jueves, 3 de noviembre de 2016

Obispos guerreros: Antony Bek, el poderoso obispo de Durham


Recreación de Antony Bek durante la batalla de Falkirk,
celebrada el 22 de julio de 1298. En esta batalla es donde
fue definitivamente derrotado el caudillo escocés
William Wallace
Tal como hemos ido viendo a lo largo de las entradas dedicadas a estos belicosos clérigos, no solo tenían en común una inquietante afición a acudir con sus mesnadas a las llamadas a las armas de sus respectivos monarcas, sino también a tomarse mucho más interés por las cuestiones del siglo que por las almas de sus pecadoras ovejas. Un preclaro ejemplo de este tipo de religioso nobiliario es, sin lugar a dudas, Antony Bek, que por su condición de obispo de la riquísima diócesis de Durham se convirtió en un verdadero príncipe en todos los sentidos del término. Quizás el que mejor supo definir el estatus del obispo fue su canciller, que dejó dicho que "hay dos reyes en Inglaterra, a saber: el señor rey de Inglaterra, que porta una corona en su cabeza como símbolo de su rango, y el señor obispo de Durham, que usa una mitra en lugar de una corona como muestra de su soberanía sobre la diócesis de Durham". De hecho, Durham era la capital del condado homónimo cuyos titulares tenían una serie de privilegios como ningún otro noble del reino, teniendo potestad para mantener un parlamento propio, reclutar tropas, regirse por sus leyes las cuales eran aplicadas por los jueces y alguaciles nombrados por los obispos, autoridad para conceder ferias y mercados a las poblaciones del condado, derecho para recaudar sus propios impuestos y tributos derivados por las tasas aduaneras, portazgos y pontazgos y hasta para acuñar moneda. En todo caso, lo que quizás defina mejor el elevado rango de los obispos de Durham era su título: príncipes-obispos, lo que nos dará una clara idea del estatus que disfrutaban los titulares de la poderosa diócesis que, además, tenían el título de condes palatinos. Otro ejemplo del verdadero poder de la sede de Durham lo tenemos en un suceso acaecido durante el mandato del predecesor de Bek, Robert de Insula, cuando el arzobispo metropolitano de York pretendió llevar a cabo una inspección en el cabildo catedralicio por ser Durham una sede sufragánea de la de York, o sea, que estaba bajo la autoridad de la misma. Los miembros del cabildo simplemente le negaron la entrada al templo alegando una hipotética falta de jurisdicción del arzobispo para inmiscuirse en sus asuntos, así que cuando este se presentó en la catedral se la encontró cerrada a cal y canto, lo que dio lugar a un interminable proceso que duró décadas y que, técnicamente hablando, jamás pudo darse por finiquitado. En fin, así se las gastaban los obispos de Durham.

Catedral de St. David, en Pembrokeshire, Gales
Curiosamente, nuestro hombre no pertenecía a ninguna familia especialmente importante. Su progenitor, Walter Bek, era un terrateniente perteneciente a la baja nobleza con posesiones en Ereseby, en el condado de Lincolnshire. Antony era el tercer retoño precedido por John, el primogénito, I barón de Bek de Ereseby, y de Thomas, destinado como él al clero, como era habitual entre los segundones de las familias de postín. Tras ser enviados a estudiar a Oxford tuvieron ante sí prometedoras carreras ya que Thomas alcanzó el rango de canciller de la universidad para, posteriormente, ser incluso guardasellos de Eduardo I, monarca con el que tanto él como su hermano estuvieron muy vinculados durante toda su vida, arcediano de Dorset y obispo de Saint David. Pero si la carrera eclesiástica de Thomas fue provechosa, la de Antony (sí, sin H intercalada) fue fastuosa.

Eduardo I
Antony Bek nació hacia 1245, terminando sus estudios en Oxford en 1270. Cabe suponer que la imparable progresión de ambos hermanos se debía a su madre Eva, sobrina de Walter Grey, el poderoso e influyente obispo de York que, durante muchos años y hasta su muerte, estuvo íntimamente relacionado con la casa real inglesa, llegando a ser el favorito de Juan Sin Tierra. Es pues muy probable que en aquella época ya tuviera algún tipo de relación con el entonces príncipe heredero ya que fue precisamente cuando acabó sus estudios cuando se unió a la hueste con que Eduardo, conocido como Longshanks (el cruel y desalmado rey de la peli "Bravehearth"), partió del puerto de Dover junto a una hueste de 225 caballeros y unos 800 peones y hombres de armas para acudir a la Cruzada, empresa esta que costaba tal pastizal que los gabachos tuvieron que aportar 17.500 libras más el establecimiento de una serie de impuestos para costear la onerosa campaña. El fallecimiento de su padre, Enrique III, en noviembre de 1272 le obligó a volver a Londres para ser coronado, mientras que nuestro hombre fue a parar a Durham, donde fue nombrado arcediano.

Vista panorámica de Durham. Dominando la ciudad se puede ver la catedral
Cabe suponer que su relación con el príncipe Eduardo le valió para ganarse su confianza ya que en 1275 fue nombrado condestable de la Torre de Londres, y apenas dos años más tarde ya desempeñaba delicadas misiones diplomáticas como, por ejemplo, las negociaciones para concertar el matrimonio de su hija Eleonor con el infante don Alfonso de Aragón, boda esta que por cierto no llegó a celebrarse ya que el infante palmó mientras se gestionaba el casorio. Es pues más que evidente que Antony Bek supo escalar posiciones a una velocidad de vértigo, y que no debía ser un simple trepa medieval porque en aquellos tiempos pasarse de vueltas le costaba a uno la cabeza. 


Blasón de Antony Bek: en campo
de gules, una cruz ancorada de
armiño
Así, sus servicios a la corona le valieron verse nombrado obispo de la rica diócesis de Durham en 1283, cuando tendría alrededor de 40 años. La consagración llegó el 9 de enero del año siguiente, y si como simple allegado al monarca ya se había convertido en un personaje influyente, siendo príncipe-obispo tenía la capacidad para ser, no un mero comparsa o, a lo sumo, un colaborador de la corona, sino protagonista del devenir del reino desde aquel momento. El que describió más acertadamente en lo que se había convertido fue el cronista Robert de Graystanes, un benedictino de la diócesis de Durham, cuando afirmó que  "este Antony era de altiva disposición, insuperable en esplendor, indumentaria y poder militar, y más preocupado por los negocios del reino que por los asuntos de su propio obispado". O sea, la conducta propia de un señor terrenal antes que la del pastor y guía espiritual de su rebaño de pecadores contumaces y de cuñados irredentos.


Una muestra más del poder del obispo de Durham es
este penique acuñado en su diócesis hacia 1284
con la efigie de Eduardo I
Bek se convertía así en uno de los hombres más poderosos del reino, con el añadido de que por su doble condición de señor secular y obispo podía hacer y deshacer a su antojo, actuando como uno u otro en función de sus intereses. Por ejemplo, en 1293 tuvo lugar otro encontronazo entre la diócesis de Durham y el arzobispado de York, en esta ocasión regido por John Le Romeyn el cual se cabreó horrores porque Bek ordenó detener a dos curas sin pedirle permiso. Bek alegó que lo había hecho como conde platino, por lo que no tenía que rendir cuentas al arzobispo, sino al rey que, en este caso, le daban dos higas el asunto de los curas. Ante semejante brete y para no ver menoscabada su autoridad, Le Romeyn hizo lo único que podía hacer para presionar al altivo obispo: excomulgarlo. Pero no sabía el primado de York con quién se jugaba los cuartos ya que la disputa llegó hasta el parlamento, que acusó a Le Romeyn de meterse en camisa de once varas y de inmiscuirse en temas que no le concernían, por lo que finalmente tuvo que ceder y, encima, pagar una suntuaria multa de 4.000 marcos de plata. Y es que Bek, además de ser dueño y señor de sus dominios, era bienquisto por un rey con el que las bromas podían salir carísimas. 


El castillo de Auckland
Su modo de vida estaba acorde a su poder. Inicialmente vivía en el castillo de Durham, pero debía resultarse incómodo porque enseguida decidió mudarse a un pabellón de caza mandado construir en 1183 por Hugh Pudsey, uno de sus predecesores. Bek mandó reformar y ampliar la propiedad, dando lugar a lo que desde entonces se conoce como el castillo o palacio de Auckland, una fastuosa finca rodeada por 3,2 km² de bosques repletos de caza donde, desde entonces, los obispos de Durham organizaron suntuarios saraos para demostrar a propios y extraños que estaban forrados. Para sus desplazamientos y movidas como representante o portavoz del rey se hacía acompañar por un séquito de 140 caballeros, lo que muy pocos nobles de alto rango de Inglaterra se podían costear y, naturalmente, en caso de guerra podía levantar en armas una mesnada de postín como veremos a continuación.


Batalla de Stirling
En 1292 culminó la misión que Eduardo I le había encomendado para intervenir en el arbitraje que acabó dando la corona de Escocia a John Balliol que, entronizado como rey títere, convertía de facto todo el territorio escocés en un estado vasallo de Inglaterra. Pero esto solo supuso el inicio de constantes altercados entre los naturales del país con los delegados del rey Eduardo. Este estado de cosas fue empeorando hasta que la rebelión liderada por William Wallace convirtió Escocia en un hervidero que culminó con la batalla del puente de Stirling, celebrada en septiembre de 1297, en la que las tropas al mando del célebre caudillo apiolaron bonitamente al ejército enviado por el rey Eduardo al mando del conde de Surrey. Apenas un año más tarde tuvo que ser el mismo monarca en persona el que acudiera a Escocia a ponerle las peras a cuarto al belicoso Wallace y a explicarle que no le había gustado nada la escabechina que llevó a cabo con sus tropas en Stirling. Y en esta ocasión el buen obispo, como señor secular que era, acudió a la llamada de las armas conforme a su rango y su saneada economía.


El estandarte de St. Cuthbert
Su Ilustrísima el príncipe obispo de Durham se personó con una mesnada formada por dos condes con sus correspondientes tropas y veinticuatro bannerets precedido por el estandarte de St. Cuthbert, santo muy venerado que estaba sepultado en la catedral de Durham. Un banneret era un caballero de alto rango y, sobre todo, con los medios de fortuna suficientes para levantar una pequeña tropa y mantenerla durante el tiempo que durase la campaña. Estos hombres servían bajo la bandera o banner de este caballero, y de ahí el nombre de banneret, algo similar a los "señores de caldera y pendón" castellanos. Y, como no podía ser menos, el monarca lo puso al mando de una de las cuatro brigadas en que dividió su ejército. A cargo de la primera, que además formaba la vanguardia, estaba Henry de Lacy, conde de Lincoln; la segunda bajo el mando de Bek, la tercera estaba liderada por el mismo rey, y la cuarta por John de Warenne, conde de Surrey, el cual no perdió la confianza regia tras ser vapuleado por Wallace en Stirling. 


Vista aérea del castillo de Dirleton
Su primera acción de guerra tuvo lugar durante el avance en busca de los enemigos. Eduardo ordenó a Bek que se apoderase de los castillos de Dirleton, Tantallon y Dalhouise ya que estas fortalezas, ocupadas por tropas escocesas, controlaban el camino hacia Edimburgo y el estuario del Forth, donde esperaban poder desembarcar los avituallamientos para el ejército que, a aquellas alturas, empezaba a plantearse seriamente devorar las suelas de las botas. Bek partió acompañado de sir John Fitzmarmaduke hacia su primer objetivo, el castillo de Dirleton. Parece ser que nuestro hombre no era tan buen militar como político ya que, ante la escasez de provisiones de su mesnada y la carencia de máquinas de asedio, no tenía nada claro poder culminar con éxito la misión encomendada por su soberano, de modo que se agobió un poco y no supo qué hacer. Así pues, envió a sir John a pedir instrucciones al rey Eduardo, el cual le respondió con una misiva de esas que te quitan todas las tonterías de golpe. En primer lugar le conminó a olvidarse de cualquier tipo de sentimiento piadoso, el cual estaba totalmente fuera de lugar en una guerra. A eso añadió que no se andase con medias tintas y que barriera del mapa a los escoceses por todos los medios habidos y por haber, y que no tuviera ningún tipo de contemplaciones con los enemigos. Como guinda final le advirtió: "Guardaos de presentaros ante mí hasta que los tres castillos hayan ardido". Bek podría no tener el espíritu combativo de un Walter von Geroldseck, pero de tonto no tenía un pelo y lo captó enseguida, así que tomó al pié de la letras las advertencias de Eduardo y tomó Dirleton en solo dos días. Los otros dos castillos fueron evacuados por sus respectivas guarniciones antes siquiera de que las tropas de Bek fueran avistadas, por lo que cabe suponer que el obispo se despachó a gusto para no quedar mal ante el cruel Eduardo.

No obstante, a pesar del rapapolvo que recibió por su escasa combatividad, Bek no acababa de darse cuenta de que la guerra no tenía nada que ver con la paciente labor de un político, donde las prisas siempre son malas consejeras. De ahí que, ya en plena batalla de Falkirk, aún tuviera que recibir otra bronca, esta vez por parte de sir Ralph Basset el cual le conminó a atacar sin contemplaciones cuando el obispo ordenó ralentizar el avance de su brigada para esperar al contingente del rey que iba más retrasado. La de Bek contaba solo con 400 jinetes, por lo que no quería poner en peligro sus tropas por culpa de la fogosidad de sus caballeros, cuya sangre ardía por masacrar sin piedad a los enemigos. 

-¡No es vuestro oficio, obispo, instruirnos en este momento en el arte de la guerra¡- le espetó Basset, que no se caracterizaba precisamente por su sentido de la disciplina-. ¡Idos a celebrar misa si queréis, porque hoy lo que toca es luchar!- añadió el fiero noble. 


Caballeros estampándose contra un schiltron
Ni en una película de Jóligu, ¿que no? Caro les costó tanto ardor guerrero porque los escoceses, formados en densos schiltrons de piqueros, resistieron la carga y vieron como muchos de los fogosos caballeros se ensartaban ellos solos contra sus picas. El schiltron, para los que lo desconozcan, era una formación circular dispuesta para resistir las cargas de caballos coraza, lo que no tiene nada que ver con las hileras de postes puntiagudos sostenidos por gritones con faldas y las jetas pintadas de azul que salen en la peli esa de "Braveheart", que tiene más errores y anacronismos que la traducción en español del manual de una cafetera comprada en un chino. No obstante, la impetuosidad de los caballeros ingleses les costó perder 111 bridones, los cuales quedaron empalados al llegar al contacto. Bueno, la cosa es que, afortunadamente para el buen obispo, los escoceses fueron literalmente convertidos en acericos por los arqueros del rey Eduardo, así que abandonaron el campo del honor internándose en el bosque de Callendar, donde fueron perseguidos y acuchillados por los caballeros y hombres de armas ingleses. 


Sello de Bek tras su nombramiento
como Patriarca Latino de Jerusalén
Tras su experiencia bélica las cosas se torcieron un poco al obispo debido a sus disputas con Richard de Hoton, prior de Durham, y con el cabildo catedralicio. Entre 1300 y 1304 anduvieron a la gresca por cuestiones derivadas de la independencia del cabildo respecto al obispado, llegando incluso a sitiar a los monjes encerrados en el priorato hasta que estos se "rindieron" por hambre ya que solo disponían de 3 panes y 16 arenques como sustento, así que acostumbrados como estarían a pitanzas más enjundiosas no tardaron mucho en sentirse terriblemente hambrientos. Todo esto dio lugar a tener que intervenir incluso el mismo Eduardo y el papa Bonifacio VIII. Pero las aguas volvieron a su cauce a raíz del fallecimiento del rey, del papa y la posterior entronización de su sucesor Clemente V, con el que al parecer acordó apoyar la causa contra el Temple (véase la entrada que dedicamos a Guillaume de Nogaret para ponerse en antecedentes). Así, en las postrimerías de su vida, Antony Bek fue nombrado por Clemente Patriarca Latino de Jerusalén, rango este que ningún otro clérigo inglés ha ostentado jamás, y el nuevo monarca, Eduardo II, le concedió el gobierno de la isla de Man. Nunca un obispo inglés había llegado a detentar tales cotas de poder.


Capilla de los Nueve Altares de la
catedral de Durham
Sus días acabaron en Eltham, el 3 de marzo de 1311, cuando debería tener unos 66 años, lo que no está nada mal para aquellos tiempos. Su cadáver fue trasladado a su catedral de Durham, donde fue enterrado el 3 de mayo siguiente en la Capilla de los Nueve Altares, siendo así el único obispo inhumado dentro de los muros de la catedral tras el de St. Cuthbert de Lindisfarne, patrón de Nortuhmbria y uno de los santos más venerados de la Inglaterra medieval. Al parecer, hubo incluso un intento de elevarlo a los altares, pero sin éxito a pesar de que, contrariamente a lo habitual en el clero de la época, observó siempre su voto de castidad. En todo caso, bastante se llevó en vida, digo yo.

Bueno, esta es la historia de nuestro obispo guerrero de hoy. Solo añadir que sus méritos fueron incuestionables ya que, siendo como era miembro de una familia de la baja nobleza, fue capaz de alcanzar los más elevados honores y la confianza de su rey, lo cual también dice mucho de él aunque se pirrase por darse pisto y vivir a todo tren que, al cabo, era lo que le correspondía por su rango.

En fin, hora de merendar, y eso sí que es sacrosanto.

Hale, he dicho

4 comentarios:

dani dijo...

Pero ¿Era guerrero personalmente? O más bien era un señor feudal que dirigía a guerreros. Lo digo porque las guerras en las que participó le pillaron ya un tanto mayor y quizás ni se puso la armadura.

Amo del castillo dijo...

Y tan personalmente, Sr. Dani. ¿Acaso no ha visto las entradas que llevamos ya sobre estos belicosos clérigos, más los que faltan por mencionar? Estos sujetos, tanto en cuanto eran señores temporales, no tenían inconveniente en ir a la guerra a dar estopa, muchas veces incluso por ver aumentados sus dominios, como Odo, el hermano del duque de Normandía. Otros, como Arnaud Amalric, lo hacían por simple fanatismo religioso, pero la cosa es que no tenían problemas a la hora de armarse e ir a matar gente. En cuanto a su edad, cuando lo de Falkirk tendría unos 42 o 43 años, así que de mayor nada. De hecho, el rey Eduardo tenía unos 50 y acudió a dar guerra. Hubo en la Edad Media mogollón de combatientes que pelearon como fieras con 60 años y más, así que no se extrañe. Eran gente hecha con otra materia prima, no lo dude.

Un saludo

dani dijo...

Pues no, no he leído aún todas las entradas. Desgraciadamente señor Amo del Castillo he descubierto su maravillosa web hace pocos meses, aunque poco a poco si voy leyendo las entradas antiguas, las actuales no me las pierdo ni loco.
Si, quizás he caído en el lugar común de considerar que todos los hombres antiguos envejecían prematuramente y que con 40 años estaban ya para sopas y poco más. Pero de la lectura de la biografía de este señor feudal me ha quedado la impresión (quizás equivocada) de que aún siendo combativo, lo era más con la pluma que con la espada (o maza).

Amo del castillo dijo...

Tenga en cuenta una cosa, Sr. Dani, y es que la esperanza de vida en la Edad Media era ciertamente más corta, pero por lo general se llegaba al final razonablemente operativo en muchos casos entre otras cosas porque estaba habituados al constante ejercicio. Esta gente no sabían lo que era nuestro mortífero sedentarismo, el estrés o hartarse de zumo de cebada a diario sino que, al contrario, montaban a caballo constantemente, salían a cazar todos los días, se dedicaban a sus artes marciales con regularidad y, en definitiva, se movían bastante más por lo que sus cuerpos no estaban anquilosados. Otra cosa es que, como consecuencia de una enfermedad que hoy día se cura o, en el peor de los casos se cronifica, palmaran en menos de dos semanas. Cuando se lee sobre las vidas de nobles y monarcas, en muchos casos vemos que murieron con cuarenta y tantos y cincuenta años, pero de forma repentina y no por no estar achacosos. Bastaría una simple caries para acabar con un hombre fuerte, o cualquier enfermedad que hoy no son mortales y cuyas características y causas desconocían: diabetes, hepatitis, problemas renales, úlceras gástricas o intestinales, etc. O bien, enfermedades verdaderamente graves que hoy se contienen durante años pero que en aquella época te finiquitaban en un periquete: cáncer, problemas cardíacos, enfermedades venéreas... Los relatos que nos llegan dicen que el rey tal murió después de hacerle siete sangrías por tener una fiebre de caballo, pero un proceso febril lo produce desde una faringitis a un tétanos que te cagas, así que vaya a saber lo que en realidad lo mató.

Así pues, no se extrañe cuando tenga noticia de que don Fulano aún daba estopa con 50 ó 60 años porque esta gente, estando razonablemente sanos, conservaban un vigor físico envidiable. Sí alguna vez tiene tiempo, busque cosas de la vida del infante don Enrique el Senador. Era hijo de Fernando III de Castilla, y vivió hasta los 80 años una vida de película. Eso le desmontará algunos esquemas seguramente.

Un saludo