocar contra el suelo, el recipiente se abrió con gran violencia, extendiendo el fuego por todas partes e incendiando varias casas adosadas a la muralla. La magnitud del incendio hizo huir de la zona a la guarnición, lo cual fue aprovechado por los asaltantes que, en cuando el incendio remitió un poco, se apresuraron a invadir la brecha.

Otra maligna receta nos vino del LIBER IGNIVM, una obra de Marcus Græcus en la que da la receta de una mixtura denominada "aceite de los filósofos", la cual constaba de polvo de ladrillo rojo, aceite de linaza y aceite de nuez o de cáñamo. Esta mezcla se debía destilar, tras lo cual se obtenía el producto que, según el tal Græcus, ardía más que la sala de espera del Infierno. Pero el invento más letal y asqueroso era, como es de todos sabido, el fuego griego. Nada era capaz de apagarlo. 

Una nave bizantina abrasa a una enemiga con un
chorro de fuego griego
El fuego griego fue inventado por los bizantinos en el siglo VII d.C. Fue introducido en Europa por los cruzados que trajeron la fórmula de Tierra Santa y, al parecer, fue usado en el Viejo Continente por primera vez en el sitio de Nottingham en 1.194. Parece ser que su fórmula, mantenida en secreto durante siglos, era la siguiente: azufre, ácido tartárico, brea, sulfato cálcico, sal hervida, petróleo, aceite común y el extracto de una planta gomo resinosa llamada paula sarcocolla. Para usarlo era preciso calentarlo previamente. Según la crónica de Geoffrey de Vinsauf (s. XII) sólo el vinagre lo apagaba, y la arena sólo mitigaba sus demoledores efectos. Al cabo, nada o casi nada permanece en el limbo para siempre, que si se pone oro en cantidad de por medio se ablandan las lenguas más pétreas.

Su uso en Europa no llegó al nivel técnico de los bizantinos, que idearon incluso la forma de lanzarlo como si de un lanzallamas se tratase (ya hablaremos de eso en otra entrada), así que se limitaron a lanzarlo en vasijas provistas de mechas fabricadas con trapos o similares. Lo peor del fuego griego era que, por su textura pegajosa, se adhería a todo, incluyendo al pellejo del personal lo que producía quemaduras terroríficas. Solo saber que el enemigo disponía de fuego griego podía ser suficiente para provocar la huida o la rendición del enemigo. Como dato curioso, señalar que durante el cerco a Sevilla (1247-1248), los andalusíes lanzaron por el río corriente abajo varias balsas cargadas con fuego griego a fin de incendiar las naves castellanas, si bien no tuvieron éxito en la acción. 

Y también como curiosidad final, comentar que en el Concilio de Letrán (1139), en el mismo en que se prohibió el uso de las ballestas contra cristianos, se vetaron igualmente las armas incendiarias. Como hemos visto, le hicieron el mismo caso al papa con las armas incendiarias que con las ballestas, o sea, que se pasaron las anatemas  pontificas por el forro. Con todo, la existencia de estas mixturas incendiarias tuvieron su fin con la pólvora, que era mucho más efectiva y por la que no había que pagar a alquimistas o ingenieros verdaderas fortunas para que las fabricasen. 

En fin, ya está.

Hale, he dicho...