viernes, 18 de septiembre de 2015

Montségur, la sinagoga de Satán


Dilectos lectores, pierdan cuidado vuecedes porque ni he estirado la pata ni se me a vuelto a fastidiar el puñetero ordenador. El motivo de tantos días ausente obedece simplemente a que debo aprovechar que la musa literaria me acompaña desde hace unos días para dar remate a otra de mis apasionantes, amenas, educativas y maravillosas novelas históricas (no, no tengo abuela, la pobre palmó años ha, así que solo me tengo a mí para echarme flores).

Bueno, hela aquí:




Chula la portada, ¿que no? El relato va de los ominosos hechos que condujeron al asedio de Montségur en el contexto de la Cruzada Albigense, tema este que ya se ha tratado en algunas entradas y que pueden vuecedes bichear en la etiqueta que reza "castillos cátaros". Es un período de la historia apasionante y, por lo general, bastante desconocido, por lo que vendrá de perlas para aprender sobre el mismo y dejar planchado al cuñado listillo que se ha visto todos los documentales sobre cátaros de Youtube. Por cierto, lo de "sinagoga de Satán" no va de subtítulo así como queriendo dar un toque misterioso al relato, sino que es como la Inquisición denominaba a esa fortaleza por ser la capital espiritual del catarismo hasta su caída en 1244.

En fin, ahí dejo un cacho del primer capítulo. Mañana colgaré el resto, porque es un poco largo para una sola entrada. Espero sea del agrado de vuecedes, así como que estén anhelando desesperadamente la próxima publicación del libro que, por cierto, incluirá un glosario de terminología cátara para que no tengan vuecedes que echar mano a la Wikipedia esa.

Hale, he dicho

Capítulo 1

Massabrac, año de 1232

         Hacía frío, mucho frío. Aunque era ya casi media tarde, una fina capa de bruma se obstinaba en mantenerse pegada al suelo, llenando los barrancos con una pegajosa neblina blancuzca. El cielo plomizo amenazaba con lluvia, pero solo caía de vez en cuando un breve calabobos que contribuía a aumentar el deleitoso aroma de la tierra mojada. Desde el amanecer, el señor de Perelha aguardaba la llegada del obispo albigense Guilhabert de Castres. No habían acordado una hora concreta para la cita, pero había preferido acudir al lugar de encuentro bien temprano para prevenir alguna celada. Aunque el obispo jamás se movía sin tomar unas precauciones que a veces rayaban en la manía persecutoria, nunca estaba de más mantenerse alerta en todo momento. Los prebostes y sargentos del conde de Tolosa se movían como culebras por todas partes, y no sería la primera vez que un encuentro con los buenos hombres acababa en una batalla campal al verse sorprendidos por un piquete de guardias dispuestos a arramblar con el máximo número posible de herejes.
         Su nutrido séquito, formado por hombres de armas seleccionados, se había distribuido por los alrededores para impedir cualquier ataque repentino. Armados con ballestas, no se les escapaba ni el movimiento de un ratón entre la maleza. Eran gente del país, acostumbrados a moverse por los sitios más abruptos y, lo más importante, vinculados a la familia de los Mirapoix desde hacía generaciones. Solo un pequeño grupo de cinco caballeros se mantenían junto a su señor como última línea de defensa en caso de verse rodeados. Todos eran creyentes dispuestos a dar la vida por el clan al que servían y, naturalmente, en defensa de su fe.
         Un agudo silbido lo sacó del ensimismamiento que lo tenía medio adormilado desde hacía ya un largo rato, apoyado en el tronco de un roble tan viejo que todos los caballos de su escolta podían permanecer bajo el abrigo de su descomunal copa. Sacó la cabeza de entre el cuello de piel de ardilla de su tabardo y buscó de donde provenía la señal.
         -¡Allí, monseñor!- le indicó uno de sus caballeros señalando al valle que se extendía hacia el norte.
         Desde la colina en la que se habían detenido a esperar se divisaba una mancha oscura que avanzaba a buen ritmo por el camino que conducía desde Saverdun a Massabrac. Entumecido tras tanto tiempo inmóvil, se levantó trabajosamente y, tras desperezarse haciendo crujir su espinazo, hizo una visera con la mano para ver mejor.
         -¿Son ellos?- preguntó al vigía. Su vista ya no era la misma de antaño.
     -Juraría que sí, monseñor- respondió el hombre poniéndose de pie en los estribos y entornando los ojos.
         -Ve y lo compruebas. No quiero sorpresas.
         Sin hacerse repetir la orden, el caballero señaló a dos de sus compañeros y salieron a galope tendido en dirección al grupo. En menos de dos minutos eran solo una mota grisácea que se alejaba de la colina a toda velocidad medio engullidos por la bruma.
         -¡Bertrand, que todos estén alerta!- ordenó a un sargento. A continuación se ajustó el yelmo y se aupó en su corcel. Un paje le tendió su escudo, que quedó colgado a su espalda. Desde hacía mucho tiempo, Raimon de Perelha no acudía a una sola cita sin ir armado de punta en blanco.
         Al cabo de diez minutos, uno de los jinetes estaba de vuelta dando aviso de que, en efecto, el obispo Guilhabert de Castres junto a un numeroso séquito estaba a punto de llegar. Más tranquilo, el señor de Perelha devolvió el escudo al paje junto con el yelmo, dejando su cabeza cubierta con la cofia de lana roja que solía usar. Cuando el obispo llegó a la cima del cabezo, detuvo su mula y descendió muy sonriente. Tanto Raimon de Perelha como su escolta personal se pusieron de rodillas para hacerle el melhorament, el saludo ritual a un Perfecto o, en este caso, a un obispo.
         -Benedicite, Domine- recitaron todos a una mientras se inclinaban hasta besar el suelo.
Por tres veces repitieron la misma fórmula acompañándola de sendas reverencias.
-Buen cristiano, ruega a Dios por nosotros con el fin de que Él nos guarde de una mala muerte y nos conduzca a buen fin.
         -Recibid la bendición de Dios y la mía. Que Dios os bendiga, os guarde de una mala muerte y os conduzca a buen fin- replicó a su vez el obispo.
         A continuación, tras rezar todos juntos el Padrenuestro, se levantaron del suelo y se besaron tres veces, una en cada mejilla y otra en la boca, ritual que repitieron con todos y cada uno de los treinta Perfectos que acompañaban al obispo. Los hombres de armas de la escolta del señor de Perelha se miraban con gesto divertido al ver como aquellos herejes dedicaban más de veinte minutos solo a saludarse con la misma parsimonia que si estuvieran en una recepción en la corte. Tras la inacabable ceremonia de bienvenida, Raimon invitó al obispo a sentarse en un catrecillo mientras su paje le ofrecía una bota de vino que fue aceptada de buen grado por Guilhabert, al que el frío había atenazado sus miembros como si se le hubieran convertido en piedra.
         -¿Qué os trae tan lejos?- preguntó impaciente el anfitrión, que a pesar de ser un creyente convencido no acababa de adaptarse a aquellos rituales tan repetitivos-. ¿Qué asunto tenéis tanta urgencia en tratar conmigo?
         El obispo, en cuyo rostro siempre resplandecía una abierta sonrisa, devolvió la bota al paje antes de responder.
         -Dejadme tomar resuello, hermano Raimon- respondió Guilhabert, que con sus sesenta y cinco años a cuestas no estaba ya para tomarse las cosas con tanta premura-. El viaje me ha agotado, tengo el frío metido en los huesos y mis posaderas deben estar en carne viva.
         Raimon asintió disculpándose. Su vehemencia siempre le perdía.
         -Ciertamente, hace un día muy desapacible y no queda mucho antes de que se haga de noche, por lo que convendrá dejar nuestra entrevista para mañana y buscar donde aposentarnos- sugirió-. A menos de media legua disponemos de alojamiento seguro. En casa de mi hermana Azalaïs podremos pernoctar y reponer fuerzas sin peligro.
         -La buena Azalaïs…- murmuró el obispo sonriendo- ¿Sabías que Jean Cambiaire, mi Hijo Menor, administró el consolamentum a su marido Alzieu antes de fallecer?
         -No, no tenía idea- replicó impaciente-. ¿Nos ponemos en marcha? Estos caminos no son seguros, y no quisiera toparme con merodeadores del conde Raymond.
         -Más me preocupan los tolosanos de la Cofradía Blanca, hijo mío. Desde que Fulco de Marsella creó esa milicia de demonios nos han hecho más daño que los guardias del conde porque, al cabo, entre ellos tenemos creyentes. Sin embargo, los tolosanos son católicos fanáticos que nos odian a muerte.
         -Como todos- admitió con amargura Raimon-. A veces pienso que si el odio pesara como el plomo hace mucho que nos habrían aplastado como a gusanos.
         El obispo asintió y ordenó a su séquito disponerse para proseguir la etapa ya que, aunque no quería aparentarlo, estaba literalmente al límite de sus menguadas fuerzas y tenía la necesidad imperiosa de descansar ante un buen fuego. Pocos hombres llegaban a su edad en aquella época, y más cuando se veían, como era su caso, sometido a una constante tensión y sintiendo a todas horas en su nuca los ojos de tantos enemigos que estaban deseando verlo arder como una tea. Así pues, tras reponerse un poco con un trozo de pan y otro trago de vino bastante mediocre que le ofreció un sargento, sin más dilación se pusieron en marcha.
         Raimon, siempre obsesionado con la seguridad, ordenó a sus hombres de armas que fueran descubriendo tierra. A los del séquito del obispo los envió a cubrir los flancos de la comitiva, haciendo especial hincapié en que no perdieran de vista las crestas de los cerros entre los que serpenteaba el camino. Cuando llegaron a su destino, Azalaïs de Massabrac ya los esperaba ante la puerta de su casa solariega junto sus cuatro hijos. En realidad, el destartalado caserón era una torre a la que sucesivas reformas llevadas a cabo a lo largo del tiempo habían convertido en una casa fuerte formada por un cuerpo principal y diversas dependencias adosadas al mismo. La vieja torre seguía conservando sus cualidades defensivas, estando coronada por un cadalso que circunvalaba su azotea.
         La señora del lugar y su familia acogieron con gran júbilo a Guilhabert. Viviendo en un sitio tan aislado rara vez tenían ocasión de poder escuchar la palabra de un obispo. Azalaïs había recibido el consolamentum cuando murió su marido, por lo que era una Perfecta y no debía llevar a cabo el complejo rito de salutación a su visitante si bien siendo un personaje tan importante lo recibió con grandes muestras de respeto.
-Oth, disponlo todo para dar alojamiento a estos buenos cristianos- ordenó a su hijo mayor, que no sabía cómo alojar a aquella caterva de gente. Sin embargo, ellos mismos se acomodaron a su aire diciéndole al atribulado sirviente que no se preocupara. Se limitaron a extender unas brazadas de paja en el suelo de un almacén, y para comer se aviaron con las parcas vituallas que llevaban en sus alforjas.
         Tras agradecer a su anfitriona la bienvenida, el obispo fue conducido a un destartalado salón que había conocido tiempos mejores. Sintió un gratificante golpe de calor gracias a la gran chimenea que daba a la desolada estancia un poco de calidez. Sin embargo, su escaso mobiliario, viejo y descuidado, eran una clara muestra de que los Massabrac ya no eran ni remotamente los acaudalados señores de antaño. Los reposteros que cubrían las paredes mostraban grandes manchas de humedad y estaban descoloridos y deshilachados, y a falta de alfombras habían tenido que recurrir a cubrir el suelo con paja para aminorar un poco la humedad que se elevaba del mismo. El obispo tomó asiento en una jamuga, notando como las articulaciones de sus rodillas crujían como las tracas de una vieja galera azotada por las olas. El madrugón y la larga cabalgada le hacía sentirse aterido y con los miembros completamente entumecidos. Le ofrecieron una jarra con un tonificante vino caliente perfumado con clavo que, junto al grueso tabardo con que lo arropó amorosamente su anfitriona, obraron en el anciano un rápido efecto, quedándose dormido a los pocos minutos ante el hermoso fuego que iluminaba la estancia con una agradable y relajante luz anaranjada.
         -¿Qué ocurre, Raimon?- preguntó la dueña de la casa en voz baja mirando de reojo al obispo, que roncaba plácidamente.
         -No lo sé. Solo te puedo decir que hace dos semanas recibí recado de vernos cerca de aquí, pero no creo que sea nada relevante. Ya sabes que el obispo es a veces un poco exagerado.
         -¿Y tu mujer Corba, cómo está?
         -Supongo que bien. Sigue en Montségur con nuestra madre, dedicadas a la vida contemplativa. En realidad, allí están mejor que conmigo. La vida con un faidit no es plato de buen gusto.
         Azalaïs asintió en silencio. Ciertamente, ser desposeído de casi todas sus tierras para verlas entregadas a los líderes de los cruzados o al rey de Francia debía ser una afrenta difícil de digerir para una nobleza que, a pesar de haber abrazado la pujante herejía que hacía de la austeridad y la vida sencilla unos de sus dogmas, no era capaz de renunciar por completo al espíritu de su clase social, inculcado en su propia sangre desde generaciones y generaciones.
         -¿Y a ti, como te van las cosas?- quiso saber Raimon mirando de arriba abajo a su hermana.
         Azalaïs no presentaba precisamente buen aspecto. Su pelo rubio que antaño era la envidia de todas las damas y que despertaba la admiración de todos los gentileshombres se entreveía ajado y lleno de canas bajo su toca de viuda. Su rostro estaba demacrado, y unas profundas arrugas habían hecho acto de presencia en la frente, los ojos y las comisuras de la boca. Incluso sus manos, famosas por su perfección y finura, se habían encallecido y mostraban cicatrices de sabañones.
         -Ya puedes imaginarlo- respondió Azalaïs encogiéndose de hombros-. Si ser un faidit es un suplicio, ser la viuda de uno de ellos es un infierno. Solo nos han dejado la casa, y subsistimos gracias a las telas que confeccionamos entre la niña y yo. Oth, Raimon y Alzieu se dedican a cazar y a cuidar el huerto, aparte de merodear con los pocos servidores que aún nos son fieles para impedir que la gente del preboste haga de las suyas. Si no fuera por los hijos hace tiempo que me habría librado de mi envoltura carnal para abandonar este mundo obra de Lucifer. ¿Recuerdas al viejo Guifré, el fiel mayordomo de mi marido?
         Raimon asintió sin decir nada. Ciertamente, se acordaba de aquel orondo sirviente que profesaba a su señor una fidelidad rayana en la adoración.
         -También recibió el consolamentum cuando murió Alzieu- prosiguió Azalaïs con una sombra de tristeza en los ojos, la única parte de su rostro que aún conservaba la frescura de antaño-, pero él fue más valiente que yo. Cuando llevó a cabo la endura tras convertirse en Perfecto, simplemente dejó de comer hasta consumirse. Él ya goza de la presencia de Dios, libre para siempre de la carne. No quiso seguir en este infierno, viendo como sus diablos nos martirizan sin descanso. Dime, hermano, ¿cuándo acabará esto? ¿Cuándo nos dejarán en paz de una vez?
         -No quiero hablar de eso ahora- cortó Raimon en vista de que su atribulada hermana estaba a punto de iniciar un largo interrogatorio acerca sus penurias que no estaba por la labor de soportar-. Estoy muy cansado, así que te agradeceré que me perdones. Mañana nos espera un largo día.
         Tras darle un beso en la frente, Raimon se marchó a su aposento dejando a Azalaïs un poco contristada por verse privada de algo de conversación que no fueran los dimes y diretes de los criados, por lo que se tuvo que conformar con pasar la velada ante el fuego acompañada solo por los resoplidos del obispo.

Continuará tumorrou...