viernes, 26 de febrero de 2016

Las condecoraciones en el ejército romano. PHALERÆ


Ciudadano recreacionista en plan centurión
victorioso luciendo sus PHALERÆ
Los seres humanos siempre hemos tenido la obsesión de demostrar al personal que somos más guapos, más listos o más valerosos que el resto de los mortales. Ese acendrado sentimiento, que en realidad no es más que la consecuencia de una vanidad galopante, tiene su lado positivo en acentuar el afán de superación por emular al que destaca, en crear una sana ambición por mejorar en base a un reto auto-impuesto: ser aún más guapo, más listo y más valeroso que aquel al que tomamos como ejemplo a seguir. Por ese motivo, desde tiempos remotos se tuvo muy presente que a los probos ciudadanos que acudían a la llamada de las armas y se portaban como los buenos había que reconocerles públicamente sus méritos. ¿Acaso no conocemos todos la coronas hechas con ramas de diversos árboles usadas inicialmente por los griegos para esta finalidad? Este halago ante el resto de la comunidad era el acicate para que el premiado fuese aún más valeroso, ya que se había convertido en el referente, y para que sus compañeros se dejasen de pamplinas y pusiesen más empeño en aliñar enemigos con denuedo.



Cipo funerario del AQVILIFER Gneo Musio, de la XIV
LEGIO GEMINA. Entregó la cuchara con solo 35 años en
Mainz. A pesar de su juventud ya recabó varias 
recompensas: dos torques, un juego de PHALERÆ 
y una ARMILLA que porta en la muñeca derecha
Los romanos, que en eso de la psicología eran unos máquinas, no dudaron en adoptar esta costumbre griega y, ya puestos, añadir a las tradicionales coronas otras recompensas tanto de tipo económico como simbólico para estimular al personal. De hecho, Polibio ya señalaba que todas las guerras que los romanos habían concluido victoriosamente eran como consecuencia de una inteligente aplicación de premios y castigos, y Onasandro, en su obra Strategikos, coincide en que solo cuando los valientes son recompensados y los cobardes castigados el ejército tendrá mejores expectativas de triunfo. Por todo ello, ya en tiempos de la República se establecieron una serie de recompensas o DONA MILITARIS mediante las cuales se destacaban los méritos de los más arrojados combatientes, a los que se les llamaba a la tribuna tras la parada en las que se celebraba una victoria, y ante todo el ejército se exaltaba su valor y se le hacía entrega del premio con frases como VIRTVS ATQVE OPERA IN EA PUGNA (por su valor y hechos en la batalla), VIRTVTIS CAUSA (por su valor) o VT MERITVM (conforme a sus méritos). Esta breve pero significativa ceremonia concluía con la entrega de la recompensa: premios en metálico, ascensos o cualquiera de las condecoraciones al uso en función de la acción llevada a cabo en la batalla, que serán las protagonistas de esta pequeña monografía sobre este interesante tema.


Porque deben vuecedes saber que, aunque pueda parecer lo contrario, el soldado romano apreciaba más la entrega de un premio simbólico que material. Al cabo, el dinero se gastaba en juego, putas y vino mientras que la condecoración se convertía en una muestra palpable de su valor y, quizás más importante para ellos, motivo de respeto por parte de sus inferiores, sus iguales e incluso sus superiores. De hecho, ¿no impresiona hoy día ver a un militar con el pecho lleno de medallas? Un ejemplo de esta preferencia por lo simbólico lo tenemos en un AVXILIA de caballería al que, durante la guerra civil, su inmediato superior, Tito Acio Labieno, recomendó para que fuera recompensado con una ARMILLA de oro. El general del ejército, Quinto Cecilio Metelo Escipión, se negó alegando que el jinete había sido esclavo por lo que Labieno, como contrapartida, le ofreció unas monedas de oro. El hombre las tiró al suelo muy enojado por la injusticia cometida con su persona, tras lo cual Metelo accedió a concederle un torque de plata que, aunque valía mucho menos que las monedas ofrecidas por Labieno, representaban un premio mucho más valioso para el AVXILIA. Así pues, vemos como el ejército aprendió a tener contentitos a los más bragados para que sirvieran de ejemplo a los demás y, para ello, crearon toda una escala de recompensas que, en función de la época, eran administradas en función del rango si bien, en teoría, había algunas que podían ser ganadas por cualquier militar.

Y como tampoco quiero alargar más este introito, vamos al grano comenzando por la condecoración más conocida por todos los aficionados a la historia militar: la PHALERA.



A la izquierda se puede ver una PHALERA de cristal con el
rostro de Germánico, el hermano de Clau-Clau-Claudio. A
la derecha tenemos una GALEA con varias PHALERÆ
Inicialmente, las PHALERÆ no estaban concebidas como recompensa militar. En sí mismas eran solo unos discos de pequeño tamaño fabricados de metal y, a veces, de cristal embutido en cerámica que, según algunos autores, podía ser un distintivo de rango entre los militares pertenecientes al ORDO EQVESTER. También eran denominadas como PHALERÆ los pequeños tachones, generalmente de bronce, que se colocaban a modo de refuerzo en los laterales y las carrilleras de los cascos. Con todo, lo que sí parece claro es que las PHALERÆ eran unos objetos que, inicialmente, estaban relacionados con la caballería ya que esta palabra también se usaba para designar un tipo de decoración para los arreos de los caballos, algo así como los pinjantes usados en la Edad Media con la misma finalidad ornamental.


En la ilustración de la izquierda podemos ver una réplica moderna de un arnés de caballo adornado con varias PHALERÆ y, de hecho, un motivo que suele aparecer con frecuencia en las lápidas de los legionarios que habían servido en la caballería es en forma de bajorrelieve en el que se ve un EQVVS PHALERATVS, o sea, un caballo con PHALERÆ. Como vemos en la imagen, las PHALERÆ más primitivas eran simples discos con un pequeño umbo central y círculos concéntricos, nada que ver con las elaboradas piezas que fueron surgiendo posteriormente, cuando las PHALERÆ se instituyeron como una de las DONA MILITARIS más habituales.



Lápida de un EQVES en la que éste aparece derrotando
a un celta sobre su caballo adornado con dos PHALERÆ
La referencia más antigua respecto a estos adornos convertidos en premio la dio Polibio, que afirmaba que cuando un legionario mataba y despojaba a un enemigo era recompensado con una PATELLA (ya hablaremos de ellas) si era un infante y una PHALERA si se trataba de un jinete. De ello se ha deducido, ya que las fuentes al respecto durante la República no parece ser que lo expliquen con claridad, que el uso de estos objetos como condecoración surgió de la costumbre de portarlos sobre el cuerpo en vez de en el arnés del caballo. O sea, que podría ser que las PHALERÆ obtenidas como recompensa fuesen inicialmente colocadas en dichos arneses y que, por el motivo que fuere, en algún momento poco antes del Principado, se empezó a poner de moda portarlas sobre uno mismo para poder presumir a todas horas de tipo valeroso. 



Sea como fuere, los primeros testimonios de esta forma de colocarlas datan de tiempos de Augusto, por lo que nos vamos a finales del siglo I a.C. e, inicialmente, parecer ser que eran bastante básicas, sin adornos de ningún tipo. Un ejemplo lo tenemos en la lápida de la derecha, perteneciente a Gaio Alio Oriens, PRIMVS PILVS de la LEGIO XIII. Junto a tres coronas áureas, dos ARMILLÆ y dos torques aparecen, debajo del todo, un juego de PHALERÆ sin decoración de ninguna clase, aunque algunos sugieren que tal vez pudieran haber estado policromadas en su momento, opinión de la que difiero porque si el tallista se entretuvo en dar forma a las coronas áureas y los torques no veo por qué razón no hizo lo propio con las PHALERÆ. Por otro lado, no es la única en la que aparecen este tipo de condecoraciones con una decoración de lo más espartana, muy alejadas de las elaboradas piezas que todos solemos tener en la mente cuando salen a relucir por cualquier motivo.





Reverso de una PHALERA en forma de riñón en el que
se puede leer el nombre que dejó grabado su propietario,
Domicio Atico
En todo caso, la cuestión es que pronto se empezaron a adoptar diversos tipos de decoración más o menos elaborados en función, como siempre, del tema económico si bien hay que hacer constar que las condecoraciones no eran adquiridas por los legionarios, sino que les eran entregadas, digamos, en usufructo ya que si palmaban en combate eran restituidas junto a su equipo a los almacenes del ejército para su posterior reutilización, detalle este que se ha deducido por el hecho de haber aparecido conjuntos de PHALERÆ en cuyo reverso se leían dos nombres diferentes; o sea, que el finado estaba usando condecoraciones de dos colegas muertos o, al menos, de uno mientras que el otro nombre era el suyo. Desde luego, esta gente era de un pragmático que acojona, ¿no? 



Por lo demás, las PHALERÆ se entregaban en conjuntos de nueve piezas que solían llevar una decoración diferente, estando combinadas las más básicas de anillos concéntricos con otros motivos más elaborados como rosetones, cabezas de león, de pájaros, de dioses, humanas o de espíritus del ultramundo. También podían ir acompañadas de un creciente o de una pieza con forma de riñón como la que vimos en la foto anterior. En cuanto a sus dimensiones, oscilaban por lo general por los 80- 115 mm. de diámetro, y aunque en teoría eran de oro o plata, en realidad estaban fabricadas con bronce y chapadas con uno de los dos metales preciosos. Como es de todos sabido, eran portadas sobre un arnés formado por tiras de cuero en el que, además de las PHALERÆ, se añadían otras recompensas como las coronas o los torques. En la ilustración superior vemos la conformación de estos arneses, que podían tener las tiras de cuero perpendiculares u oblicuas y que eran abrochadas a la espalda mediante hebillas.



La fijación de las PHALERÆ a la correas del arnés se llevaba a cabo de diversas formas. La más básica era mediante simples tetones que eran remachados añadiendo una arandela cuadrada para impedir que se salieran del arnés con el uso. Las otras dos podemos verlas en las figuras de la izquierda. Una de ellas tiene unas pequeñas argollas que pasan por los ojales abiertos en las tiras de cuero, y quedan fijadas mediante presillas. De ese modo podían quitarse y ponerse a voluntad. Al lado vemos otro sistema similar formado por dos o tres botones que se abrochaban a los ojales de las correas de cuero, permitiendo igualmente eliminar las PHALERÆ si era preciso

Para concluir, comentar que la concesión de este tipo de recompensas solía verse acompañado de otros no menos jugosos, como dinero, ascensos o incluso la obtención de la ciudadanía en caso de las tropas auxiliares y, contrariamente a otro tipo de recompensas como las coronas cívicas o murales, que eran otorgadas por hechos muy concretos, las PHALERÆ eran concedidas por actos de valor de cualquier tipo. Sin embargo, tanto estas como otras condecoraciones fueron banalizándose y perdiendo su valor, especialmente a partir del siglo III, cuando el ejército fue reformado dejando atrás la distinción entre unidades formadas por ciudadanos y extranjeros.

En fin, se acabó. Ya seguiremos con otra condecoración.

Hale, he dicho

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